ESCRITO POR MÁXIMO GARCÍA RUIZ
(M. GARCÍA RUIZ*, 21/11/2014) | Quienes hemos adoptado el noble oficio de unir palabras, difícilmente podemos resistir la pulsión de llevarlo a cabo, aunque no siempre se haga con acierto, mucho menos a gusto de todos los lectores e incluso corriendo el riesgo de la inoportunidad, o cayendo en lo que en ocasiones se puede considerar como política, religiosa o socialmente incorrecto.
Las palabras pueden unirse mediante el ejercicio de un bello arte o ser colocadas una detrás de otra sin que consigan arrancar del lector o lectora un suspiro de admiración; pueden convertirse en un mero ejercicio de culteranismo estéril o ser capaces de transmitir sentimientos, ideas o retos que prendan y arraiguen en el corazón o en la mente de sus lectores, creando seguidores incondicionales, sea cual sea el tema del que se ocupen; pueden enseñar, informar, inspirar, denunciar, infundir ánimo, crear ilusiones, adocenar, engañar, advertir, orientar, conquistar la mente, producir repulsa, mentir, traicionar, tergiversar, manipular, corromper, iluminar, humillar; las palabras son un vehículo mediante el cual se transmite amor o se engendra odio; podemos acariciar con las palabras y también producir los efectos contrarios. Las lindes entre el bien y el mal son con frecuencia asaz imperceptibles. Seguir leyendo










