Cuando la Biblia habla de perseverancia, no habla de algo ligero. Habla de mantenerse de pie cuando la vida empuja, cuando los días se nublan, cuando el corazón se cansa y cuando pareciera que no hay fuerzas para seguir. Y Dios sabe que no es fácil. Por eso no solo te da el mandato, también te da el fundamento. Santiago 1:2-4 dice así, claro y sin confusión: “Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna.”
La perseverancia no nace cuando todo está bien, nace cuando hay pruebas. Cuando la fe es sacudida, cuando la paciencia es estirada, cuando el tiempo pesa, cuando la respuesta no llega de inmediato. Es ahí donde se forma el creyente firme, no el creyente que nunca sufre, sino el que no suelta a Dios, aunque duela. La perseverancia es como un árbol plantado junto a corrientes de agua (Salmo 1:3), que no depende del clima, sino de la raíz que lo sostiene. Si tu raíz está en Dios, el viento podrá mover las ramas, pero no te arrancará del suelo.
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