“YO SÍ SOY PERFECTO”

Mario E. Fumero

Quiero referirme en este artículo al hecho de ver cómo algunos candidatos a puestos políticos viven excitándose y vanagloriarse como que todo lo pueden y saben, de manera tal que atacan a sus contrincantes señalando sus defectos y los defectos de los demás. Considero incorrecto tal proceder, y, por cierto, me produce preocupación pensar que tales personas, si alcanzaran algún puesto político, podrían convertirse en dictadores o gobernantes prepotentes que no aceptarán el consejo de nadie.

No me refiero solamente a ciertas personas de un determinado partido, porque los hay en todos, sino también a aquellos líderes religiosos que se proclaman a sí mismo como iluminados, y que viven señalando el defecto de los demás. Tales actitudes son condenables, repudiables y cristianamente inaceptables. Pero analizaremos este hecho puntualmente, porque como dice las Sagradas Escrituras, “por sus frutos los conoceréis”.

Estas actitudes prepotentes muestran una “altanería”, la cual encierra en sí, según la lengua española, los conceptos de altivez, engreimiento, arrogancia, envanecimiento, presunción, vanidad, orgullo, soberbia, menosprecio, desdén, desprecio.  Por regla general, aquel que se cree saber todo, se vuelve un necio. Toda auto exaltación y vanagloria, refleja necedad, y evidencia un complejo de superioridad. Si conocemos las características de los megalómanos, narcisistas y egoístas, fácilmente podremos descubrir quiénes son tales personas, y sin necesidad de dar sus nombres, podremos identificarlos, porque como dice el refrán, el pez muere por la boca, y aquellos que se exaltan a sí mismo, automáticamente son detectables por la mayoría de las personas pensantes, y podemos discernir quiénes son, sin tener que dar nombre.

Qué triste es escuchar a algunos precandidatos actuar con prepotencia descalificando a todos los demás, y catalogándoles de corruptos, ineptos o delincuentes, mientras que ellos a sí mismo se presentan como perfectos y capaces de resolver todos los problemas, desacreditando a los que no piensan como él, al extremo de combatir a sus propios compañeros de partido.

Si analizamos fríamente la conducta de estas personas podemos detectar problemas psicológicos que los convierten en individuos de sumo peligro si logran alcanzar el poder. Creerse perfecto, o catalogarme como el único que tiene la razón, descalificando a los demás, refleja un ego exaltado, que convierte a la persona en narcisista. Todos conocemos la historia de Narciso, se amaba tanto a sí mismo que se miraba tanto que terminó ahogándose en las cristalinas aguas donde contemplaba su hermoso rostro. Dentro de la psiquiatría se considera un trastorno de la personalidad catalogado como una enfermedad de salud mental en la cual las personas tienen un aire irrazonable de superioridad por lo cual necesitan buscar demasiada atención, y quieren que las personas las admiren.

No hay que ser psiquiatra, y especialista para detectar cuando una persona entra al plano del narcisismo o se vuelve egocéntrico. La persona egocéntrica trata por todos los medios que todo gire en torno a sí mismo, catalogarse como el único que resolver todos los problemas, y, por lo tanto, vive criticando, descalificando y señalando los errores de los demás. Cuando una persona adopta esta actitud en cualquier campo, ya sea en los religioso, político o empresarial, representa una seria amenaza para cualquier empresa, gobierno, o iglesia, con la posibilidad de convertirse en un tirano o abusador del poder.

Entre las enseñanzas del divino maestro, Jesucristo enfatizó de forma puntual la necesidad de desprendernos del ego, y en sus enseñanzas proclamó que el que quiera ser el mayor, sería el servidor de todos. A esto le llamamos humildad. Es triste decirlo, pero en la gran mayoría de los políticos, y por medio de sus discursos, lo menos que encontramos es humildad, y lo que más predomina era la presunción, hija del egoísmo, y hermana de la vanidad. El descalificar los demás, para justificarme a mí mismo es una forma hipócrita de actuar, y establecer una autoestima que lo hace superior, no reconociendo las cualidades de nadie, sino la suyas propia, porque el primer paso de la grandeza es despojarnos de nuestro ego, para sentirnos siervos de todos.

marioeduardofumero@gmail.com

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