No fue el desierto lo que más le dolió a José… fue la última mirada. Mientras lo subían a la bestia, José volteó. No para despedirse de Canaán. No para llorar su túnica. Volteó para mirar a sus hermanos, a esos que debían cuidarlo, no venderlo a los que debían defenderlo, no traicionarlo, a los que llevaban su misma sangre, y aun así lo entregaron por unas monedas.
Quizás José quiso gritar, quizás esperó que alguien dijera: “bájenlo, es nuestro hermano” pero nadie habló. El silencio fue más cruel que la traición. No eran monstruos, eran sus hermanos. Hombres heridos, celosos, humanos y aun así… fueron ellos.
Ahí nace una verdad que duele aceptar: a veces no te hiere el enemigo, te hiere quien prometió cuidarte Papá y mamá, sin querer, pueden marcar, los hermanos pueden fallar, no por maldad… sino porque también están rotos. A veces quienes nos formaron, nos marcaron, no con intención, sino con sus propias heridas no sanadas.
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