Y LO MATARON… POR PONER LA BIBLIA EN MANOS DEL PUEBLO.
Este hombre no robó, no mató, no lideró una rebelión armada. Su único “crimen” fue este: traducir la Palabra de Dios para que cualquiera pudiera leerla. Su nombre fue William Tyndale.
En el siglo XVI, la Biblia estaba prohibida en el idioma del pueblo. Solo el clero tenía acceso a las Escrituras, en latín, lejos del entendimiento de la gente común. Tyndale creía algo que en su época era muy peligroso: “que todo hombre, incluso el más humilde, tenía derecho a leer la Palabra de Dios”. Por eso tuvo que huir de Inglaterra, viviendo como fugitivo, y de esta froma tradujo el Nuevo Testamento directamente del hebreo y del griego, no del latín, pero fue traicionado.
EL JUICIO
En 1535 fue arrestado en Europa y encerrado en el castillo de Vilvoorde, cerca de Bruselas. Pasó meses en una celda fría y oscura, aislado, enfermo y vigilado. Su juicio no fue justo, no fue público, no fue imparcial. Fue interrogado por las autoridades religiosas que ya habían decidido su destino, su delito “traducir la Biblia.
Sus traducciones fueron calificadas como “peligrosas” y sus ideas, como “amenaza al orden”. Finalmente fue declarado hereje. La sentencia fue clara: la muerte en la hoguera.
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