UNA HISTORIA DE AMOR (FABULA)

Un día, en pleno otoño, un fuerte viento se desató sobre el bosque. Las nubes cubrieron el cielo y las hojas danzaban en un torbellino salvaje. En medio de esta tormenta, un cuervo que volaba sobre los campos chocó contra la rama de un viejo árbol. Con un graznido sordo cayó al suelo — una de sus alas colgaba sin fuerza.

El cuervo intentó levantarse, desplegar sus plumas, pero un dolor agudo atravesó su cuerpo. Comprendió que no podría hacerlo solo. Así que elevó su mirada al cielo, donde las aves giraban en círculos, y graznó esperanzado:

— Ayuda… no puedo volar…

Pasaba una urraca volando — vio al cuervo y solo bufó:

— Siempre fuiste orgulloso, volabas alto y te reías de nosotros. Pide ahora ayuda a ti mismo. Detrás de ella volaban un mirlo, un jilguero e incluso un arrendajo — todos miraban hacia otro lado, lanzando miradas cortas llenas ya sea de desprecio o indiferencia. El cuervo bajó la cabeza. Solo, hambriento y herido, comenzó a perder la fe. Pero entonces, de algún arbusto cercano, se escuchó una voz finita y delicada:

— Te ayudaré, si no temes mi pequeña fuerza.- Era un gorrión. Pequeño, discreto, gris. Saltó junto a él, llevando en su pico una migaja de pan seco. Luego trajo una gota de agua, un refugio de hojas secas, y preparó un nido junto a las raíces del árbol.

— ¿Por qué haces esto? — preguntó débilmente el cuervo. — Porque estás vivo. Y porque, si yo hubiera caído, también me gustaría que alguien no pasara de largo.

Pasaron los días. Al principio, el cuervo no podía ni moverse, pero el gorrión no lo abandonó. Compartía con él migajas, le contaba sobre la vida en el bosque, lo calentaba en las noches frías. Y cuando el cuervo pudo extender su ala nuevamente, su primer pensamiento no fue para él, sino para el pequeño amigo que se había convertido en más que nadie para él.

La primavera llegó rápidamente. El bosque se llenó de luz y sonidos. Pero un día, mientras el gorrión recogía semillas del claro, un halcón salió disparado de los arbustos. Todo ocurrió en un instante — el gorrión no tuvo tiempo ni de piar.

Pero de pronto, una silueta negra se precipitó desde el cielo. El cuervo, fuerte y majestuoso, se lanzó en picada, extendiendo sus alas con tanta fuerza que el aire silbó. Se estrelló contra el halcón y lo alejó.

— Me salvaste… — susurró el gorrión. — No, fuiste tú quien me salvó primero, — respondió el cuervo. — Y ahora sé que la bondad no se mide por el tamaño del ala. Y el corazón… puede ser enorme incluso en el pecho más pequeño.

La moraleja: Nunca desprecies a quien es más débil que tú. A veces, es aquel a quien considerabas insignificante quien se convierte en tu apoyo. Y la bondad que se da sin esperar nada a cambio siempre regresa — cuando menos lo esperas, pero más lo necesitas.

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