Mario E. Fumero
Muchos países, entre ellos Honduras, han suscrito convenios internacionales para la protección de los menores de edad, estableciendo que se es menor hasta los 18 años. Esto ha generado que los delincuentes juveniles gocen de una protección especial, que en la práctica muchas veces se traduce en impunidad. Un ejemplo reciente ocurrió en Colombia, donde un menor de 15 años fue contratado para asesinar al candidato presidencial Miguel Uribe Turbay; sin embargo, solo recibió una condena de siete años bajo régimen especial.
Las estadísticas en Honduras y el mundo muestran un aumento de la violencia protagonizada por menores de edad. En Estados Unidos e Inglaterra, por ejemplo, varios estados han modificado sus leyes para juzgar a los adolescentes como adultos, en ciertos delitos graves, incluso aplicando cadena perpetua, o trasladándolos a cárceles de adultos al cumplir los 18 años.
La gran pregunta es: ¿Puede un menor ser procesado como adulto en casos de delitos graves, como el sicariato? ¿Debe reducirse la edad punible de 18 a 16 o incluso a 14 años? Este debate no solo es jurídico, sino que también involucra un análisis psicológico, sociológico y teológico.
Lo primero que debemos considerar es la conciencia del infractor sobre sus actos. La Biblia enseña que el pecado aparece cuando se despierta la conciencia. Santiago 4:17 dice: “Y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado”. Entonces, la cuestión clave es: ¿a qué edad el ser humano adquiere verdadera conciencia de sus actos?
Romanos 2:12 añade: “Porque todos los que sin ley pecaron, sin ley también perecerán; y todos los que en la ley pecaron, por la ley serán juzgados”. Es decir, un delito es violación a la ley. Cada uno será responsable en la medida que comprende lo que hace. Durante la infancia se van revelando tres leyes fundamentales que forman la conciencia:
–La ley natural, que permite distinguir desde temprana edad lo bueno de lo malo en la creación. Un niño de tres años ya reconoce lo dañino o peligroso.
–La ley moral, transmitida en el hogar por los padres, que enseña valores y respeto a la autoridad, acompañado del temor a Dios.
–La ley social, establecida por la comunidad y el Estado, que regula derechos y deberes dentro de la convivencia humana.
No basta medir la culpabilidad solo por la edad biológica. Hay niños y adolescentes con una capacidad intelectual y emocional que supera a muchos adultos. De la misma manera, existen adultos con una madurez emocional semejante a la de un adolescente. Lo justo sería evaluar cada caso tomando en cuenta la capacidad y conciencia del infractor, apoyándose en estudios psicométricos y del contexto familiar y social.
Si un menor, con alto coeficiente intelectual y conciencia clara de sus actos, se degrada en los vicios y en la delincuencia, se convertirá en una bomba de tiempo para la sociedad. Por eso, limitar el castigo únicamente por la edad biológica es un error. Cada caso debe juzgarse según la gravedad del hecho, así como el nivel de conciencia que tiene cuando cometió el delito.
Es indispensable reforzar los mecanismos de rehabilitación temprana. Un menor se inicia con pequeños delitos, y si no recibe corrección a tiempo, fácilmente avanzará en crímenes más graves. La Biblia lo confirma en Proverbios 22:15: “La necedad está ligada en el corazón del muchacho; mas la vara de la corrección la alejará de él”. Cuando la sociedad tolera la impunidad juvenil, produce adultos con la conciencia cauterizada (1 Timoteo 4:2[1]), incapaces de distinguir el bien del mal. Así es como pequeños ladrones de carteras, terminan siendo sicarios al servicio de las maras y los narcotraficantes. Nuestra filosofía liberal y permisiva, que privilegia el derecho por encima de la justicia y las obligaciones, ha fracasado. Proteger el pecado y tolerar la inmoralidad solo nos lleva al deterioro social.
En conclusión, debemos fijar una edad punible rígida, y reconocer que la verdadera responsabilidad surge con la conciencia del acto cometido. Castigar con justicia, corregir a tiempo y rehabilitar con amor y disciplina son los tres pilares que pueden salvar a la juventud de hundirse en la delincuencia, y darles así una nueva oportunidad de vida.
[1]– “por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia”.


