Alejandro Peláez
En la vida de la iglesia, los conflictos no son una anomalía sino una realidad inevitable. Allí donde existen relaciones profundas, responsabilidad espiritual y autoridad delegada por Dios, surgirán tensiones. El problema no es la existencia del conflicto, sino cómo enfrentarlo. La Escritura muestra que incluso, los líderes más maduros, enfrentaron desacuerdos, pero también nos enseña la forma de resolverlos sin destruir la relación, ni la misión.
El crecimiento espiritual no depende solo de dones, sino del orden correcto de funciones. Cuando paternidad y pastorado no están bien concertados, el cuerpo sufre. Pablo lo expresa con una precisión extraordinaria: “De quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.” (Efesios 4:16,) Cuando una función invade a otra, se rompe la armonía del cuerpo. La paternidad no fue diseñada para gobernar el rebaño, ni el pastorado para reemplazar la formación paternal. Cada función tiene su gracia y su límite.
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