Mario E. Fumero
Hemos visto de forma asombrosa, cómo la madurez cívica, educativa y democrática de un país republicano como Chile, con un gobierno de izquierda democrática, permitió la realización de unas elecciones ejemplares en las que, al llegar la noche del mismo día, se reconoció públicamente al presidente electo. También es una muestra de madurez democrática que el partido de izquierda que estaba en el poder reconociera al ganador —de derecha— y lo felicitara. Estos hechos trascienden en medio de sistemas radicales que, como el nuestro, no muestran verdadera madurez democrática.
No quiero referirme a los candidatos en Chile, sino a la madurez y vocación democrática de todo un pueblo, donde más de 13 millones de personas acudieron a las urnas para elegir a su presidente para los próximos seis años, con un alto nivel de participación. En Chile, el voto es obligatorio y quien no vota es multado, por lo cual la participación democrática es una exigencia legal. Gracias a este alto volumen de votantes, los chilenos pudieron elegir por mayoría simple al futuro presidente de esa nación sudamericana.
Es interesante observar la realidad latinoamericana en cuanto a la política en los últimos años. En países dominados por partidos de izquierda, los cambios hacia la derecha han sido notables, y los pueblos han aceptado la diversidad de criterios con una madurez digna de admiración. Un ejemplo de ello lo vemos en Bolivia, donde la izquierda gobernó por más de veinte años y, sin embargo, dos partidos de derecha se disputaron la presidencia de la nación. Lo más admirable es que las elecciones se efectuaron en un marco de paz y tranquilidad, aunque siempre existieron algunos grupos revoltosos.
Hemos visto cómo Argentina, Paraguay, Bolivia, Ecuador y ahora Chile se han inclinado hacia la derecha. Pero lo más digno de admirar es la forma ecuánime y solidaria en que la izquierda ha afrontado su derrota. Asimismo, en países como Uruguay, donde la izquierda ganó las elecciones, hemos sido testigos de la madurez de la derecha al aceptar la derrota con estoicismo y apoyar al gobierno electo por el pueblo.
La elección del nuevo presidente de Chile, José Antonio Kast, es el reflejo de una diversidad de criterios donde prevalecen el respeto y la madurez democrática, virtudes de las que tristemente carecemos en Honduras.
Estamos muy lejos de alcanzar tal madurez democrática, porque el cáncer de la corrupción y la ambición ha carcomido nuestro sistema político. Por ello, nos encontramos enfrascados en una lucha para determinar quién es el presidente electo tras las elecciones del 30 de noviembre. Los intereses partidarios y personales se anteponen a la voluntad de la mayoría, y, tristemente, cuando algunos sectores son derrotados, no saben asumir sus pérdidas y persisten en promover el fantasma del fraude, producto de una cultura viciada por procesos electorales anteriores.
Dios bendiga a Chile y tenga misericordia de Honduras, porque a estas alturas todavía no sabemos quién es el presidente, ni si se logrará cristalizar la aspiración del pueblo hondureño de que su voto sea respetado y podamos entrar en una etapa de paz y prosperidad que nos permita sobrevivir en un mundo cada vez más polarizado y conflictivo.
A nosotros, los cristianos, nos corresponde orar y pedirle al Todopoderoso que conceda ecuanimidad y sabiduría, para que el fanatismo y el radicalismo partidista no nos lleven a una confrontación que nos sumerja aún más en la pobreza y la división, y que indudablemente nos conduciría a la destrucción.


