Pero cuando llegó el momento de describir lo que Pilato ordenó hacer con Jesús antes de entregarlo para ser crucificado, usó una palabra que no era griega, sino latina fue “Phragelloō”. Una palabra griega con alma de legionario, tomada del verbo latino “flagellare”, que significa azotar. Un préstamo que los lectores de Roma o de las provincias reconocían al instante por lo cual no hacía falta explicarla ya que todos sabían lo que significaba.
El texto de Marcos es muy breve. Pilato, queriendo contentar a la multitud, suelta a Barrabás, y a Jesús, después de haberlo azotado, lo entrega para que lo crucifiquen nada más. Ni una descripción del dolor ni un detalle del instrumento porque Marcos no necesitaba contarlo. Ese silencio dice mucho para quienes leían el evangelio en el siglo I, el castigo era parte del paisaje. Es una escena que habían visto, o de la que habían oído hablar, en plazas, mercados y puertas de ciudad, y precisamente por eso conviene preguntarse algo que casi nunca se explica, ¿Qué significaba realmente ese castigo?
En el derecho romano había distintos niveles de violencia física. Existía el castigo leve, con varas, que se aplicaba como corrección. Existía el azote con látigo, más severo, y existía el flagelo, el instrumento que los autores romanos describían como algo terrible. El poeta Horacio lo llama, sin rodeos, “el horrible flagelo”. Las fuentes literarias mencionan correas de cuero, a veces con piezas de hueso o metal en los extremos que desgarraban la carne. Los historiadores debaten con cuánta frecuencia se usaban esos añadidos, y cuánto variaba el castigo según fuese la ocasión, el funcionario y la víctima.
Por eso conviene evitar exageraciones. No hace falta inventar instrumentos secretos, lo que dicen las fuentes y ya resulta suficiente. Un dato fundamental es que no todos recibían ese trato, pues los ciudadanos romanos estaban protegidos por la ley. Cicerón, en su acusación contra el gobernador Verres, lo expresó con una frase famosa: atar a un ciudadano romano es un crimen, azotarlo es una abominación, matarlo casi un parricidio, y luego añade la pregunta que deja en el aire: ¿qué se puede decir de crucificarlo?
En el Nuevo Testamento hay una escena que lo confirma y es cuando Pablo es azotado en Filipos, utiliza su condición de ciudadano romano para exigir una disculpa a las autoridades, y en Jerusalén, cuando los soldados se preparan para interrogarlo con azotes, basta una frase suya para que retrocedan en su intento, asustados, pues quien tenía la ciudadanía romana, el flagelo era un límite que no debía cruzarse para quien no la tenía, era una herramienta de gobierno, y Jesús no la tenía.
Existe un testimonio fuera de los evangelios que ayuda a entender cómo funcionaba esto en la práctica. Flavio Josefo, en su libro “La guerra de los judíos”, cuenta que hacia el año 62 d.C, el mismo año en que murió Santiago, apareció en Jerusalén un hombre llamado Jesús, hijo de Ananías el cual recorría la ciudad gritando una profecía contra el Templo. Los dirigentes judíos lo llevaron ante el procurador romano Albino y esté lo hizo azotar. Josefo dice que lo desollaron hasta los huesos. El hombre no suplicó, ni explicó nada, solo repetía lamentos por la ciudad. El procurador, convencido de que estaba loco, lo dejó marchar. Es un caso distinto, porque no terminó en cruz. Pero muestra algo importante: el azote romano podía aplicarse a un provinciano molesto, sin juicio largo, por decisión de un funcionario, podía dejar a la víctima al borde de la muerte.
Existe otros pasajes de Josefo que revela la conexión con la crucifixión. Durante el gobierno de Floro, en el año 66, varios judíos fueron azotados y luego crucificados, incluso algunos de rango ecuestre, y durante el asedio de Jerusalén, según Josefo, los prisioneros capturados eran azotados y torturados antes de ser clavados a la cruz delante de las murallas, esto era un patrón, el azote y la cruz aparecen juntos, no como dos castigos separados, sino como etapas de una misma maquinaria. Esto explica por qué Marcos presenta la flagelación como parte de la sentencia: Pilato condena a Jesús y ordena azotarlo y lo entrega para la ejecución. Los otros evangelios lo cuentan con matices. Por ejemplo, Lucas dice que Pilato propone castigarlo y soltarlo. Juan coloca los azotes antes de la sentencia final, como un intento de apaciguar a la multitud. Estas diferencias muestran cómo las comunidades recordaban la escena desde ángulos distintos, aunque todas coinciden en un punto “hubo azotes”.
Después viene la segunda parte, que Marcos sí detalla con más cuidado. Los soldados llevan a Jesús al interior del pretorio, el recinto donde se alojaba el gobernador, y reúnen a toda la cohorte, entonces lo visten con un manto de púrpura y le colocan una corona de espinas, y empiezan a saludarlo con una fórmula burlona: ¡Salve, rey de los judíos! Le golpean la cabeza con una caña y le escupen. Se arrodillan ante él en un homenaje de parodia, y cuando terminan la burla, le quitan la púrpura, le devuelven sus ropas y lo sacan para crucificarlo. Es una escena de humillación pura.
Y aunque parezca una invención macabra, existen paralelos históricos.
En el año 38 d.C. y según el filósofo judío Filón de Alejandría, una multitud de Alejandría se burló del rey Agripa I vistiendo a un hombre con problemas mentales, llamado Carabás, con una corona de papiro, una túnica improvisada y una caña como cetro. Luego lo saludaron como rey, y la mofa se hacía con los elementos de la realeza Era las mismas burlas que se describen en el pretorio, y aquí aparece el verdadero sentido de todo este proceso. La crucifixión no era solo una forma de matar, sino una forma de exhibir.
Cicerón decía que la palabra “cruz” debía estar lejos no solo del cuerpo de un ciudadano romano, sino también de sus pensamientos, sus ojos y sus oídos. Era un castigo reservado solo para los esclavos, rebeldes y provincianos sin derechos. La violencia previa, preparaba la escena final con lo cual se quebraba al condenado antes de que llegara al lugar de ejecución, se le arrebataba la dignidad y se le convertía en un espectáculo. Para los observadores, el mensaje era claro: así termina quien desafía a Roma, y en el caso de Jesús, la acusación que llevaba escrita era ser “el rey de los judíos”, lo que convirtieron en el motivo de la burla de los soldados en una especie de ironía involuntaria.
Algunos médicos y teólogos han intentado reconstruir con detalle las consecuencias físicas del azote. El artículo más citado, publicado en 1986 en una revista médica estadounidense, propone un cuadro muy detallado. Pero muchos historiadores lo consideran especulativo, porque se apoya en suposiciones sobre la frecuencia y la intensidad del castigo que las fuentes no permiten confirmar, por eso, el relato más honesto es el más sobrio, el de una persona sin derechos legales, condenada por un gobernador provincial, recibe un castigo corporal que las fuentes describen como brutal. Después sufre una burla organizada por la guardia, y luego, es conducida a una ejecución diseñada para humillar.
Marcos cuenta todo eso en seis versículos, casi sin adjetivos, y quizá por eso resulta tan estremecedor. No hace falta añadir nada a una crueldad que, en el mundo romano, era completamente real.
FUENTES
Evangelio de Marcos 15:15-20 (flagelación y burla de los soldados)
Evangelio de Lucas 23:16 y 23:22; Evangelio de Juan 19:1-3 (variantes sobre los azotes)
Hechos de los Apóstoles 16:22-39 y 22:24-29 (Pablo y su ciudadanía romana)
Cicerón, Contra Verres 2.5.162 y Pro Rabirio 16 (ciudadanía, azote y cruz)
Horacio, Sátiras 1.3.119 (“horribile flagellum”)
Flavio Josefo, La guerra de los judíos 2.306 (Floro), 5.449 (prisioneros durante el asedio) y 6.300-309 (Jesús, hijo de Ananías, y Albino)
Filón de Alejandría, Contra Flaco 36-39 (la burla a Agripa I y Carabás)
Martin Hengel, Crucifixion in the Ancient World and the Folly of the Message of the Cross (Fortress Press, 1977)
Raymond E. Brown, The Death of the Messiah (Doubleday, 1994), vol. 1, sobre el juicio ante Pilato y los azotes
Edwards, Gabel y Hosmer, «On the Physical Death of Jesus Christ», JAMA 255 (1986), artículo médico muy citado y debatido
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