Una mañana, un hombre llegó agitado a la plaza donde el maestro Sócrates solía conversar con sus discípulos. Caminaba rápido, con una expresión ansiosa, como si no pudiera esperar un minuto más para contar lo que traía en la cabeza.
Cuando lo vio, se acercó con emoción contenida.
—¡Maestro Sócrates! —exclamó—. Le traigo una noticia que no se puede perder. Es sobre un conocido suyo… algo que me acaban de contar. ¡No sabe lo que va a escuchar!
Sócrates, que siempre mantenía una calma firme y observadora, levantó una mano para detenerlo antes de que continuara.
—Antes de que me digas algo —dijo con voz serena—, vamos a hacer una pequeña prueba. Es algo que suelo aplicar cuando alguien quiere compartir información que no me han pedido. Lo llamo la prueba de los tres tamices.
Seguir leyendo











