UN NOMBRE LLAMADO AMOR

Un niñito caminaba por la calle, tratando de alcanzar la mano de su mamá, y a cada rato repetía la misma pregunta: —Mami, ¿a dónde vamos?

La madre apartaba la mirada y guardaba silencio. —Pobrecito chamaco —murmuraban los vecinos al verlos pasar—, no sabe que su mamá lo lleva al orfanato…Pasó el tiempo. El niño creció y empezó a visitar por su cuenta a aquella madre que lo había dejado. Le limpiaba la casa después de sus borracheras, y cuando ella se quedaba dormida entre el humo y el alcohol, él se sentaba a su lado, le tomaba la mano y le daba un beso en la mejilla sucia.

—Qué tonto muchacho —decían los vecinos con desprecio—. ¿Dónde quedó su orgullo? ¡Si ella misma lo abandonó! Los años siguieron corriendo. Su madre murió, y el joven se convirtió en un hombre guapo, educado, con un futuro brillante. Terminó la universidad con honores, y todos aseguraban que le esperaba una gran carrera. Pero, para sorpresa de todos, decidió trabajar como maestro en una escuela. —¡Qué ingenuo! —decían los vecinos—. Con esa educación y esa pinta, ¿y se va de maestro por unos cuantos pesos?

Pronto, sin embargo, se ganó el cariño de todos los niños. Un tiempo después, corrió la noticia de que iba a casarse con una muchacha del barrio. —¡Qué bruto! —volvieron a decir los vecinos—. Si la muchacha es sorda y cojea, ¡pudo haberse conseguido a alguien mejor! Pero los recién casados vivieron en paz y con mucho amor. Solo una cosa los entristecía: no podían tener hijos propios. Hasta que un día los vieron pasar con una carreola, y dentro iban dos bebés —niño y niña— de apenas seis meses. —¡Qué menso! —decían otra vez los vecinos—. En lugar de buscarse una mujer sana y tener sus propios hijos, ¡va y adopta a dos de golpe!

Pasaron los años. Los niños crecieron, formaron sus propias familias y cada uno tuvo tres hijos. Pero nunca se olvidaron de visitar a sus padres adoptivos, los que los habían criado con tanto amor. Una tarde fría de primavera, el hombre cruzaba un puente y vio a un perro atrapado en un pedazo de hielo que flotaba por el río. El animal lloraba, asustado, y se movía sobre el hielo que se rompía poco a poco. Sin pensarlo, el hombre se lanzó al agua helada y logró salvarlo. —¡Qué tonto! —rezongaban los vecinos—. A su edad y tirarse al río en ese frío… ¡Ahora se va a enfermar! Y en efecto, enfermó. Y murió.

En el funeral, los vecinos volvieron a murmurar entre ellos: —Vivió como un tonto… y murió igual de tonto. Pero él ya estaba frente a las puertas del Cielo. El ángel guardián le preguntó: —¿Cómo te llamas? —No lo recuerdo… —dijo él con una sonrisa tranquila—. Toda mi vida los vecinos me llamaron “tonto”. Siempre hice las cosas que ellos no entendían. El ángel asintió y respondió: —Tu nombre está escrito en el Libro de los Justos. Entra. Porque eso que ellos llamaban “tontería”… aquí tiene otro nombre: AMOR.

Autor desconocido

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