La Biblia es clara cuando habla de la hechicería. No la presenta como algo ligero, cultural o inofensivo. La muestra como una práctica que rompe la relación con Dios porque busca poder fuera de Él. Gálatas 5:19–21 menciona la hechicería junto a obras que apartan del Reino, no para asustar, sino para advertir. Dios sabe que cuando una persona abre esa puerta, algo se quiebra por dentro.
La hechicería no siempre aparece como ritual oscuro. A veces llega disfrazada de “ayuda”, “protección”, “limpia”, “amarre”, “lectura”, “energía”. Pero el fondo es el mismo: confiar en fuerzas que no vienen de Dios. Deuteronomio 18:10–12 dice que el SEÑOR aborrece esas prácticas porque desvían el corazón. No es solo lo que se hace con las manos; es a quién se le entrega la confianza.
¿Puede esto dañar a un cristiano? Sí, cuando el cristiano deja de obedecer. La fe no es un amuleto. Ser creyente no vuelve inmune a quien decide desobedecer. Saúl es un ejemplo fuerte. Él conocía a Dios, había sido ungido, pero cuando consultó a una adivina, perdió dirección, paz y finalmente su reino (1 Samuel 28). No cayó de un día para otro; cayó cuando buscó respuesta donde Dios ya había hablado.
La hechicería destruye porque sustituye la fe. En lugar de orar, se consulta. En lugar de esperar, se manipula. En lugar de confiar, se controla. Isaías 8:19 pregunta con firmeza: “¿No consultará el pueblo a su Dios?”. Cuando el corazón se acostumbra a buscar soluciones rápidas fuera de Dios, la relación con Él se enfría y la conciencia se endurece.
El daño no siempre es inmediato, pero es profundo. Se pierde discernimiento. Se normaliza lo que antes incomodaba. Se confunde lo espiritual con lo oscuro. Pablo advierte que Satanás se disfraza como ángel de luz (2 Corintios 11:14). No todo lo que parece espiritual viene de Dios.
La buena noticia es que hay salida. Hechos 19:18–19 cuenta que muchos que habían practicado artes mágicas se arrepintieron y abandonaron esas cosas. Dios no rechazó a quienes volvieron con un corazón sincero. La liberación comenzó cuando reconocieron el error y cortaron con aquello que los ataba.
El mensaje es sencillo: un cristiano no necesita hechicería. Tiene acceso a Dios. Tiene la palabra, la oración y el Espíritu Santo. Lo que viene de Dios da paz, no dependencia. Da libertad, no temor. Santiago 4:7 lo resume: “Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros”. La hechicería puede destruir porque aparta, confunde y esclaviza. La fe en Dios restaura, ordena y da vida. Cada creyente decide a quién escucha y a quién obedece. Y en esa decisión se define el rumbo del alma.


