EL TESTIMONIO DE CHRISTIAN

Mario E. Fumero

“Me llamo Christian. Como la mayoría de los jóvenes, vengo de una familia desintegrada. Crecí sin una figura paternal; solo vivía con mi madre, mi abuela y mi bisabuela. Éramos una familia numerosa en un solo hogar, y al no tener un padre nunca recibí un consejo de parte de él. Nací en Tegucigalpa.

A la edad de 10 años comencé a arruinar mi vida fumando cigarrillos. Buscaba la calle porque mi madre trabajaba y yo me quedaba con mi abuela y bisabuela. Cuando mi madrina supo que fumaba, se lo comentó a mi madre, y ella me corrigió fuertemente, ordenándome que dejara de fumar. Lo dejé por un corto tiempo, pero en mi rebeldía volví a hacerlo.

Recuerdo que en la escuela, estando en 5.º grado, nos dieron una charla sobre “los derechos del niño. y se me quedó grabado el artículo #2, sección #2 de dicho convenio. Unos meses después volví a encender un cigarro y, en la noche, mi mamá me sintió el olor y me castigó. Lo primero que le dije fue que no podía pegarme porque, si lo hacía, la iba a denunciar con la policía. Ella quedó sorprendida por mi reacción. Desde entonces, seguí fumando; pero mi madre no me castigaba más severamente porque temían que la denunciara.

Lentamente los vicios me fueron envolviendo y, a los 11 años, probé por primera vez bebidas alcohólicas. Recuerdo que tomé tequila con una caguama[1]. Me juntaba con malas gavillas en el barrio, sabiendo que mi madre no podía prohibirme con quién me juntaba. A escondidas seguía bebiendo, cayendo poco a poco en el alcoholismo, ya que mis amigos me facilitaban la bebida.

A los 12 años escuché hablar de la marihuana. El barrio donde crecí era peligroso y violento; continuamente había peleas por el control del territorio. En una ocasión hubo una masacre y tuve la traumática experiencia de ver a una persona muerta con los sesos afuera. Lentamente me fui acostumbrando a esa terrible realidad hasta involucrarme con la pandilla 18 en el mes de noviembre del 2017.

Mi involucramiento comenzó cuando, al salir de la escuela, miraba todas las tardes a un pequeño grupo reunido. Lo que más me atrajo fue el deseo de refugiarme en una organización. También comencé a usar internet y pasaba horas jugando videojuegos de armas, principalmente Counter-Strike. Eso me hizo desarrollar un gusto por las armas, porque veía que daban poder y autoridad a quienes las poseían.

Con el tiempo, veía grafitis en las paredes de mi barrio con el número 18 y otras letras que me motivaban a buscar esa organización que controlaba la zona. Yo no sabía a esa edad qué era la pandilla 18, ni la Mara Salvatrucha, pero un día, mientras jugaba en internet, busqué en YouTube información sobre la 18. Encontré videos, canciones y noticias; vi que algunos de ellos eran detenidos con armas, dinero y teléfonos. Yo quería tener todo eso, y entonces me vino la loca idea de ingresar a esa pandilla.

En mi deseo de tener armas pensé primero en entrar al ejército, pero como era menor de edad lo descarté. Fue entonces que decidí unirme a la pandilla 18, pensando que ellos me darían lo que deseaba. Poco a poco me fui acercando: cuando salía de la escuela me juntaba con un grupo de jóvenes con teléfonos, mujeres y drogas, reunidos en la esquina del barrio. Descubrí que estaban armados. Me hice amigo de ellos y me ponían a hacer mandados, hasta que Diego, un integrante de la mara, me ofreció marihuana. Experimenté una sensación especial que me gustó y pedí más, aunque no tenía dinero para comprarla.

Para conseguir marihuana más fácilmente me fui integrando a la pandilla. Éramos un grupo de unos 25 jóvenes, pero con el tiempo me fui activando más. Un día le dije a mi mamá que me quedaría con unos amigos, pero en realidad me fui con la pandilla. Al no aparecer por varios días, mi madre y abuela comenzaron a buscarme. Entonces, el encargado del sector me llevó a un lugar seguro y me preguntó por qué quería entrar a la mara. Yo le respondí que me gustaba convivir con ellos. Él me dijo tres cosas que nunca he olvidado. De la mara solo se puede salir muerto o terminar preso o en un hospital.

Así me fui adentrando en la pandilla. Me dieron un teléfono para “puntear” (vigilar el barrio). Cuando mi madre me lo vio, le mentí diciendo que me lo había regalado un amigo. Tiempo después, activé a un primo en la pandilla porque lo querían matar ya que le gustaba vestirse como de la mara MS, y lo introduje en la 18. Yo estaba encargado de vigilar el barrio en la noche. No me quedó más remedio que confesarle a mi madre y abuela que estaba metido en la pandilla, y lloraron, suplicándome que me saliera. Una noche me dieron un arma calibre 38 y para probarlo hice tres tiros al aire, y me llamaron loco por hacerlo. A los 13 años me ordenaron mi primer asesinato, relacionado con el control de drogas en el barrio. Después de esa prueba, me entregaron una pistola 9mm. Con el tiempo, el grupo que era de 25 miembros se redujo a solo 5; los demás fueron asesinados por la policía, por la pandilla contraria o por la misma mara al desertar.

Cuando cumplí 14 años, surgió otra pandilla más organizada en el barrio. Entre ellos había uno que había matado a mi primo y a quien yo odiaba. El jefe, desde la prisión, ordenó que me dieran una UZI para vengarlo. Lo hice, pero tuve la mala suerte de ser detenido junto a un amigo. Estuve internado tres meses en el Centro Renaciendo, en Támara, y después me soltaron.

Después de esos acontecimientos, me alejé por un tiempo de las pandillas y mi madre se mudó a otra zona. Sin embargo, cuando mataron a mi amigo Josué, volví a activarme a los 15 años. Cometí varios delitos de sangre por lo que fui detenido y sentenciado como menor infractor.

Hoy tengo 20 años. He vivido experiencias de las cuales me arrepiento profundamente. Cada día estoy transformando mi vida con la ayuda de Dios. Sé que lograré un cambio y, cuando cumpla mi sentencia, emprenderé un nuevo camino, estudiando y preparándome para ser útil en el futuro y ayudar a otros a no caer en la trampa en la que yo caí.

El Señor me está enseñando a ser responsable y asumir las consecuencias de lo que hice en el pasado. He aprendido y seguiré aprendiendo de mis errores. Mi meta es escribir un libro sobre mi vida anterior, no para que sepan quién fui, sino para que los jóvenes entiendan las consecuencias de hacer el mal. Soy uno de los seres humanos de los que Dios ha tenido mucha misericordia, y doy gracias porque sé que hay un gran propósito en mi vida, y se cumplirá. “AMÉN.”


[1]– Se le dice a la cerveza en formato familiar o de tamaño grande, una botella de cerveza de 32 onzas (aproximadamente 940 ml).

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