Por Mario E. Fumero
Uno de los aspectos más preocupantes de la política contemporánea en nuestra región es el uso constante del ataque personal como estrategia electoral. En lugar de centrarse en propuestas claras y viables, muchos candidatos políticos prefieren desacreditar a sus adversarios y condenar a quienes —desde los medios o desde la ciudadanía— ejercen su derecho a cuestionar el comportamiento público de los candidatos o no estar de acuerdo con sus ideas.
El período previo a las elecciones debería ser una oportunidad para que los aspirantes a cargos públicos presenten planes coherentes, responsables y ajustados a la realidad nacional. Proponer promesas inviables o soluciones que apelan a la emoción, sin respaldo técnico, solo contribuye a la desinformación del electorado. La ciudadanía merece propuestas realistas, no discursos cargados de populismo o falsedades.
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