CUANDO LA PATERNIDAD SE CONVIERTE EN DEPENDENCIA ESPIRITUAL

Alejandro Peláez

La paternidad espiritual fue dada por Dios como un medio de formación, no como un fin en sí mismo. Su función es acompañar el nacimiento, afirmar los primeros pasos y conducir al creyente hacia una relación madura, directa y responsable con Cristo como ya lo hemos dicho anteriormente. La vida cristiana comienza con un nuevo nacimiento (Juan 3:3) Cuando este propósito se pierde, la paternidad deja de edificar y comienza a producir dependencia espiritual.

          La Escritura es clara al establecer que todo creyente debe aprender a caminar delante de Dios con responsabilidad personal. El apóstol Pablo exhorta a la iglesia diciendo: “Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor (Filipenses 2:12,). Aquí se revela un principio fundamental: la fe no puede depender permanentemente de la presencia de un padre espiritual. Pablo no reforzó una relación de dependencia, sino que empujó a los creyentes a asumir su propio caminar delante de Dios. La verdadera paternidad prepara para la ausencia, no para la sujeción continua.

SEÑALES DE UNA DEPENDENCIA ESPIRITUAL MALSANA

          La dependencia espiritual aparece cuando el hijo no puede discernir, decidir ni obedecer sin la aprobación constante de su cobertura dentro de la “paternidad”. En lugar de formar conciencia espiritual, se forma sumisión emocional. En lugar de madurez, se produce infantilismo prolongado.       La Escritura describe este estado como una etapa que debe ser superada: “Mientras el heredero es niño, en nada difiere del esclavo, aunque es señor de todo; sino que está bajo tutores y curadores hasta el tiempo señalado por el padre.” (Gálatas 4:1–2,)

          El problema no es estar bajo tutores; el problema es no salir nunca de esa etapa. Cuando la paternidad espiritual se extiende más allá del “tiempo señalado”, el hijo espiritual, aun siendo heredero, vive como un esclavo: no decide, no discierne y no avanza. Una señal clara de dependencia malsana es cuando el creyente:

  • No ora ni busca dirección sin consultar primero a su padre espiritual.
  • No puede tomar decisiones espirituales simples.
  • Confunde obediencia a Dios con obediencia a un hombre.
  • Siente culpa o temor al pensar distinto.
  • Es retenido emocionalmente bajo el discurso de “cobertura” o “lealtad”

Nada de esto produce una madurez correcta; sino que produce un control personal. HIJOS QUE NO DISCERNEN

          Cuando la paternidad reemplaza la obra del Espíritu Santo, el hijo deja de ejercitar sus sentidos espirituales. La Biblia enseña que el discernimiento es una evidencia de madurez, no de rebeldía: “Pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal.” (Hebreos 5:14,).

          Si un creyente no discierne por sí mismo, no es señal de humildad, sino de inmadurez. La paternidad espiritual sana, entrena el discernimiento, no lo sustituye. Cuando un padre espiritual decide por el hijo en todo, le roba la posibilidad de crecer. Pablo nunca creó hijos dependientes de su voz. Por el contrario, los condujo a depender de Dios y de Su Palabra: “Y ahora, hermanos, os encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, que tiene poder para sobreedificaros y daros herencia con todos los santificados” (Hechos 20:32,). Aquí está el corazón apostólico: soltar en Dios. El verdadero padre espiritual confía más en la obra del Espíritu Santo que en su propia influencia.

LA DIFERENCIA ENTRE CUIDADO Y CONTROL

          El cuidado protege; el control domina. El cuidado acompaña; el control retiene. El cuidado apunta a Cristo; el control apunta al líder. La Escritura advierte claramente contra cualquier forma de autoridad espiritual que se enseñoree de las personas: “Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey.” (1 Pedro 5:2–3,).

          Cuando la paternidad se transforma en control, deja de ser paternidad y se convierte en señorío. Y donde hay señorío humano, el señorío de Cristo queda desplazado. Jesús mismo fue claro al establecer que la madurez espiritual implica una relación directa con el Padre: “Mas vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos.” (Mateo 23:8,). Esto no elimina la paternidad espiritual, pero la ubica en su justo lugar: como servicio, no como trono. La paternidad que no suelta no ama; teme. La paternidad que controla no edifica; debilita. Pero la paternidad que forma y entrega produce hijos maduros, iglesias sanas y un cuerpo bien concertado bajo la autoridad de Cristo.

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