CÓMO IDENTIFICAR A UN ENFERMO MEGALÓMANO

Mario E. Fumero

Una de las características psicológicas más peligrosas en una persona, principalmente cuando ejerce algún tipo de poder —ya sea en el ámbito social, político o religioso—, es el síndrome de padecer un “yo” exaltado, lo que en psicología se denomina megalomanía y, en términos filosóficos, narcisismo. Pero es fácil identificar a este tipo de enfermo mental: solo necesitamos observarlos y escucharlos.

Cuando el “yo” se engorda, el primer síntoma que aparece es la autosuficiencia. Después, y de forma lenta, sale a flote su prepotencia, razón por la cual se exalta, desencadenándose la soberbia. Quizás la soberbia sea una de las máximas expresiones de un enfermo megalómano, de la cual dice la Palabra de Dios que Él “resiste al soberbio y da gracia al humilde”.

El soberbio manifiesta reacciones iracundas cuando alguien se le opone y trata de contradecir sus deseos o caprichos. Por regla general, no considera la opinión de los demás y, en momentos de ira, puede desencadenar la violencia. Estas personas son intolerantes y prepotentes.

Otra característica del megalómano es hacer las cosas para ser visto y usar sus “buenas acciones” para engordar su ego. Al respecto, Jesucristo enseñó: “No sepa tu mano derecha lo que hace tu izquierda” (Mateo 6:3). Toda persona que haga algo para exaltarse es, indudablemente, un egocéntrico, porque si somos cristianos tenemos que desegocentrarnos (quitar nuestro yo), ya que todo lo que hacemos lo hacemos para el Señor. Y si de algo hemos de gloriarnos, como dijo el apóstol San Pablo, será de nuestras debilidades (2 Corintios 12:10).

La enfermedad de un ego exaltado genera muchos conflictos, porque de ahí nacen la envidia, la codicia, la ambición y la arrogancia. Pero lo peor de todo es que también causa muchas enfermedades en quienes la padecen, como el insomnio, la angustia y la depresión. Asimismo, puede causar problemas gástricos, pues el enojo producido por un “yo” herido genera actitudes hostiles y negativas que se hacen visibles en los enfermos megalómanos. Y aunque no queramos aceptarlo, socava nuestra salud física y nos quita la paz interior.

Cierta vez, un famoso y reconocido periodista, escritor y filántropo francés llamado Dominique Lapierre relató su experiencia cuando visitó a la Madre Teresa de Calcuta. En su libro Más grande que el amor cuenta él cuenta que le preguntó a la Madre Teresa por qué no se deprimía ante tanta miseria, al recoger moribundos de la orilla del río Ganges. La Madre Teresa le respondió con una frase que refleja la bendición de desplazar el “yo” a un segundo plano: “Cuando uno vive para los demás no puede darse el lujo de pensar en sí mismo; solo los egoístas se deprimen. El que se da a los demás y no piensa en sí mismo, ese sí es feliz”.

¿Es compatible la exaltación del “yo” con la fe cristiana? ¡No! Rotundamente no, porque la primera condición que puso Jesucristo para poder servirle radica en negarnos a nosotros mismos, es decir, desplazar nuestro “yo” a un segundo plano para vivir bajo el Señorío de Cristo (Mateo 16:24).

El líder religioso, político o empresarial que, debido a su posición de poder, avasalla, sojuzga, denigra, critica o señala a los demás, indudablemente tiene un yo exaltado y puede, al hablar o actuar, herir a las personas. Cualquiera que tenga cinco dedos de frente, podrá distinguirlos y, por tanto, deberá evitarlos, porque no hay nada más terrible que vivir bajo un líder con un ego exaltado, ya que en algún momento se convertirá en un déspota, crítico y avasallador de quienes le rodean.

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