Por Alejandro Oviedo – Director de Caminata Bíblica Centro América
En el año de 1920, William Bachrach era entrenador de natación en el Club Atlético de Illinois. Cierto día, un adolescente alto y delgado, llamado Johnny, llegó a nadar. William miró el gran potencial que Johnny tenía como nadador. Después de horas y horas de entrenamiento, Johnny alcanzó un récord de 52 segundos en los 100 metros, estilo libre. El chico había resultado ser todo un campeón. Sin embargo, Johnny tenía un problema, no podía ganar en otras piscinas. Siempre perdía y el entrenador William no hallaba la respuesta. De tanto intentar, el entrenador descubrió para su asombro que las piscinas fuera del club no tenían como norma, las líneas negras y gruesas en el fondo que sirven de referencia a cada competidor. Así que, William tuvo que trabajar muy duro para que Johnny pudiera dibujar líneas imaginarias en su mente y así no se volviera a perder en el agua. Johnny Weissmuller logró superar su problema, tanto así que ganó 5 medallas olímpicas de oro y una de bronce. Además, él ganó 52 campeonatos nacionales en los Estados Unidos, y logró 67 marcas mundiales. Todo esto ocurrió antes de que Johnny se convirtiera en uno de los famosos actores que interpretaron la producción cinematográfica Tarzán.
Un buen entrenador conoce muy bien a su equipo, sabe cuáles son las fortalezas y debilidades de sus atletas. Además, él quiere trabajar para formar ganadores. El papel de ser padre se asemeja mucho al de entrenador.
Como papá, yo he visto el potencial de cada uno de mis hijos y le confieso que tengo planes grandes para cada uno de ellos, y sin temor a equivocarme, usted también tiene el mismo anhelo para los suyos.
Para concretar esos planes de los que hablo, yo debo ser categórico en algo: “yo daré lo mejor de mí con el fin de que mis chicos sean campeones.” Esto quiere decir, que yo seré selectivo, intencional, apasionado, minucioso y entregado a la causa.
Un entrenamiento balanceado requiere dos esencias: la teoría y la práctica. Así que, desde el punto de vista de la crianza, todo padre debe brindar conocimiento teórico, es decir, él debe sentarse a enseñar normas de vida a sus hijos, asegurándose de tener el mejor manual de instrucciones para ello; y adicionalmente, el padre debe vivir a la altura de lo enseñado como parte vital de su instrucción teórica. La parte B del entrenamiento es “meterse a la piscina”, es decir, la práctica. Ahí es donde el padre tiene la oportunidad de saber qué tanto se ha aprendido. También la práctica permite corregir errores, malos hábitos y motivar el buen desempeño.
¿Cómo se hace? La Biblia dice “… el atleta no recibe la corona de vencedor si no compite según el reglamento.” 2 Timoteo 2:5. NVI. Un chico puede tener todos los juguetes de temporada, ropa deportiva de marca, dispositivos electrónicos, etcétera, pero si no tiene un padre que le entrene para ser obediente a los principios cristianos, entonces, estará perdido en la piscina de la vida. Él necesita las líneas de referencia que se encuentran en la Biblia. Querido padre hay que pagar un precio si se quiere tener hijos campeones, que nada ni nadie lo distraiga del privilegio de entrenar a sus hijos, haga que conozcan a Jesucristo, por sus palabras, por su ejemplo, esa es la instrucción clave que los padres necesitamos legar a los hijos para que reciban la corona de vencedores. Si se trata de sus hijos, le recomiendo que sea selectivo, intencional, apasionado, minucioso y entregado a la causa.

