«Vosotros sois la sal de la tierra: y si la sal se desvaneciere ¿con qué será salada? no vale más para nada, sino para ser echada fuera y hollada de los hombres» Mateo 5:13
Mario E. Fumero
No entendí el secreto de la sal en relación con nuestras vidas cristianas hasta que viví en las montañas de Copán (Honduras) y observé como hacía la gente para conservar la carne en donde no había energía eléctrica, ni refrigeradoras. Simplemente, envolvían la carne en sal y la ponían al sol, así la preservaban mucho tiempo para que no se pudriera.
En la época bíblica la sal tenía un gran valor económico[1] principalmente para los pescadores, ya que podían preservar el pescado y la carne mediante el uso de esta. Es la sal un agente que evita la corrupción, detiene la putrefacción y preserva ciertos alimentos que tienden a descomponerse. Es además un elemento básico para dar sabor a las comidas, y siempre en cantidades moderadas, es un mineral necesario para el funcionamiento del sistema inmune. Su procedencia por lo general es de origen marino, y en los tiempos del imperio romano fue una sustancia de tenia tanto valor como el petróleo hoy en día, que se usaba como moneda.
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