Por Art Katz
Si la Iglesia ha de cumplir su llamamiento para representar una realidad aparte de lo que prevalece en el mundo, debe de ser eminentemente real, eminentemente amante, viviendo eminentemente en la verdad. Debe de hablar la verdad, caminar en la verdad y hacer la verdad. Debe de ser verdadera. Más que meramente estar en lo correcto, o ser escritural y doctrinalmente adecuada, la verdad debe de ser teñida en el tejido y tuétano del pueblo de Dios. La verdad necesita estar en nuestros ojos, nuestro hablar, en la inflexión de nuestra voz, en nuestra postura y conducta. Las cosas auténticas no son baratas. ¿Estamos dispuestos por amor de la verdad, a rehusarnos a aprovechar la primerísima cosa que parezca presentarnos una posibilidad de resolver nuestros problemas que llegue flotando a donde nos encontramos? ¿Estamos dispuestos a refrenarnos para no simular algo en nuestra propia humanidad que tenga la apariencia de amor, pero no lo es? ¿Estamos dispuestos a esperar aquello que viene de lo alto, no importando lo mucho que tengamos que soportar la terrible agonía de una reputación pulverizada? ¿Qué tanto estamos predispuestos a presentar una farsa melosa que sea bien recibida por los hombres? Hemos sido inducidos al espíritu de locuacidad, a las fáciles y zalameras alternativas a lo verdadero, y somos rápidos en reconciliar aquello que no está reconciliado en Dios, solo para sufrir persistentes problemas, dilemas y hábitos que simplemente no se solucionan ni nos dejan en paz. Queremos resurrección sin el dolor y la ignominia de la cruz. Pero es solamente en la agonía final y la devastación de la cruz que la gloria suprema puede venir.
¿Somos amantes de la cruz? ¿Amamos las astillas, la sangre y la humillación de ésta? ¿Reconocemos que hay una cruz que debemos de llevar, y que somos llamados a éste sufrimiento? La resolución del dilema no estará lejos de nosotros si buscamos las cosas que son auténticas y verdaderas. ¿Tenemos el discernimiento para distinguir entre lo auténtico y las falsificaciones? ¿O estamos tan habituados al éxito, tan deseosos de atestiguar los efectos visibles del poder, que no somos muy discriminatorios a la hora de evaluar los métodos usados para conseguirlo? Deseamos “tener éxito” porque la posibilidad de fracaso es una forma de morir que no estamos dispuestos a sobrellevar todavía, pero ¿hemos realmente entendido cómo es que Dios define el éxito? La Alemania Nazi puso gran énfasis en demostraciones del tipo más impresionante, tales como las reuniones en Nuremburgo con marchas, ceremonias con antorchas durante la noche y otras prácticas paganas que llenaron el vacío de la vida germana con grandes emociones e intensidad. Se trataba de una respuesta a la necesidad de llenura, emoción y realización. Si no poseemos una realidad apostólica válida dentro de nuestra vida espiritual, ese vacío será llenado por otros contendientes que esperan ansiosos su oportunidad. Si nos movemos a la esfera de aquello que es falso, sintético, conducido por humanidad y no por la operación del Espíritu, podremos movernos muy fácilmente de lo carismático a lo demoníaco. El engaño siempre está relacionado con una perspectiva distorsionada e inadecuada de Dios. Nuestra habilidad para discernir aquello que se propone como una manifestación sobrenatural de Dios, depende de nuestro conocimiento de Él en la verdad.
LA PERCEPCIÓN CORRECTA DE DIOS
Cómo nos relacionamos con Dios es afectado en gran medida por cómo le percibimos a Él, y es aquí donde se ubica la raíz del problema. De nuestra propia subjetividad, creamos una distorsión y vemos a Dios a través del prisma de nuestro propio ser. Muchos de nosotros vemos a Dios como el muchacho que hace los mandados, quien ha provisto la conveniencia de reuniones para satisfacer nuestras necesidades, pero es solamente con aquellos que son puros que Dios se muestra a Sí Mismo (Salmos 18:26). Para poder percibir a Dios de la manera correcta, algo es requerido de nuestra parte. Si tenemos cualquier clase de controversia con Dios, el problema no es de parte de Dios, sino nuestro; estamos proyectando algo en Él. Israel fue culpable de éste pecado. Nuestra más grande necesidad es la de ser transformados a Su imagen, no la de proyectar nuestra imagen sobre Él. Dios no es una mera conveniencia. Él es Dios, el Creador y el Todopoderoso. Pareciera como si esas grandes designaciones de Dios hubieran perdido su fuerza. Quizás hemos usado demasiado esos títulos, y ahora se han convertido en una invocación mecánica. A menos que le conozcamos en aquél lugar que es demasiado profundo para ser descrito con palabras, hemos de preguntarnos si realmente le conocemos en absoluto. Hasta que haya un jadeo súbito y tartamudez, hasta que nos encontremos postrados y tendidos delante de Él como muertos, ¿realmente podemos decir que le conocemos? ¿Cuántos de nosotros pasaremos por una vida cristiana entera sin el verdadero conocimiento de Dios como Él es y permaneceremos perfectamente conformes, pensando que le conocemos y creyendo que a veces incluso podemos comunicarlo a otros? Las manifestaciones de poder sobrenatural son desconcertantes y causan perplejidad en la Iglesia en cada nación, con muchos preguntándose “¿Será Dios?” No estamos en una posición para condenar categóricamente como engaño los beneficios aparentes de los cuales muchos testifican. Dios siempre es libre de bendecir a quien quiera bendecir. Sin embargo, en lo que respecta a mí mismo, siempre voy a escoger mantener mi distancia de los fenómenos sobrenaturales extraños del tipo que circulan presentemente en la Iglesia, creyendo que cualesquier cosa que pueda estarme perdiendo no es más grande que aquello que estoy protegiendo y valorando, confiando que el Señor no es ofendido por una cautela que pueda errar en celo por Su santidad en lugar de arriesgar subvertir aquello que nos ha sido ya dado como puro y verdadero.
En nuestra codicia por experiencias, nos entregamos sin pensarlo a personalidades dudosas que han captado las fantasías del público de la noche a la mañana. Yo respeto profundamente el uso de parte de Dios de aquello que es débil y menospreciado, pero por esa razón, no puedo endosar algo de colores chillantes, barato y tosco como aquello “débil y menospreciado” de lo que Pablo está hablando. “Santidad a Jehová” es todavía el estándar de la Casa de Dios, aún cuando no sea espectacular ni pretencioso a nuestros ojos. Si tenemos un poco de celo de que la Iglesia cargue con el nombre del Santo de Israel, debiéramos de analizar con ojo crítico las señales y maravillas en lugar de asentir inconscientemente y de darnos a nosotros mismos en nombre de la “bendición”. Es posible pagar un precio demasiado alto por la bendición, y si ese precio es la denigración de Dios y de Su nombre, hemos cruzado ya esa línea invisible.
Esperar es una función sacerdotal, y necesitamos esperar para ver si nuestros espíritus están en sintonía con aquello que estamos escuchando que se declara desde las plataformas de nuestras iglesias. ¿Es compatible con nuestro presente conocimiento de Dios? Si no lo es, entonces pueden pararse de cabeza, correr por toda la plataforma y ejecutar cualquier tipo de locura que se les ocurra, pero no hemos de asentir a nada de ello. Necesitamos guardar nuestra integridad en Dios y no debemos de permitirnos ser influenciados, dejados llevar, o afectados por las últimas tendencias en la cristiandad…sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor (Efesios 4:15-16).
Apocalipsis 12:11 nos dice, “Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte”.Vencer está condicionado por aquello que hemos logrado en nuestra relación con Dios, por nuestra historia personal de conocimiento de Dios, así como por los reproches y sufrimientos que han acompañado nuestra obediencia al Señor.El conocimiento de Dios es precioso y querido. Necesitamos convertirlo en el índice de todo conocimiento aparte. Si las señales milagrosas y los prodigios no son compatibles con lo que ya sabemos y hemos probado—el conocimiento de Dios como Dios—, entonces necesitamos mantener a distancia aquello que pretende ser de parte de Dios, aún si parece bendecir a otros. Hay seguridad en evaluar los fenómenos sobrenaturales a la luz del conocimiento ya probado que tengamos de la santidad de Dios. Tengo un celo por ese depósito interior, ese residuo del conocimiento de Dios que está más allá de las palabras. No puedo articularlo, pero sé que se encuentra en la parte más profunda de mi ser, y absolutamente todo debe de ser probado por ello. Si algo que se presenta como de parte de Dios no está en resonancia con lo que actualmente sé que es el carácter y el camino de Dios, entonces soy alertado, y no puedo recibir indiscriminadamente lo que otros están aplaudiendo. Eso ha sido una provisión que me ha salvado la vida, y debiera serlo para todos los creyentes. En el Salmo 24, Dios distingue aquellos que subirán al santo monte de Sión como aquellos de “manos limpias y puros de corazón,” quienes no han entregado su alma a cosas vanas ni a falsedad corriendo hacia todo lo que tenga sonido a avivamiento, a las reuniones de sanidad, y a las innumerables plataformas con sus predicadores y profetas. Él le dice a aquellos que ascenderán este monte santo y que abrirán las puertas para que el Rey de Gloria pueda entrar, “Tal es la generación de los que te buscan, de los que buscan Tu rostro” (verso 6). No es necesario correr a algún lugar para buscarle; Él está justo donde lo estás tú. Sé inexorable contra ti mismo cuando apartes tiempo para buscar a Dios. Si le buscamos con todo nuestro corazón y con toda nuestra alma, Él promete encontrarnos.


