PORNOGRAFÍA

   (Estudio)

Todas las consideraciones históricas y doctrinales hasta aquí hechas sobre el pudor y la castidad, con especial referencia a la desnudez y las miradas, deben extenderse a otros muchos temas semejantes; y concretamente, por ejemplo, al uso que los cristianos han de hacer del cine, de la televisión y de las revistas. Apuntaré aquí solamente algunas observaciones.

Hoy puede comprobarse que en los cristianos fieles se mantiene un rechazo de la pornografía dura -películas eróticas, revistas o programas de televisión refinadamente obscenos, etc.-. Estos cristianos conservan al menos una conciencia moral de la perversidad de estas maldades, y guardan así la mente en la verdad de Cristo.

Por el contrario, incluso entre cristianos practicantes y religiosos, se va generalizando una aceptación de la pornografía blanda -semanarios, programas de televisión, etc.-, al principio con alguna resistencia, después ya sin mayores problemas de conciencia.

Suplementos semanales de ciertos diarios, por ejemplo, o muchos programas de televisión, que hubieran sido considerados -con toda razón- claramente pornográficos hace unos decenios, hoy se reciben pacíficamente en los hogares cristianos y no pocas veces en los mismos conventos.

Con alguna reticencia mínima, todas esas manifestaciones pornográficas se consideran con frecuencia como normales, aceptables, tolerables. O si se prefiere, inevitables; al menos para los cristianos seculares, y en cierta medida incluso para los religiosos que han de vivir en el siglo.

Y eso no puede suceder sino en un pueblo cristiano que, rechazando una tradición católica de veinte siglos, e incluso a veces avergonzándose de ella, apenas tiene ya conciencia del pudor.

Vestidos

En los pueblos primitivos, e incluso en la Edad Mediay hasta hace no muchos decenios, se imponían en una sociedad determinada ciertas modas homogéneas, de las que no era del todo fácil alejarse sin que se produjera la penosa tensión propia del contraste separador. En cambio, la sociedad actual, en esta cuestión, ofrece al mismo tiempo, paradójicamente, dos dimensiones contrapuestas.

Por una parte, impone una homogeneidad universal de formas, acaba con aquellos vestidos, danzas, músicas, costumbres, que antes tenían configuraciones muy locales, regionales, nacionales, e impone formas globalizadas a todas las naciones, bailes y música rítmica de rock, pantalones vaqueros, camisetas simples de algodón, zapatillas deportivas, etc., de modo que en la fisonomía exterior y en ciertas costumbres, al menos en algunas cuestiones, apenas hay diferencias en los modos de las diversas naciones y aún continentes.

Pero al mismo tiempo, y en forma contraria, una de las características de la sociedad actual es la infinita heterogeneidad de sus formas. En no pocas cuestiones, no hay patrones sociales unitarios. En un mismo barrio, sobre todo en las grandes ciudades, podemos encontrar cristianos, budistas, vegetarianos, blancos, negros, agnósticos, ecologistas, nacionales, extranjeros, etc. Hace no mucho la sociedad era mucho más homogénea.

Y en la misma moda femenina, muy al contrario de otros tiempos, una mujer queda perfectamente libre para elegir sus maneras de vestir: puede llevar pantalones largos o cortos, ceñidos o muy amplios, o puede optar por las faldas, y entre éstas le es dado elegir cualquier color y forma, y optar porque sean largas, cortas o muy cortas, estrechas o de gran vuelo… En una palabra, no está obligada por la moda, sino que, al menos en principio, es perfectamente libre para vestirse como prefiera.

Pues bien, esto ofrece a la mujer cristiana de hoy una facilidad históricamente nueva para vestirse con gran libertad respecto del mundo, en perfecta docilidad al Espíritu Santo. Si viste, pues, con indecencia, no tendrá excusa, ya que perfectamente podría vestir decentemente.

Y para vestir así, cristianamente, convendrá que recuerde las exhortaciones antiguas de Pedro y Pablo, los apóstoles de Jesús:

«Vuestro adorno no ha de ser el exterior, de peinados complicados, aderezos de oro o el de la variedad de los vestidos, sino el oculto del corazón, que consiste en la incorrupción de un espíritu apacible y sereno; ésa es la hermosura en la presencia de Dios. Así es como en otro tiempo se adornaban las santas mujeres que esperaban en Dios» (1Pe 3,3-5). «En cuanto a las mujeres, que vayan decentemente arregladas, con pudor y modestia, que no lleven cabellos rizados, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos, sino que se adornen con buenas obras, como conviene a mujeres que hacen profesión de religiosidad» (1Tim 2,9).

Estas mismas normas apostólicas fueron inculcadas por los Padres de la Iglesia, que trataron del tema con relativa frecuencia (como puede verse en mi libro Evangelio y utopía 106-107):

San Juan Crisóstomo (+407), en sus Catequesis bautismales, hacia el 390, comenta largamente las normas apostólicas ya citadas: «arráncate todo adorno, y deposítalo en las manos de Cristo por medio de los pobres» (I,4). Y a la mujer inmodesta le dice: «vas acrecentando enormemente el fuego contra ti misma, pues excitas las miradas de los jóvenes, te llevas los ojos de los licenciosos y creas perfectos adúlteros, con lo que te haces responsables de la ruina de todos ellos» (V,37; +34-38).

Las religiosas -hablamos, claro, de las que son fieles a su tradición espiritual y a su Regla-, son dóciles al Espíritu de Jesús en todos los aspectos de su arreglo personal, al que no dedican más atención que la estrictamente necesaria. Sus hábitos, sus vestidos, reúnen las tres cualidades del vestir cristiano: expresan el pudor absoluto, el espíritu de la pobreza conveniente y la dignidad propia de los miembros de Cristo. Son, pues, plenamente gratos a Cristo Esposo.

Pues bien, esas mismas cualidades, aunque en modalidades diferentes, han de darse en el vestido de las cristianas laicas, que también están desposadas con Cristo desde su bautismo, y que también por tanto han de tratar de agradar al Señor en todo, también en su apariencia. Ellas han de vestir con dignidad, modestia y espíritu de pobreza, como corresponde a quienes son miembros consagrados del mismo Cristo.

Con frecuencia, sin embargo, las seglares cristianas, no se preocupan demasiado por ninguno de los tres valores: gastan en vestidos demasiado dinero y demasiado tiempo; aceptan modas muy triviales, que ocultan la dignidad del ser humano; y no pocas veces, hasta las mejores, se autorizan a seguir, aunque un pasito detrás,  las modas mundanas, también aquéllas que no guardan el pudor, alegando: «somos seglares, no religiosas».

Al vestir con menos indecencia que la usual en las mujeres mundanas, ya piensan que visten con decencia. Llevarán, por ejemplo, traje completo de baño cuando la mayoría de las mujeres vista bikini; y si un día la mayoría femenina fuera en top-less, ellas llevarían bikini, etc.

De esta triste manera, siguiendo la moda mundana, que acrecienta cada año más y más el impudor, aunque siguiéndola algo detrás, se quedan tranquilas porque «no escandalizan»; como si esto fuera siempre del todo cierto, y como si el ideal de los laicos en este mundo consistiera en «no escandalizar». Por lo demás, no les hace problema de conciencia asistir asiduamente con su decente atuendo a playas y piscinas que no son decentes.

Y éstas son las que, fieles a su vocación laical, manteniendo por lo que se ve celosamente su secularidad e insertándose valientemente en las realidades seculares, van a ir transformando esas realidades según el plan de Dios… Ideologías, vanas palabras, ilusiones falsas. Mentira.

¡Qué gran pena! Ni los buenos cristianos laicos conocen con frecuencia la santidad, la perfección evangélica, la novedad interior y exterior a que Dios les llama con tanto amor: «vino nuevo en odres nuevos» (Mt 9,17). El Señor quiere hacer en ellos maravillas, pero ellos no se lo creen. ¡Claro que el camino laical es un camino de perfección cristiana! Pero lo es cuando se avanza en este mundo con toda libertad por el camino del Evangelio. No lo es, en cambio, si en tantas cosas se anda por el camino del mundo, aunque un pasito detrás en lo malo.

Si recordamos la historia, por lo demás, comprobaremos que el vestir de las religiosas y el de las cristianas seglares, con las diferencias convenientes, ha guardado homogeneidad durante muchos siglos. Por eso, cuando ahora los modos de vestir se hacen clamorosamente heterogéneos entre unas y otras, eso indica que en gran medida se ha mundanizado y descristianizado el arreglo personal de las mujeres laicas.

Cuando las seglares cristianas, según sus modos propios, imitan la modestia de las religiosas, unas y otras evangelizan el mundo. Es un proceso ascendente. En cambio, cuando las religiosas imitan en el vestir a las seglares, y éstas a las mujeres mundanas, crece la vanidad y el impudor. Es un proceso descendente.

Espectáculos

Más arriba he recordado la degradación de los espectáculos del mundo romano, que rodeaba a los primeros cristianos. Pues bien, ellos, alertados y sostenidos por sus pastores, viéndose obligados a vivir en un mundo corrompido, de ningún modo aceptaban sumergirse en aquellas ciénagas de impudor. Fieles a las instrucciones de los Apóstoles, tenían buen cuidado en «abstenerse hasta de la apariencia del mal» (1Tes 5,22). Lo recordaba yo en Evangelio y utopía (107-108):    «Huye, hijo mío, de todo mal, y hasta de lo que tenga apariencia de mal» (Dídaque 3,1). Gustave Bardy, buen conocedor del cristianismo primero, escribe: «los paganos no se llaman a engaño: la primera señal por la que reconocen a un nuevo cristiano es que ya no asiste a los espectáculos; si vuelve a ellos, es un desertor» (La conversión al cristianismo durante los primeros siglos 279).

En las antiguas fórmulas litúrgicas de la renuncia bautismal el nuevo cristiano profesa su intención de apartarse del demonio, de sus obras, «de toda su vanidad y de todo extravío secular» (Teodoro de Mopsuestia +428: Homilías catequéticas XIII). Esa renuncia «al mundo, a sus obras y a las seducciones de Satanás (pompa diaboli)» implica, pues, el apartamiento de aquellas diversiones normales del mundo, que eran deshonestas y escandalosas.

San Juan Crisóstomo (+407) exhorta a los catecúmenos ya próximos al bautismo: «no hagas caso alguno ya de las carreras de caballos, ni del inicuo espectáculo del teatro, pues también eso enardece la lascivia […] Os lo suplico: ¡no seáis tan despreocupados al decidir sobre vuestra propia salvación! Piensa en tu dignidad, y siente respeto […] Mira que no es una sola dignidad, sino dos: dentro de muy poco vas a revestirte de Cristo, y conviene que obres y decidas en todo pensando que Él está contigo en todas partes» (Catequesis bautismales V,43-44; +X,1.14-16).

Cuando los Padres dela Iglesiaenseñan así a los catecúmenos, ya por entonces existen los monjes. Pero ellos no reducen a los monjes esas exigencias evangélicas de renuncia a los males del mundo, sino que las proponen como necesarias a cualquier discípulo de Cristo. Basta con ser cristiano para que, aún sin salirse del mundo, sea necesario mantenerse alejado de toda corrupción  mundana, por generalizada que esté.

Y si los Padres antiguos dan a los fieles estas instrucciones tan exigentes porque el mundo pagano, ignorando todavía a Cristo, está muy corrompido, tengamos hoy clara conciencia de que el mundo apóstata actual, rechazando a Cristo, está igual o peor.

Los laicos de todo tiempo, por muy seculares que quieran ser y conservarse, «no son de este mundo», como Cristo no es de este mundo (Jn 15,19; 17,14.16). Son «personas consagradas» por el bautismo, por la confirmación, por la eucaristía, por el sacramento del matrimonio, por la inhabitación dela Santísima Trinidad, por la comunión de gracia con los santos y los ángeles. ¿Cómo deberán usar ellos, estando en el mundo, de las modas y costumbres, de los espectáculos y medios de comunicación mundanos, si de verdad quieren ser santos?

En estas cuestiones y en todo, deberán aplicar criterios verdaderamente evangélicos: habrán de «sacarse el ojo» si les escandaliza (Mt 5,29), «vender todo» lo que sea preciso para adquirir el tesoro escondido (13,44), «negarse a sí mismos» y «perder la propia vida» en cuanto esto sea necesario para salvarla (Lc 9,23-24) y para ayudar en la salvación de los hermanos.

En esta plena libertad del mundo, bajo la gracia de Cristo, está la verdadera alegría evangélica. Y es en esta actitud en la que los cristianos, por obra del Espíritu Santo, tienen fuerza sobrenatural para transformar el mundo, es decir, las maneras vigentes y las modas, las leyes y costumbres, la cultura, el arte, los espectáculos, las escuelas y universidades, y todo cuanto da forma al siglo presente.

Pero si están mundanizados, son «sal desvirtuada», sin fuerza alguna para preservar al mundo de la corrupción, y carece de toda fuerza para transformarlo. Ésa es ya una sal que «no vale para nada, sino para tirarla y que la pisen los hombres» (Mt 5,13).

3. Pudor ejemplar de los religiosos

Modestia y pudor en los religiosos

Antes hemos evocado brevemente la historia del pudor en la doctrina y la vida dela Iglesia. Ahora, como complemento a aquello, quiero recordar que los religiosos han dado siempre al pueblo cristiano un notable ejemplo de modestia y pudor. Y es indudable que la historia de los monjes primeros y la de los religiosos posteriores sigue siempre, con diversas modalidades, según épocas y carismas, una misma tradición ascética.

El pudor tiene en la clausura monástica unas expresiones máximas. Pero cuando a comienzos del siglo XIII, sobre todo, los nuevos religiosos apostólicos abandonan la clausura, ya que viven entre los hombres, sigue viva en ellos esa clausura, esa renuncia al mundo, de un modo interior y espiritual, principalmente a través de una gran pobreza y especialmente por el acentuado recogimiento de los sentidos. Veamos algunos ejemplos.

San Francisco de Asís (+1226) no miraba a la cara a las mujeres, y según él mismo confesaba, solamente conocía la fisonomía de dos, que quizá serían su madre y Santa Clara (2 Celano 112). Y en esto se ponía de ejemplo a sus hermanos religiosos (205).

Siglos depués, San Pedro de Alcántara (+1562), el reformador franciscano,  procedía en este punto como su fundador, y acostumbraba llevar siempre los ojos bajos.

Por el mismo camino va también Santo Domingo de Guzmán (+1221), que considera culpa grave la costumbre de «fijar la mirada donde hay mujeres» (Libro de costumbres 21; +Constituciones de las monjas 11). Y por ese camino han andado tantos y tantos otros maestros espirituales hasta nuestro tiempo.

San Antonio Mª Claret (+1870), por ejemplo, gran predicador popular, fundador de los Misioneros del Corazón de María, Arzobispo, confiesa:

«nunca jamás miro la cara de mujer alguna … Naturalmente y casi sin saber cómo, observo aquel documento tan repetido por los Santos Padres que dice: “con la mujer se ha de tener conversación seria y breve” [S. Agustín], “y ten bajos los ojos” [S. Isidoro de Pelusio, citado por S. Alfonso María de Logorio]» (Autobiografía n.394, cf. 395-397).

Hoy escandaliza la ascesis tradicional de los religiosos

Cristianos buenos y bienintencionados me aconsejan: «no cites esos ejemplos de santos religiosos, por favor; son contraproducentes para la enseñanza que quieres dar en favor del pudor, pues muestran unos testimonios de la tradición que son ridículos, tristes, morbosos, completamente anacrónicos. Cristo y los apóstoles, además, no practicaban esas ascesis».

Cuando cristianos buenos y bien intencionados hacen una interpretación tan falsa de los ejemplos de los santos, eso me confirma en la necesidad de recordar esa tradición santa; pero también en la necesidad de explicar su sentido espiritual.

Un principio previo de aplicación general: cuando nuestra mente choca en algo contra una tradición espiritual mantenida durante muchos siglos por muchos santos y santas, antes de que nos atrevamos a rechazar esa tradición concreta, avergonzándonos de ella, conviene que nos aseguremos de que la entendemos bien, y al mismo tiempo es muy oportuno que nos atrevamos a poner en duda nuestros pensamientos y apreciaciones, aunque no necesariamente hayamos de modificar en eso nuestras conductas.

Cristo ayunó rigurosamente durante cuarenta días en el desierto. Pero es cierto, sí, que sus discípulos, mientras estaban con Él, no se ejercitaban en ciertas prácticas ascéticas de ayunos, es decir, de privaciones. Sin embargo, hemos de recordar en esto la explicación y la profecía de Jesús: «mientras tienen consigo al esposo no pueden ayunar. Ya vendrá el tiempo en que les sea arrebatado el esposo, y entonces ayunarán» (Mc 2,19-20). Ayunarán en el alimento, las posesiones, la autonomía personal, las miradas y en tantas otras cosas más. «Entonces ayunarán».

Y este ayuno será diverso en los laicos y en los religiosos. En efecto, mientras que Dios encamina a los laicos por la vía de la posesión y del tener -tienen mujer, hijos, casas, barcas, redes, tierras, autonomía personal-, Él mismo orienta a los religiosos por la vía del ayuno, es decir, del no-tener. Los religiosos «renuncian al mundo y viven únicamente para Dios» (Vat. II, PC 5a), y así no-tienen, ayunan, carecen, pues, de bienes propios, de cónyuge y familia, así como también de autonomía personal, y se despojan de todo profesando los votos de pobreza, celibato y obediencia.

Pero si los religiosos no-tienen no es porque estimen que tener bienes de este mundo sea malo; o menos aún porque estimen que sean malos los bienes de este mundo: cónyuge, casa, tierras, trabajo. Ellos saben bien que «todo es puro para los puros» (Tit 1,15).

Ellos, sencillamente, por vocación de Dios, ayunan de bienes de este mundo y no los tienen 1º-para mortificar sus propias tendencias inmoderadas hacia la posesión, dejando así sus corazones más libres bajo la acción del Espíritu Santo; 2º-para ayudar a los laicos a la sobriedad, de modo que éstos, que por vocación tienen, puedan «tener como si no tuvieran» (1Cor 7,29-31); 3º-para expiar por los excesos y pecados  cometidos por ellos mismos y por los seglares en la posesión de los bienes mundanos; y 4º-para conseguir de Dios la conversión de los pecadores, mediante el ejemplo, la oración y las privaciones penitenciales.

Los religiosos, en efecto, por la feliz profesión de los votos evangélicos, ayunan de dinero -no pocos son mendicantes y viven de la Providencia-; ayunan de vestidos mundanos, vistiendo un hábito digno y pobre, siempre igual; ayunan por la obediencia de la autonomía personal; ayunan de comidas costosas -muchos monjes y monjas son vegetarianos y ayunan con frecuencia-; ayunan de viajes, de espectáculos, de noticias y de tantas otras cosas; y ayunando así del mundo, al que han renunciado, llevan una forma de vida penitente «con sus privaciones voluntarias» (Pref. III cuaresma).

Pues bien, ese gran recogimiento de la vista, que durante tantos siglos han practicado tantos religiosos santos, es tan válido y santificante como pueda serlo el ayuno de comida o de otros bienes mundanos. Que hoy puedan resultar más admisibles y más viables los ayunos en los alimentos o en las miradas, en tal cosa o en la otra, eso ya depende sólamente de condicionantes sociales e incluso de las modas ideológicas de la época.

Pero entiéndase bien que toda clase de ayunos, sea cual sea su objeto -dinero, matrimonio, autonomía, alimentos, espectáculos, miradas, etc.-, todos tienen la misma lógica espiritual y los mismos motivos y fines; y que tan genuinamente evangélico es ayunar de una cosa como ayunar de otra.

Una cuestión diversa, que pertenece a la virtud de la prudencia y al don de consejo, será ver en cada tiempo y circunstancia qué clase de ayunos es más conveniente. Pero sin avergonzarse de ningún tipo de ayuno practicado por muchos santos en muchos siglos, y valorándolos y admirándolos todos.

San Juan dela Cruzmuestra muy bien cómo todas esas «nadas», esas privaciones voluntarias, llevan a gozar del «Todo», conducen a la paz, a la alegría, a la santidad, a la perfecta libertad del mundo, de la carne y del demonio. Ahora bien, que hoy estas privaciones o algunas de ellas  puedan parecer ascéticas negativas y morbosas, solo indica que muchos laicos, e incluso no pocos religiosos, ignoran en nuestro tiempo los valores evangélicos del ayuno, de la pobreza, de la mortificación, de la abnegación personal, de la expiación por los pecados propios y ajenos, en fin, dela Cruz.

Y esa ignorancia espiritual explica también, de paso, que actualmente sean tan escasas las vocaciones religiosas, y que éstas, con relativa frecuencia, deriven hacia versiones secularizadas, en las que el rechazo de «la renuncia al mundo» se estima como un progreso.

Por lo demás, como es evidente, los ejemplos y consejos de los religiosos antiguos en modo alguno pueden ser aplicados exactamente en nuestro tiempo. Es obvio. Cada tiempo y circunstancia exige, bajo la acción del Espíritu Santo, el ejercicio del discernimiento y de la prudencia. Y es evidente que los dictámenes de la prudencia son diversos según circunstancias y épocas diversas.

Ciertos modos de ayuno -ayunos de miradas o de lo que sea- que pudieron ser oportunos durante muchos siglos, hoy pueden resultar inconvenientes, al menos para ciertas vocaciones determinadas. Pero no debemos avergonzarnos del espíritu que informaba esas privaciones, ni tampoco de aquellas prácticas concretas, pues nos avergonzaríamos del Espíritu Santo que las inspiró. Por el contrario, debemos entender y amar ese espíritu, que es continuo en la ascesis de la tradición cristiana, y darle, eso sí, los modos concretos que sean más convenientes en nuestro tiempo y en nuestra vocación específica dentro dela Iglesia.

Volviendo a nuestro tema. Muchos hoy no admiten que los laicos tengan en los religiosos un ejemplo estimulante de vida evangélica, ni en el tema del pudor ni en ningún otro tema. Examinemos, pues, cómo suelen plantear la cuestión.

Los religiosos, ejemplos en todo para los laicos

Si estudiamos la historia de la Iglesia, comprobaremos que los religiosos han tenido siempre clara conciencia de su ejemplaridad para todo el pueblo cristiano. También, por supuesto, en el pudor. Ellos entienden que ésa es precisamente una de las misiones principales de la vocación religiosa (+De Cristo o del mundo 190, y Evangelio y utopía cpt. 6).

Santa Clara de Asís (+1253), por ejemplo, sabe bien que los religiosos están obligados a dar un ejemplo estimulante al pueblo seglar cristiano, y escribe en su Testamento: «el mismo Señor nos ha puesto como modelo para los demás…, como un ejemplo y espejo para quienes viven en el mundo» (3).

Muchos, sin embargo, niegan hoy esa ejemplaridad de los religiosos respecto de los laicos, y afirman para éstos una espiritualidad autónoma, netamente secular y diferenciada, y hasta poco menos que contrapuesta; pero están equivocados.

Unos y otros, religiosos y laicos, han de vivir de un mismo Espíritu, aunque en modos diferentes. Y aquéllos son modelos para éstos. Siempre lo han sido, y así lo ha entendido sin dudarlo el pueblo cristiano y fiel. Y que esta ejemplaridad de los religiosos esté viva y sea recibida por los laicos es algo de suma importancia para la santificación del pueblo cristiano.

En efecto, la pobreza que los religiosos viven, tan extrema, guarda a los laicos en la sobriedad. Las penitencias de los religiosos estimulan a los laicos a la austeridad, tan difícil a veces en un mundo consumista. La perfecta castidad de la virginidad y del celibato es una formidable ayuda para la castidad de los laicos, sean niños o jóvenes, casados o viudos.

Pues bien, de modo semejante, viniendo al tema presente, el pudor y el recogimiento de los sentidos, tan propio de los religiosos, han de ser también imitados -en sus modos propios, por supuesto- por quienes viven en el mundo secular, es decir, por quienes viven en Babilonia a veces o en Corinto, sometidos a unas tentaciones tan continuas, tan fuertes y tan insidiosas.

De hecho, los religiosos siempre han exhortado a los fieles a vivir el recogimiento de los sentidos y el pudor. Ellos ya entienden, como es obvio, que los laicos, si han de ser fieles a su vocación secular, vivirán ese mismo espíritu de otras maneras. Pero los religiosos les exhortan a vivir la modestia en los modos que les son propios.

Recordaré como ejemplo solamente las cartas de dirección espiritual que San Pablo de la Cruz (+1775) dirige a seglares. Él exhorta con frecuencia a los seglares a vivir el más estricto pudor y a guardar una modestia total, una modestia totalmente grata a Dios y ala Virgen María, que sea tan perfecta que no deje ni un mínimo resquicio a la liviandad, al lujo, a la vanidad o al impudor. Todo esto, insisto, con otras tantas cosas semejantes, lo exhorta San Pablo dela Cruz a laicos, a seglares.

Por ejemplo, a la joven Teresa Palozzi, de 23 años, le escribe: «guarde sus sentidos todos, en especial los ojos, y también su corazón. Sea modestísima y guarde la mayor compostura de noche y de día en todos sus gestos. Esta virtud de la modestia debe amarla y guardarla con el máximo celo; no se fíe de nadie y, sobre todo, desconfíe de sí misma» (9-III-1760).

Por lo demás, estos santos no recomiendan a sus dirigidos sino lo que ellos mismos practican, buscando ser plenamente gratos al Señor. Ellos quieren llegar con sus dirigidos a esa plena pureza, que hace posible la plena contemplación de Dios: «los limpios de corazón verán a Dios» (Mt 5,8). Y ellos saben, por otra parte, que sin esa alta contemplación de Dios es imposible la perfecta santidad: «contemplad al Señor y quedaréis radiantes» (Sal 33,6).

En fin, estas disquisiciones no son supérfluas. No podríamos entender siquiera el pudor que han de vivir hoy los laicos, si no tuviéramos en cuenta la gran tradición cristiana del pudor, considerada también ésta en la vida ejemplar de los religiosos.

¿Tristes, los religiosos?…

La verdad anteriormente propuesta es hoy muy difícil de admitir para no pocos. Algunos se imaginan -ésa es la palabra justa, pues se trata de puras imaginaciones- que «los religiosos, con su vida penitente de privaciones, llevan un camino triste, que por eso mismo se queda sin seguidores, es decir, sin vocaciones. Y que en todo caso no es bueno para los laicos».

Pero están completamente equivocados. A más penitencia en la vida religiosa, más alegría. A más Cruz, más Resurrección: es una conexión necesaria. A más perfecta y evangélica «renuncia al mundo» más atractiva resulta la vida religiosa, más vocaciones atrae, y para los laicos también es más edificante y estimada. Esto es así; lo sabemos por doctrina y por experiencia histórica y presente, a priori y a posteriori. El pudor cristiano, concretamente, que hace suya la modestia de los religiosos en formas seculares, como todas las virtudes evangélicas, produce necesariamente paz y alegría. Participando dela Cruz, participa dela Resurrección.

El que se imagina triste la vida penitente de los religiosos ¿ha conocido, por ejemplo, el ambiente espiritual de la Cartujao del Carmelo teresiano o de las Hermanitas de los Pobres? ¿Sabe algo, quizá, de «la perfecta alegría» de San Francisco de Asís, hallada justamente en el hambre, el frío y el oprobio (Florecillas VIII)? Y siguiendo con Francisco: ¿quién ha unido mejor una vida tan extremadamente penitente y un amor tan entrañable a las criaturas? (+mi libro De Cristo o del mundo, IV p., cpt. 1-2; VII, 2-3).

De hecho, cuántas veces corresponde a los que han renunciado al mundo el hermoso ministerio de consolar a quienes lo poseen. Cuando éstos no saben tener el mundo como si no lo tuvieran, necesariamente padecen tristezas y sufren aquella «tribulación de la carne», que el Apóstol querría ahorrarles (1Cor 7,28). Cuántas veces un fraile de pobre hábito ha de confortar a seglares vestidos con elegancia y lujo. No suele suceder al revés. ¿Quiénes son los que viven la verdadera alegría?

¿Anacrónicos, los religiosos?…

Dicen otros: «se puede conceder, en el mejor de los casos, que esas penitencias y recogimientos de los sentidos que se nos han recordado pudieron tener validez santificante en otros tiempos; pero no en la época actual».

Ésta es la pobre actitud de los hodiernistas: «hoy es necesario…, hoy es imposible…» Son éstos, en expresión acertada de Maritain, «cronólatras», pobres siervos de su tiempo.

Ya hace años he tratado de este tema, primero con José Rivera (Hodiernismo, en Cuaderno de Espiritualidad 9; Espiritualidad católica, cpt. 17; Síntesis de espiritualidad católica, III p., cpt. 5), y últimamente solo (De Cristo o del mundo, VII p., cpts. 2-3; Evangelio y utopía, cpts. 3 y 5).

Pues bien, ¿qué le pasa a nuestro tiempo, que en él se le permite al Espíritu Santo hacer en los cristianos unas cosas sí y otras no?… Si una persona o comunidad capta en conciencia unas ciertas mociones del Espíritu Santo, ¿antes de seguirlas, tendrá que mirar primero el calendario y asegurarse luego de que tales prácticas son tolerables para la mentalidad del mundo en que se mueven?

¿En el siglo IV, en el XIII o en el XVI era acaso normal que unos cristianos anduvieran descalzos, vestidos de saco y con una cuerda a la cintura? Nadie iba así… ¿Y los que así obraban -monjes antiguos, franciscanos, carmelitas descalzos- eran en aquellos tiempos fuerzas retrógradas o progresivas? ¿Vivían plenamente en su siglo, siendo en buena parte sus protagonistas, o eran más bien elementos anacrónicos, imitadores repetitivos del Bautista, del profeta Elías o de algún otro personaje aún más antiguo?…

No se trata de preguntas meramente retóricas, ni tampoco nos desvían de nuestro tema. Responder bien a estas cuestiones tiene gran importancia para la valoración de la historia del pudor cristiano, considerado éste tanto en religiosos como en laicos.

Cuando Santa Teresa de Jesús, por ejemplo, pone tanto interés en que sus monjas velen sus rostros y no los manifiesten sino a los familiares, ¿se sujeta a alguna costumbre de su época, es una mujer de su tiempo, el siglo XVI, o se sitúa más bien al margen de su siglo y del brillante y paganizante espíritu renacentista? ¿Da ella con eso unas normas de vida religiosa válidas únicamente para su tiempo? ¿Muestra quizá al establecer en sus Constituciones esas normas un sentido del pudor morboso, propio de una mujer desequilibrada, excesivamente medrosa? Convendrá recordar que estamos hablando de Teresa Sánchez de Cepeda, o como ella prefería llamarse, con el apellido materno, Teresa de Ahumada…

Dispone ella, efectivamente, en las Constituciones para sus monjas: «Han de tener cortado el cabello, por no gastar tiempo en peinarle. Jamás ha de haber espejo, ni cosa curiosa, sino todo descuido de sí. A nadie se vea sin velo, si no fuere padre o madre, hermano o hermana», salvo en caso prudente, y entonces «no para recreación, y siempre con una tercera» (14-15). Al padre Jerónimo Gracián, primer provincial de los Descalzos, que en 1581 iba a revisar en el Capítulo de los carmelitas ésta y otras normas de las Constituciones teresianas, le escribe: «ponga vuestra paternidad lo del velo en todas partes, por caridad. Diga que las mismas descalzas lo han pedido» (Carta 23-II-1581). Puede, es cierto, convenir a veces dar licencia de excepción al velo, «mas yo he miedo no la dé el provincial con facilidad» (Carta 19-II-1981).

Según eso, ¿piensa Santa Teresa que una mujer peca si se mira en el espejo o si muestra su rostro a otras personas? El que hace una pregunta tan tonta ¿conoce a Santa Teresa? ¿Aprecia su audacia, su realismo, su libertad del mundo, su experiencia de la vida y de las mujeres, empezando por su propia experiencia de jovencita vanidosa (Vida 2)?

Sencillamente, Santa Teresa quiere para sus religiosas contemplativas unas normas de pudor extremadamente exigentes, 1º-para fomentar en ellas el recogimiento contemplativo, evitándoles lo más posible todo peligro de vanidad o impudor; 2º-para dar un ejemplo muy fuerte de modestia a las mujeres seglares, animándoles a ser modestas, según su modo secular propio; 3º-para expiar penitencialmente por los muchos pecados de impudor y de vanidad que se cometen, sobre todo en el mundo; y 4º-para obtener la conversión de los pecadores. ¿Puede ponerse a todo esto alguna objeción fundamentada?

Por supuesto que otros institutos religiosos tendrán carismas fundacionales diversos. Dios los bendiga. Hay en la santa Iglesia, gracias a Dios, muchas y muy diversas vocaciones: por tanto,  «ande cada uno según el don y la vocación que el Señor le dió» (1Cor 7,17; +7, 20.24).

En todo caso, al que está afectado de cronolatría -que es, en algún sentido, una enfermedad mental- ninguna de las razones aducidas puede convencerle. Él guarda fidelidad a su propio error y sigue adicto a su norma: «hoy es necesario… hoy no es posible que…» Siendo como es un hombre mundano, un «hijo de su siglo», todavía «vive como niño, sujeto a servidumbre bajo los elementos del mundo» (Gál 4,3), y considera respetuosamente la ortodoxia social vigente de su tiempo como un dogma, que procura preservar piadosamente de toda herejía.

Por el contrario, solamente el hombre cristiano, que vive en Cristo, nuevo Adán, Señor de la historia, a quien le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra (Mt 28,18), solo él está libre del mundo, solamente él es libre de su siglo. Y consiguientemente, solo él, por obra del Espíritu Santo, puede renovar la faz de la tierra. Puede y debe hacerlo, porque es misión suya, ya que está viviendo en Jesucristo, Señor y renovador de los tiempos:

«Cristo ayer y hoy / Principio y fin / alfa y omega / suyo es el tiempo / y la eternidad / a Él la gloria y el poder / por los siglos de los siglos» (Cirio en Vigilia Pascual).

4. Descristianización e impudor

Apostasía e impudor

La apostasía y el impudor han crecido en los últimos tiempos simultáneamente, de modo especial, en los pueblos más ricos de Occidente. La disminución o la pérdida del pudor no es, pues, en modo alguno, un fenómeno aislado y en cierto modo insignificante. La pérdida del sentido del pudor ha de diagnosticarse según la misma visión de San Pablo, ya recordada:

Los hombres paganos, alardeando de sabios se hacen necios, y dan culto a la criatura en lugar de dar culto al Creador, que es bendito por los siglos. Por eso Dios los entrega a los deseos de su corazón, y vienen a dar entonces en todo género de impureza, impudor y fornicación, hasta el punto de que, perdiendo toda vergüenza, se glorían de sus mayores miserias (+Rm 1,18-32).

Apostasía e impudor -con muchos otros males intelectuales y morales- han crecido de forma simultánea. En los mismos tiempos y en las mismas regiones del mundo cristiano, se ha desarrollado la avidez desordenada de gozar de esta vida, el rechazo dela Cruz y de la vida sobria y penitente, la aceptación de las ideologías y de las costumbres mundanas, el alejamiento de la eucaristía dominical y del sacramento de la reconciliación, la escasez o la ausencia de las vocaciones y de los hijos, la debilitación o la pérdida de la fe, así como una erotización morbosa de la sociedad, que los mismos sociólogos señalan. El impudor generalizado, no es, pues, sino uno más entre los fenómenos sociales de la descristianización. Y como tal debe ser entendido y tratado.

En todo caso, junto a esos condicionamientos generales, podemos señalar ciertas falsificaciones concretas del cristianismo que más directamente conducen al impudor, y que lo explican mejor en nuestro tiempo.

Pelagianismo

Los cristianos pelagianos no quieren ver al hombre como un ser espiritualmente enfermo, herido por un pecado original, inclinado fuertemente al mal por la concupiscencia, y que, por tanto, requiere un régimen de vida sumamente estricto, concretamente en su relación con el cuerpo y con el mundo. No. Ésas son, según ellos, visiones antiguas, oscuras, pesimistas, que devalúan la naturaleza humana, y que felizmente están superadas por el cristianismo actual, más positivo y optimista; y en definitiva, más verdadero.

Pues bien, el pelagianismo es una herejía perenne -al menos como tentación intelectual y práctica-, y hoy tiene innumerables seguidores en las Iglesias locales descristianizadas. Es una de las malas raíces que produce el impudor.

Naturalismo

En sintonía con esa visión pelagiana, y rechazando la tradición católica, se va formulando en los últimos decenios un cristianismo naturalista, en el que, negando o silenciando el pecado original, se estima posible para la humanidad una vida sana y feliz. No es, pues, necesaria la gracia, pues basta con la naturaleza. No es necesariala Sangrede Cristo; basta con su ejemplo. Esta multiforme falsificación del cristianismo surge sobre todo en los países más cultos y ricos, hoy, en general, los más profundamente descristianizados.

Consideremos un ejemplo situado en la Sueciade 1957. Son los años optimistas de la gran recuperación de Europa, después de la catástrofe de la II GuerraMundial. Henri Engelmann y Gaston Philipson publican el libro Scandinavie, en el que describen, con la ayuda de magníficas fotografías en blanco y negro, el encanto fascinante de un cristianismo-pagano, con acento escandinavo, en el que, concretamente, el sentido del pudor desaparece ante una naturalidad corporal recuperada. Escriben ellos:

«En sus Enfances diplomatiques, Wladimir d’Omersson refiere que en la época en que su padre estaba destinado en Copenhague, la joven institutriz que acompañaba en verano a los niños en las playas del Báltico tenía la costumbre de echarse a las olas sin ningún velo. A una tímida observación que le hizola Sra. d’Omersson, esta jovencita, de una virtud probada y que se disponía a entrar en las Ordenes, había dado un grito de pudor ofendido: “pero señora, yo no tengo nada que ocultar”…

«Como hemos dicho, desde que sale el sol, cada fuente de Oslo, Copenhague o Estocolmo florece de niños desnudos que se mojan y salpican. En los adultos, el régimen de las playas no difiere apenas del nuestro… Es más bien al interior del hogar donde, al azar de nuestros encuentros estivales, hemos constatado ese mismo aparente impudor, no exclusivo ahora de los niños más pequeños. En un acogedor pueblo de Jutlandia, en el que vivía un pastor amigo nuestro, las dos niñas del patriarca -de siete y ocho años- no llevaban en pleno verano otro vestido que el lazo de sus cabellos. Y sucedía a veces que otras personas adultas daban testimonio de esta misma… simplicidad, quizá menos inocente» (96).

Negar «la vergüenza de la desnudez» (Apoc 3,18) procede de la apostasía o conduce a ella. Negar la vergüenza de la desnudez y afirmar su licitud viene a decir, en un lenguaje implícito sumamente elocuente, que el pecado original es un cuento.

Pero «si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañaríamos a nosotros mismos, y la verdad no estaría en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Él [Jesús] para perdonarnos y purificarnos de toda iniquidad. En cambio, si decimos que no hemos pecado, le hacemos pasar [a Cristo] por mentiroso y su palabra no está en nosotros» (1Jn 1,8-10).

Acerca de unidoscontralaapostasia

Este es un espacio para compartir temas relacionados con la apostasia en la cual la Iglesia del Señor esta cayendo estrepitosamente y queremos que los interesados en unirse a este esfuerzo lo manifiesten y asi poder intercambiar por medio de esa pagina temas relación con las tendencias apostatas existentes en nuestro mundo cristiano.
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5 respuestas a PORNOGRAFÍA

  1. Nadia Martínez dijo:

    Estimado Sr. Fumero:
    Siento este articulo sumamente aburrido y poco objetivo, definitivamente no toca el tema de “La Pornografía” que según lo define la real academia es: Carácter obsceno de obras literarias o artísticas o como lo conocemos, es el acto sexual visto por otros, gratis o pagado por cualquier medio de comunicación, realizado por hombres con mujeres; mujeres con mujeres; hombres con hombres y otros más que da asco mencionar.
    Este artículo se enfoca en algunas partes en indicarle a la mujer como vestir y verse honesta, modesta etc… ¿Será para que no haya pornografía…?. ¿Por qué tratan de indicarle a la mujer como vivir, vestir, hablar, caminar etc…? me irrita enormemente de cualquiera de las religiones o religiosos esto, hasta con sus propias esposas son así, creo que están un poco locos.
    Menciona un versículo muy sonado en las iglesias: “«Vuestro adorno no ha de ser el exterior, de peinados complicados, aderezos de oro o el de la variedad de los vestidos, sino el oculto del corazón”. Sí soy objetivo(a) y se interpretar la lectura correctamente, claramente dice que las cosas externas no son un adorno que tenga validez ante Dios, él ve nuestro interior y ese interior sea bueno o malo es reflejado externamente.
    Por naturaleza nos gusta vernos bien o acaso los hombres buscan mujeres despeinadas, harapientas, sucias… por Dios…, la mujer por muy pobre que sea siempre buscará lucir bien de acuerdo a sus posibilidades económicas unas se visten con Seda y otras con Polyester y cuál es el problema lo importante es sentirse bien, cómoda sin llegar a lo obsceno y eso también dependerá de la cultura en la que se encuentre para llamarlo obsceno.
    Soy muy defensora de mis derechos como individuo, humana y mujer, me molesta que se cuestione tanto a las mujeres, si una dama baña con taje de baño en la playa cuál es el problema. Creo que el entorpecimiento lo generan los ojos que la ven, que comienzas a gestar pensamientos sucios que nacen de un corazón que está muy lejos de la pureza, ése es quien debe cambiar sus ropas.
    Sinceramente Sr. Fumero, no me gusta éste artículo.

  2. Jorge dijo:

    vive la pornographie!! A ver si después del incesto que sale en la Biblia, de las relaciones homoeróticas, las numerosas guías de apasionantes perversiones, no va a poder disfrutar uno de cómo unos actores mantienen sexo ante las cámaras. La religión cristiana no puede monopolizar este tipo de imágenes pornográficas, los demás también tenemos derecho a disfrutar de ellas!!

  3. robert nicodemo dijo:

    Estimado Fumero, SI me gusta su articulo…y no se me pega en gana contestar a los respondientes, pues es perder el tiempo.

    Dios os bendiga

    PS: Si fuera tan amable nos desearia publicar este articulo en nuestro blog. Por favor, nos hace saber.

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