LA ALIMENTACION DEFINE CLARAMENTE LOS LIMITES

Alejandro Peláez   

Dios revela su sabiduría a través de procesos simples y naturales. Así como en la vida familiar el crecimiento del hijo está marcado por distintas etapas de alimentación, en el Reino de Dios la madurez espiritual se manifiesta por el tipo de alimento que el creyente puede recibir. La leche y el alimento sólido no compiten; responden a momentos distintos del desarrollo.

          La paternidad espiritual tiene sentido mientras hay inmadurez. Su función no es perpetuar la dependencia, sino acompañar al creyente hasta que alcanza la madurez necesaria para vivir una fe responsable y estable. El propósito de toda paternidad espiritual es llevar al hijo a Cristo, no retenerlo en una relación de necesidad permanente. Las Escrituras lo afirma con claridad: “Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces” (1 Corintios 3:2, RV1909).

          En la vida natural, la madre alimenta al hijo con leche en sus primeros años. Ese alimento no solo nutre, sino que crea vínculo, seguridad y dependencia. Sin la leche materna, el niño no sobrevive. Sin embargo, llega un momento en que la leche deja de ser suficiente. Si la madre insiste en alimentar al hijo como a un recién nacido cuando ya puede masticar, no lo está cuidando: está deteniendo su desarrollo. Este principio revela la función de la paternidad espiritual. Ella administra la leche del Reino: afirmación, contención, corrección básica, identidad y acompañamiento cercano. Su rol es profundamente necesario en las primeras etapas de la fe, pero no es eterno. La paternidad sana sabe discernir cuándo el hijo debe pasar a otro tipo de alimento.

          En ese punto aparece con mayor claridad la figura del padre en la familia, quien introduce el alimento sólido. El padre no reemplaza a la madre ni invalida su rol; simplemente responde a una nueva etapa. El alimento sólido exige dientes, fuerza, disciplina y responsabilidad. Marca el ingreso a una madurez progresiva. De la misma manera, en la Iglesia, el pastor representa la provisión del alimento sólido para el cuerpo. Él no engendra para sí mismo, sino que gobierna, ordena y alimenta al rebaño para que alcance estabilidad y discernimiento. El alimento sólido no es relacional, es formativo; no es dependencia, es gobierno espiritual.

          La Escritura declara: “Mas el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal” (Hebreos 5:14, RV1909). Aquí se revela un principio clave: no todos pueden recibir el mismo alimento, y no toda autoridad ministra de la misma manera. La paternidad espiritual prepara; la autoridad pastoral establece. La madre alimenta mientras el hijo es pequeño (bebe) el padre introduce el alimento que lo forma como adulto (disciplina). Ambos roles son necesarios, pero no simultáneos ni intercambiables.

          Pablo confirma que este proceso tiene un objetivo claro: “Para que ya no seamos niños fluctuantes… sino que crezcamos en todas las cosas en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo” (Efesios 4:14–15, RV1909). La característica de un niño es que todo lo cree sin razonar, mientras que la persona madura todo lo razona antes de creerlo, por lo tanto, es más difícil que cometa errores.

          Cuando la paternidad insiste en dar leche a quienes ya deberían comer alimento sólido, se produce inmadurez espiritual. Cuando la pastoral exige alimento sólido a quienes aún no han sido formados, se genera frustración y abandono. El orden de Dios respeta los procesos, pero nunca renuncia a la meta: la madurez del creyente. La lógica establece que según vamos creciendo, vamos teniendo cada vez más conciencia y conocimiento, por lo tanto, tenemos los objetivos más claros.

          La verdadera autoridad espiritual no se mide por cuántos dependen de ella, sino por cuántos son capacitados para caminar con responsabilidad delante de Dios. La madre se alegra cuando el hijo deja la leche; el padre se alegra cuando puede darle alimento sólido. De la misma manera, la paternidad espiritual celebra la madurez, y el pastor conduce al cuerpo hacia ella.

          En el Reino, nadie está llamado a vivir eternamente como niño. La leche es una etapa necesaria; el alimento sólido es una transición inevitable; la madurez en Cristo es el destino. Toda autoridad que Dios establece existe para conducir al creyente hacia ese lugar.

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