Alejandro Peláez
La paternidad espiritual es un don de Dios con un propósito y un límite definido. Su función es acompañar al creyente en su crecimiento hasta alcanzar madurez espiritual. Cuando este límite no se reconoce, la paternidad deja de ser guía y se convierte en obstáculo para el desarrollo de la maduración del hijo. El apóstol Pablo lo expresa claramente: “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; más cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño” (1 Corintios 13:11). Permanecer en la etapa infantil más allá del tiempo previsto es desviarse del propósito de Dios. La paternidad es sana mientras conduce al creyente a “dejar de ser niño” y caminar con discernimiento, responsabilidad y obediencia directa a Cristo.
La Escritura establece que los dones ministeriales no buscan crear dependencia, sino formar creyentes maduros: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros; a fin de perfeccionar a los santos… hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:11-13). Aquí se ve un límite claro: la paternidad espiritual es válida mientras conduce a ese objetivo.
Pablo comprendía este principio: aunque se reconocía como padre espiritual, no se convirtió en sostén permanente de la fe de los creyentes. Al despedirse de los ancianos de Éfeso, los entregó a Dios y a su Palabra: “Y ahora, hermanos, os encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, que tiene poder para sobreedificaros y daros herencia con todos los santificados” (Hechos 20:32). La verdadera paternidad sabe cuándo soltar la dependencia, confiando más en Dios que en su propio rol.
EL ALIMENTO INDICA QUE LA PATERNIDAD DEBE CONCLUIR
Se considera que la paternidad espiritual ha cumplido su propósito cuando el creyente puede discernir y obedecer a Cristo directamente, pues Él se ha convertido en su fundamento. Este fundamento, primera etapa del trato con la paternidad, brinda la leche que nutre la fe y fortalece los primeros pasos: “Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación” (1 Pedro 2:2). El crecimiento comienza en lo básico: “Porque debiendo ser ya maestros…tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido” (Hebreos 5:12-13). La paternidad enseña los rudimentos; por lo tanto, quien no madura sigue dependiendo de la leche y no está preparado para el alimento sólido.
Cumplido su propósito, la paternidad da paso al pastor, quien fortalece la fe y guía al alimento sólido, el pasto verde que fortalece la madurez espiritual: “Por tanto, dejando los rudimentos de la doctrina de Cristo, avancemos a la perfección…” (Hebreos 6:1-2) y “Pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en discernir tanto el bien como el mal” (Hebreos 5:14).
El pastor toma la dirección: “Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros… no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey” (1 Pedro 5:2-3). Así, la paternidad y el pastorado trabajan juntos: la primera enseña la leche; el segundo conduce al alimento sólido, fortaleciendo la obediencia, servicio y madurez: “Para que andéis como es digno del Señor… creciendo en el conocimiento de Dios” (Colosenses 1:10).
Cada oveja que aprende a comer el pasto blando avanza hacia la plenitud del llamado, sostenida por pastores y padres espirituales: “Acordaos de vuestros pastores… e imitad su fe” (Hebreos 13:7). El rebaño progresa de la dependencia a través de la fortaleza que recibe de la leche y el verde, creciendo en madurez y fruto espiritual: “Por tanto, dejando los rudimentos de la doctrina de Cristo, avancemos a la perfección” (Hebreos 6:1). Quien persevere recibirá la recompensa prometida: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe… me está guardada la corona de justicia” (2 Timoteo 4:7-8).
La paternidad espiritual es sana mientras conduce a la independencia espiritual, según sea consciente de adquirir una madurez responsable. Es importante entender que el factor de la salud espiritual en una paternidad depende de que se le enseñe la sana doctrina, o la palabra sana, como le señalo Pablo a Tito (Tito 1:9, 2:1, 2:8) cuando logra darse a tiempo ese alimento sano al cuerpo, que es el gobierno espiritual de la iglesia local, la cual crece fuerte para una reproducción saludable.
Pablo lo resume con claridad ese principio cuando expone: “Ya no seáis niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina…sino que, siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo.” (Efesios 4:14–15) El padre espiritual que ama de verdad se alegra cuando el hijo crece, discierne, decide y obedece a Cristo por sí mismo. Porque entiende que ese fue siempre el propósito establecido por Dios.


