Héctor Hernán Castro
¿Por qué Dios no siempre corre a auxiliarnos? Cuando servíamos al Señor en Samaria, en el sur de Honduras, nuestro hijo Daniel estaba pequeño y sufrió de un fuerte cólico o dolor abdominal. Oré con él, colocando mis manos en su estómago y luego salí de su cuarto. Al ratito regresé con él y le pregunté si ya había cesado el dolor. Con la inocencia y sinceridad de un niño me contestó: «Todavía me duele… es que Jesús parece tortuga, no se apura a quitarme este dolor.» Me causó gracia su respuesta. Nuestro hijo estaba demasiado impaciente y catalogaba a Jesús de ser todo lo contrario, demasiado paciente para auxiliarlo. (Finalmente su dolor cesó, no con la rapidez que él quería, pero el Señor lo sanó.)
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