LA ÉTICA PERVERSA AHORA ES UNA VIRTUD*

*Reporte Diario* medio digital de Chile.

Vivimos en una época donde el tramposo ya no se oculta, ni se excusa, ni se avergüenza. Al contrario, se aplaude si lo hace con inteligencia, se premia si logra resultados y se convierte en referente si tiene una buena narrativa. 

El que se cuela en la fila sin recibir reproche, el que revende a precios altos y es llamado «emprendedor», el que evade impuestos mientras da charlas sobre superación… todos forman parte de una misma normalidad que ya no distingue entre lo astuto y lo injusto. La trampa ha dejado de ser una anomalía del sistema social para convertirse en una estrategia que si funciona.

Lo más inquietante es que nadie se escandaliza. Todos, en algún nivel, entienden la lógica que se impone: si el entorno premia la trampa y la sinvergüenzada, resistirse a ella no solo parece inútil, sino tonto. El sujeto no nace tramposo, aprende. Se forma en un entorno donde los discursos dicen una cosa, pero la esencia es otra. 

Los políticos y empresarios hablan de esfuerzo y mérito, pero saben que el que llega más lejos no siempre es el que más se sacrifica, sino el que sabe moverse mejor entre las grietas, el que domina la técnica del atajo y del servilismo.  Y así, sin grandes debates ni ejemplos éticos, la trampa se vuelve sentido común.

Lo grave no es que se transgredan las normas, sino que ya no se les reconoce como tales. 

La trampa se ha convertido en una práctica institucionalizada, modelada desde arriba y replicada desde abajo. El político que roba pero inaugura obras es reelecto y dice que cumple lo que prometió. El empresario que precariza a sus empleados con bajos salarios y malos tratos, es celebrado como líder y triunfador de la vida. Y también el influencer que manipula es admirado por su carisma y brillantez. 

En ese entorno, el ciudadano promedio entiende que la honestidad no cotiza, que lo correcto no paga y que lo importante es llegar, a cualquier precio.

La trampa se disfraza y no se llama así. Se le llama «saber moverse», «ser realista», «ser astuto y triunfador». No se asume como falla, sino como estrategia de adaptación para vivir mejor. 

La astucia reemplaza a la virtud, la apariencia reemplaza a la integridad y, lo que antes se llamaba cinismo, hoy se traduce como inteligencia.  La ética no desapareció, se externalizó, se volvió un adorno, una narrativa de campaña, una excusa de marketing. Lo más perverso es que la ética tramposa no solo se reproduce, sino que se romantiza. El tramposo no es solo funcional, es inspirador. Se convierte en historia de éxito, en gurú de negocios, en ícono pop. 

El relato de que «todos lo hacen» se impone como justificación, y la frase «si no lo haces, eres un estúpido» reemplaza cualquier sentido de responsabilidad colectiva. 

En ese paisaje, lo justo parece torpe, lo honesto parece lento, y lo genuino parece débil. Una sociedad que convierte la trampa en virtud no solo se vuelve injusta, sino invivible.  Este tipo de sociedad produce sujetos desconfiados, relaciones frágiles y comunidades rotas. 

Produce, sobre todo, una generación que ya no cree en el bien común, sino en la supervivencia individual, que mide todo en términos de utilidad y riqueza, y que, frente a cualquier conflicto, responde: «¿y a mí qué me toca?»

A pesar de todo, solo basta contestar una pregunta que denota la realidad existente:

¿Y si el verdadero triunfo de la trampa no fue corromper las reglas, sino convencernos de que ya no valen la pena?

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