Alejandro Peláez
La paternidad espiritual deja de ser un instrumento de Dios cuando abandona el espíritu de servicio y asume una posición de dominio. Allí cuando el padre espiritual no suelta, no envía y no reconoce la autoridad pastoral establecida, comienza a operar un principio contrario al Reino: el enseñoramiento del discípulo. La Escritura advierte claramente contra esta distorsión del liderazgo como lo anunció el Apóstol Pedro en su epístola universal: “Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey” (1 Pedro 5:2–3). Cuando la paternidad se enseñorea, deja de ser ejemplo y pasa a ocupar un lugar que no le corresponde. En vez de preparar al creyente para caminar bajo la guía pastoral y del gobierno del cuerpo, se posiciona como autoridad paralela, desplazando el orden establecido por Dios.
Una de las señales más claras de esta desviación es cuando la paternidad espiritual comienza a reemplazar la función pastoral, actuando sin sujeción al gobierno local de la iglesia. Esto genera confusión, doble voz y división interna. Dios no diseñó autoridades para que compitan entre sí, sino funciones complementándose. El pastor tiene una responsabilidad directa sobre la grey local, responsabilidad que no puede ser usurpada por ningún otro ministerio. “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta.” (Hebreos 13:17,)
Cuando un padre espiritual comienza a dirigir, corregir y tomar decisiones sobre el rebaño sin reconocer al pastor, deja de operar en paternidad y entra en “usurpación de autoridad”. Otra manifestación grave es la retención de los hijos espirituales, bajo el argumento de “cobertura”. Se les enseña que salir, madurar o sujetarse al orden pastoral es traición, rebeldía o falta de lealtad. Esto no es cobertura; es control espiritual. Esta acción opera no solo en la paternidad espiritual, también en otros ministerios manifestando claramente, no un interés por el discípulo, sino por lo que ese discípulo produce o beneficia lo cual no está dispuesto a perder.
El verdadero padre no retiene por miedo a perder influencia. Confía en la obra de Dios en el hijo y se alegra cuando este avanza y madura. La falsa cobertura reemplaza la fe, por dependencia, y produce creyentes bajo dominio un emocional frustrante y temerosos.
EL ESPÍRITU DE ABSALÓN EN LA PATERNIDAD ESPIRITUAL
La Escritura nos ofrece un cuadro profético y muy actual en la figura de Absalón. Él no atacó directamente al rey David; se robó el corazón del pueblo bajo una apariencia de cercanía y cuidado. “Y acontecía que cuando alguno se acercaba para inclinarse a él, Absalón extendía la mano y lo tomaba, y lo besaba. De esta manera robaba Absalón el corazón de los de Israel.” (2 Samuel 15:5–6,). Absalón operó como un falso padre: escuchaba, contenía, prometía, pero no edificaba bajo el orden del reino. Toda paternidad espiritual que roba afectos desacredita la autoridad pastoral y prepara un quiebre, opera bajo este mismo espíritu, aunque se revista de un lenguaje espiritual. Esa rebeldía oculta en el corazón de esta paternidad opera en ocasiones más allá de los discípulos que están bajo su paternidad.
REBELIÓN ESPIRITUAL: CUANDO SE ARRASTRA A LOS HIJOS
La rebelión espiritual nunca es individual; siempre arrastra a otros, especialmente a los inmaduros. Cuando un líder se va de la iglesia en desorden, llevándose los hijos espirituales, el daño no es solo institucional: es profundamente pastoral y espiritual. La Escritura condena este tipo de conducta: “Estos son los que causan divisiones; los sensuales, que no tienen al Espíritu” (Judas 1:19). Aquí no se habla de persecución ni de sana transición, sino de división provocada. Cuando una salida no es enviada ni reconocida, se convierte en rebelión, aunque se intente justificar espiritualmente. Promulgar un desacuerdo de manera que pueda alcanzar a muchos con su propia rebelión, es motivo de una rápida intervención pastoral de la cual hablare más adelante.
¿Y QUE SI SE LLEVA OVEJAS?
El liderazgo espiritual conlleva una responsabilidad mayor. Jesús fue claro al advertir sobre el daño a los pequeños e inmaduros: “Y cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino” (Mateo 18:6). Arrastrar hijos espirituales sin discernimiento, madurez y sin cobertura pastoral no es paternidad, es irresponsabilidad espiritual. No toda salida es rebelión. La Escritura muestra salidas legítimas, enviadas y bendecidas: “Ministrando éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado.” (Hechos 13:2–3,). La diferencia es clara: “el envío une; la rebelión divide”. El envío edifica el cuerpo; la rebelión lo hiere
EL DAÑO A LOS INMADUROS
Los niños espirituales no tienen aún criterio para discernir conflictos de autoridad. Cuando son expuestos a divisiones, críticas o rupturas, su fe se resiente, su confianza se quiebra y su crecimiento se detiene. Por eso Pablo exhorta: “Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos.” (Romanos 16:17,).


