Por Sugel Michelén
El otro resultado que Pablo menciona de la llenura del Espíritu en el creyente es la gratitud: “dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef. 5:20). Por cuanto la Palabra de Dios gobierna Su corazón y permea sus pensamientos, este hombre podrá tener una perspectiva correcta de las cosas y será movido a dar gracias.
¿Qué es la gratitud? Hendriksen responde: “La gratitud es lo que completa el ciclo por medio del cual las bendiciones derramadas en los corazones y vidas de los creyentes vuelven al Dador en forma de adoración continua, amorosa y espontánea”. La persona envuelta en esta actividad reconoce al menos tres cosas, dice el mismo Hendriksen en otro lugar: “a) que las bendiciones que disfruta le fueron otorgadas, de modo que honradamente no puede atribuirse crédito por ellas; b) que es totalmente indigno de ellas; y c) que son grandes y muchas”.
El creyente lleno del Espíritu, reconoce estas cosas y por eso es agradecido. Veamos el texto otra vez.
Lo primero que Pablo señala aquí es la frecuencia de estas acciones de gracias que brotan de un corazón lleno del Espíritu: “Dando siempre gracias”. Regularmente, constantemente, este hombre da gracias a Dios. Esto es algo que lo caracteriza, es una actitud de su corazón. En otras palabras un creyente lleno del Espíritu no es un hombre quejoso; él siempre tiene motivos para dar gracias a Dios.
En segundo lugar, Pablo señala el motivo. ¿Por qué da gracias este hombre? Por todo: “Dando siempre gracias por todo”. Por las bendiciones materiales y por las espirituales; por las ordinarias y las extraordinarias; por las pasadas y por las presentes, y aun por las bendiciones que con toda seguridad obtendremos en el futuro porque Dios lo ha prometido. Debemos dar gracias por todo, aun cuando nos encontremos en medio de una situación aflictiva. Cuando Pablo escribió estas palabras estaba preso en Roma, pero aun allí él veía motivos de sobra para dar gracias a Dios. Escribiendo a los Filipenses Pablo les dice que sus prisiones habían redundado para el bien del evangelio, y él se gozaba en ello y daba gracias a Dios.
¿Significa esto que los cristianos debemos ser masoquistas o insensibles y darle gracias a Dios por los problemas que llegan a nuestras vidas como si eso no nos afectara en lo más mínimo? ¿O que debemos dejar de distinguir entre lo bueno y lo malo y darle gracias por los pecados que otros cometen, y que muchas veces nos dañan a nosotros? No.
Los creyentes no somos masoquistas ni insensibles. Pero los cristianos sí pueden, y deben, someterse humildemente a la soberana mano de Dios en medio de las aflicciones, reconociendo que todas las cosas obran para el bien de aquellos que le aman (comp. Rom. 8:28).
De esa manera no le damos gracias por aquello que El abomina, como es el caso de una persona que ha pecado contra Dios y contra nosotros, pero podemos y debemos darle gracias por la obra que El está haciendo en nosotros, en nuestro carácter, a través de esas aflicciones.
El cristiano lleno de la Palabra de Dios será gobernado por esta perspectiva y no tendrá problema alguno en dar gracias por todo. La llenura del Espíritu produce esa actitud en los creyentes. “Dad gracias en todo, dice Pablo en 1Ts. 5:18, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús”.
En tercer lugar, Pablo nos dice cuál es el foco de nuestras acciones de gracias, a quién van dirigidas: “Dando siempre gracias por todo al Dios y Padre”. De Él, por Él, y para Él son todas las cosas, y por lo tanto Él merece la gloria y nuestra gratitud por todas las cosas (Rom. 11:36). Él es la Causa primaria de todas las bendiciones que recibimos diariamente.
Y por último, Pablo señala el modo como debemos dar gracias: “Dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo”.
Fue Él quien compró para nosotros todas las bendiciones que el Padre derrama sobre nuestras vidas constantemente; es por medio de Él como mediador que esas bendiciones nos son otorgadas; es Él quien nos ha abierto el camino para entrar en la presencia del Padre. Por lo tanto, es en Su nombre que debemos dar gracias.
El cristiano lleno del Espíritu da gracias al Padre con la consciencia de que si no fuese por Cristo no estaría disfrutando ninguna de esas cosas por las que está dando gracias. Él da gracias consciente de que Cristo es todo para él, y al hacerlo ensancha cada día su amor, su devoción, su deseo de servirle y vivir para Él.
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