Alejandro Peláez
Aquí la paternidad espiritual es engendrar vida espiritual, no dirigirla para siempre. La Biblia presenta un contraste claro entre Dios y los hombres: Dios es Padre eterno, pero toda paternidad humana es limitada y temporal. El profeta Isaías llama al Mesías “Padre eterno” (Isaías 9:6), subrayando que solo en Dios existe una paternidad que no termina, no se desgasta ni necesita ser reemplazada. “aunque padre y madre me dejaran, con todo Jehová me recogerá” (Salmo 27.10)
En cambio, desde Génesis se establece que el crecimiento implica separación. El mandato de dejar padre y madre no es solo familiar, sino profundamente espiritual: la madurez siempre implica salir de una tutela. Incluso Jesús, siendo el Hijo de Dios, vivió una etapa de sujeción en la niñez, pero luego afirmó que debía ocuparse de los asuntos de su Padre celestial, marcando un cambio claro de etapa. El apóstol Pablo resume este principio cuando dice que no pretende enseñorearse de la fe de los creyentes, sino colaborar para su gozo. En otras palabras, la autoridad apostólica reconoce su límite. Cuando una autoridad no sabe retirarse, deja de ser autoridad y se transforma en control. Un padre espiritual – un proceso-, no administra una conciencia. Cuando la paternidad se vuelve permanente, incuestionable Y centralizada, ya dejó de ser bíblica.
CUANDO EL AMOR ES DE DIOS REVELA EL TERMINO HUMANO, NO SE DISTORSIONA.
Todo proceso espiritual sano tiene un inicio y un cierre. Cuando el acompañamiento no sabe concluir, se transforma en un obstáculo para la madurez. El autor de Hebreos reprende a quienes, por el tiempo transcurrido, ya deberían ser maestros, pero todavía necesitan que se les enseñen los rudimentos. Esto no es una falla del amor, sino una falla en el propósito del amor. El amor del Padre busca crecimiento, no dependencia, busca madurez, no infantilismo espiritual.
Uno de los errores más frecuentes en el ministerio es confundir el amor con el derecho. Pero la Biblia jamás enseña que amar a alguien nos otorgue autoridad perpetua sobre su vida. Pablo escribe a los corintios que el amor “no busca lo suyo”, no se impone y no se envanece. Esto implica que el amor verdadero no necesita retener, controlar ni centralizarse. Cuando el amor exige permanencia, obediencia personal o dependencia, ya dejó de ser el amor de Dios y se transformó en una forma sutil de posesión espiritual. Dios ama sin necesidad de controlar, porque Dios es Padre eterno. Los hombres, en cambio, solo acompañamos procesos que empiezan y terminan.
EL AMOR PASTORAL Y SUS LÍMITES
La Escritura define el amor con precisión: el amor no busca lo suyo, no se impone, no manipula y no domina. Por eso, cuando Pedro exhorta a los ancianos, les advierte que pastoreen el rebaño no como teniendo señorío, sino siendo ejemplo. El liderazgo bíblico nunca se apoya en la imposición, sino en el testimonio. Pablo, escribiendo a los corintios, vuelve a marcar un límite crucial: el líder no gobierna la fe ajena. La fe pertenece a la persona delante de Dios. El ministro acompaña, orienta y cuida, pero no sustituye la conciencia ni la relación personal con el Señor.
Cuando el amor pastoral exige obediencia personal o lealtad incondicional, deja de ser amor y se convierte en dominio. El profeta Ezequiel denuncia a los pastores que se apacientan a sí mismos, que gobiernan con dureza y no fortalecen a las ovejas. Ese diagnóstico sigue siendo actual.
EL AMOR LOGRARÁ QUE CRISTO SEA FORMADO Y EL ACOMPAÑANTE PASE A SEGUNDO PLANO.
El objetivo final del amor derramado en nuestros corazones es claro: que Cristo sea formado en las personas. Cuando Cristo aparece formado:
- el acompañante deja de ser central, porque al ser Cristo Señor, él es el soberano.
- la voz del Espíritu Santo se vuelve clara, y nos guía a toda verdad y justicias.
- la relación paternal se transforma en fraternidad. Juan el Bautista lo expresó con una frase que resume toda paternidad sana: “Es necesario que Él crezca, y que yo mengüe.” Esto significa que el maestro tiene que darejemplo y seguir sus instrucciones, como afirmó cuando dijo: “porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis (Juan 13:15)
.


