Angel Bea
“Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras… Y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas.” (2ªP.2.1-3)
En la pasada reflexión hablábamos de la realidad de lo que supuso el cumplimiento de esas palabras del apóstol Pedro que encabezan este escrito. El hecho de que muchos usen la religión para enriquecerse “por avaricia” ya se vio en tiempos de Cristo, aún dentro del mismo templo de la nación de Israel, el pueblo de Dios. Luego se dio dentro del seno de la llamada Iglesia Católica Romana, una vez que quedó bien configurada como tal (nada que ver con la Iglesia Católica antigua -hasta final del siglo III D. C.-) Y se dio de muchas formas y no solo a través de la venta del las indulgencias, como vimos en el escrito pasado.
Pero ese “mercadeo” al cual se refiere el apóstol Pedro, no se dio solo dentro de la institución mencionada; también se ha dado dentro del campo “Protestante”. La única diferencia es que cuando hablamos de “los protestantes” no podemos hacerlo como cuando lo hacemos de la Iglesia Católica Romana. Ésta es una sola institución, con una teología y un gobierno espiritual central (Incluso de carácter político, por ser el Vaticano reconocido como un estado). Pero el movimiento Protestante, que arranca desde la Reforma del Siglo XVI está compuesto de varias denominaciones, instituciones y grupos independientes. Esto hace que, en un sentido se pueda hablar del protestantismo como un todo, por las cosas que pudieran tener en común; pero a la hora de identificar sus pecados, cada denominación, institución o grupo habrá de responsabilizarse por sus propios pecados.
La religión, el apoyo a las estructuras de injustica y el “mercadeo”
Lógico. Por ejemplo, la iglesia oficial de Alemania, la protestante-luterana de la primera mitad del siglo XX fue totalmente responsable de haber apoyado las estructuras de injusticia creadas por el régimen nazi, que persiguió y masacró a los judíos perpetrando el mayor Holocausto de la Historia de la Humanidad, sumiendo al mundo en la II Guerra Mundial. Los clérigos de dicha institución se confesaban creyentes, tenían su “Confesión de Fe”, asistían a sus celebraciones religiosas y cumplían con sus liturgias; pero en vez de denunciar y “resistir al diablo” del régimen nazi, lo apoyaron. Eso suele ocurrir cuando la iglesia compromete su condición y misión con el poder temporal de este mundo. Algo que se ha repetido a lo largo de la Historia con bastante frecuencia. Poco a poco los intereses suelen ser tan comunes que llegada la hora, aquella iglesia que fue puesta en el mundo para ser sal y luz pierde toda su eficacia, llegando a ser y comportarse como una institución mundana, cometiendo los mismos pecados.
Llegado ése estado de cosas, al igual que en el templo judío de los tiempos de Jesús, la palabra que debió resonar sobre dicha institución protestante fue: “He aquí vuestra casa os es dejada desierta” (Luc.23.38). La presencia de Dios no estaba más con ellos, (aunque es muy posible que dejó de estarlo hacía mucho tiempo). Dicha presencia divina, acompañó a aquellos que como Dietrich Bonhoeffer, se habían opuesto al diabólico régimen nazi y pagaron cara su osadía; primero con la cárcel y luego, en bastantes casos, como el mencionado, con su propia vida. Sin embargo, como solía ocurrir a los antiguos religiosos del pueblo de Israel, los primeros estarían segurísimos que el Señor estaba con ellos, dado “el valor” de su institución, su historia, sus tradiciones y la aprobación de los poderosos del momento. Mientras, en el caso de los perseguidos, encarcelados y torturados por su fidelidad al Dios que los llamó, luchaban por “descubrir” la presencia de Dios en la maltrecha situación en la cual se encontraban. Esa lucha constante se aprecia en las “Cartas desde la cárcel” que escribió Dietrich Bonhoeffer.
Por otra parte, Suiza, vecina de Alemania, pacífica ella, neutral ella en la II Guerra Mundial y de fuerte tradición protestante por haber sido también cuna de la Reforma del Siglo XVI (pero en este caso no como institución religiosa) acogió en sus bancos gran parte de las ganancias obtenidas por los dirigentes alemanes nazis, que habían robado a los judíos; dinero, joyas de todo tipo, obras de arte, cientos de kilos de oro procedentes de las dentaduras de los cadáveres incinerados en los hornos crematorios y un largo etc.
Al respecto, a los suizos gobernantes económicos, bien se les podría aplicar las palabras del profeta Addías: “Pues no debiste tú haber estado mirando en el día del infortunio de tu hermano… No debiste haberte alegrado de los hijos de Judá en el día que se perdieron… en el día de su angustia” (11-13).
Los mencionados suizos, de fuerte tradición protestante se quedaron “mirando” en el día del “infortunio de los hijos de Judá” y se “alegraron” a causa de las pingües ganancias que obtuvieron a costa del sacrificio y la sangre de un pueblo inocente: “los hijos de Judá”, nunca mejor dicho. Bien podríamos decir aquí como en el caso anterior: “He aquí vuestra casa os es dejada desierta”.
Este último caso, es un ejemplo de una nación que fue beneficiada por los principios que fueron establecidos en el tiempo de la Reforma del Siglo XVI y que ha hecho naciones prósperas a aquellas que le dieron cabida. Sin embargo, dejaron de lado los principios éticos cuando, llegado el momento, o tuvieron miedo de que también fueran invadidos o no quisieron renunciar a las ganancias que podían obtener a costa del sacrificio de otros.
Tanto en unos casos como en otros, unos crean las estructuras de injustica (como en tiempos de Cristo), otros las apoyan por intereses bastardos y otros a los cuales parece que “ni les va ni les viene” se benefician de aquellas. Como telón de fondo, la religión sea de un color o de otro es el pretexto y la excusa, cuando no la base de tal actuación.
La Biblia, “las Biblias” y el “mercadeo”
En otro orden de cosas, el otro día me encontraba releyendo el libro de Donald Carson, titulado “Amordazando a Dios”, en el cual leí lo siguiente: “Parte de la generación de eruditos cristianos que está en formación está más interesada en la aceptación académica que en el progreso del evangelio. Las casas editoras sacan a la luz una deprimente cantidad de basura junto a las obras con sustancia”. (Edt. Publicación Andamio 1999. P.523)
He citado el párrafo completo aunque la primera parte no ha lugar a comentarla. Sólo lo que dice sobre la importancia que tiene “el progreso del evangelio” a lo cual no se le presta atención, ni por parte de los que están centrados “en la aceptación académica” como de “las casa editoras –que- sacan a la luz una deprimente cantidad de basura”.
El comentario es bien fuerte. No sabemos en qué estaría pensando el Dr. Carson, cuando habla de “basura” editorial, pero a la luz de todo cuanto trata en el libro mencionado, podemos hacernos una idea de toda aquella literatura que en vez de presentar el evangelio y la vida cristiana desde un punto de vista de las Escrituras, se presenta con esos títulos bien estudiados y que son tan llamativos a los futuros y potenciales compradores. Libros que se podrían catalogar bajo las corrientes pseudo-teológicas que imperan desde hace algunas décadas, sobre la superfe, la teología de la prosperidad, la guerra espiritual de alto nivel, la autoayuda, autoestima, el pensamiento positivo o –por ejemplo- “cómo obtener la victoria en 5 pasos” ( o los que sean) etc. Parece importar bien poco si lo que se edita es conforme a las Escrituras o no; si tiene sustancia teológica o no, si es correcto, más o menos o si es bueno o malo. Pero eso sí, teniendo como fondo el tema religioso, Dios, la Biblia, la Iglesia, el cristiano, etc., lo que interesa es el mercado (recordemos lo que dijo Jesús: “no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado”). Todo entra dentro de una operación de marketing, por la que se estudian muy bien los temas, los títulos de las obras y la población a la cual está destinada dicha literatura. Los beneficios no van a parar a “cuevas” sino a las cuentas corrientes de los que –nuevamente- están más interesados en el “mercado” que “en el progreso del evangelio”, que dijo Carson. Mientras, una cantidad ingente de ingenuos creyentes compran dichas “basuras” que, de alguna forma influirán en su forma de pensar, de hablar y de comportarse.
Pero junto con toda esa cosa que el autor citado califica como “basura” está también el “mercadeo” con las Biblias. Hace años viendo en la librería de nuestra comunidad, ya me extrañó ver algunas Biblias con títulos que me parecieron inapropiados para que sean estampados en la portada de cualquier Biblia.
Para el que no conozca bien el tema relacionado con la Biblia, diremos que Biblia solo hay una. Luego, llamamos versiones de la Biblia a aquellas traducciones que se hacen de los idiomas originales a las diferentes lenguas del mundo. Por ejemplo, tenemos bastantes versiones en castellano, tanto en el campo católico como en el protestante. Pero cada una lleva el nombre del autor o autores o equipo que hicieron dichas traducciones. Por ejemplo: “La Santa Biblia Nacar-Colunga”. Nacar y Colunga, son los primeros apellidos de los dos autores que la tradujeron. Dicha Biblia es una versión católica. “Biblia Reina-Valera” es nuestra versión completa de habla castellana más antigua y usada desde el Siglo XVI por los protestantes evangélicos de habla hispana. Ella fue traducida de los idiomas originales por Casiodoro de Reina y revisada posteriormente, por Cipriano de Valera.
De ahí que se conozca como “Santa Biblia Reina-Valera”.
Luego, es muy bueno que tengamos varias versiones de la Biblia en nuestro propio idioma, dada la riqueza tanto de los idiomas originales como del nuestro propio. La razón es porque al no conocer los idiomas originales en los cuales fue escrita, al leer varias versiones podemos entender mejor el sentido del texto original.
Pero una cosa son las versiones de la Biblia y otra es coger una versión, como Reina-Valera ú otra cualquiera y editarla con nombres que no condicen con la naturaleza, el carácter y el propósito de la Biblia. La Biblia no es “de Estudio Pentecostal”, ni de Estudio Conservador ni es “para chicas”, o “de Estudio para mujeres”, ni “para mujeres jóvenes”; la Biblia no es “para hombre”, ni “para el líder de jóvenes”, ni “para hombres de valor”. La Biblia no es de ninguna tendencia teológica; ni “dispensacionalista”, ni “cesacionista” ni “pentecostal” ni está destinada a un tipo de mujer u hombre, joven o maduro. Tampoco hay una “Biblia de Promesas”. Hay una sola Biblia y ella es de mandamientos y de promesas; pero éstas no son sin aquellos.
La Biblia es la Biblia y está destinada a todos; hombres y mujeres, jóvenes y mayores, protestantes y católicos y judíos y amas de casa, jardineros, pentecostales y conservadores, etc. Señalar a la Biblia en su portada con alguno de estos colectivos teológicos o humanos obedece más a tácticas de mercado para vender más, que para el progreso del evangelio a fin de bendecir más.
Por tanto, no a ese “mercadeo” con la Biblia. Sí, a las reconocidas versiones de “La Biblia”. Con ese nombre le basta y le sobra. No hay ninguna bendición “especial” para ningún grupo de carácter teológico ni algún colectivo “especial” ni denominación en particular. Las únicas bendiciones que aparecen en la “Santa Biblia”, son aquellas que se derivan de conocer los mandamientos de Dios y obedecerlos.

