KENNEDY, 50 AÑOS DESPUÉS (I): Razones para un asesinato

Dr. César Vidal

muerte Kennedy Este mes de noviembre, se cumplen cincuenta años del asesinato de JFK. Comienzo hoy una serie de artículos sobre Kennedy en los que abordaré cuestiones poco conocidas, pero esenciales para comprender su mandato. Obligadamente tengo que iniciar todo con la referencias a las causas del asesinato. Se cuenta que cuando Bill Clinton llegó a la Casa Blanca convocó inmediatamente al director de la CIA para preguntarle quién había asesinado a JFK y qué se sabía sobre los extraterrestres. La anécdota, rigurosamente cierta, indica cómo la muerte del presidente Kennedy sigue inquietando a los norteamericanos. Las teorías no son, desde luego, escasas. Aparte de la versión oficial del Comité Warren que se refiere al “loco solitario”, no han faltado los que han atribuido el magnicidio a Fidel Castro – tesis con mucho predicamento entre los cubanos exiliados – el KGB, la CIA o la mafia. La realidad es que Kennedy logró concitar un número extraordinario de enemigos.

El primero fue la Mafia. La ayuda de la Mafia a los Kennedy para lograr la elección a la presidencia de JFK proporcionó sobrados motivos al mafioso Sam Giancanna para sentirse satisfecho. Si todo iba como cabía pensar, para la Mafia se abría un período de excepcional bonanza y ganancias económicas en el que colaboraría casi de igual a igual con la CIA. Se trataba de un paso que iba mucho más allá de la compra habitual de políticos o de los pucherazos electorales. La alegría comenzó a dejar sitio al resquemor cuando saltó la noticia de que el puesto de fiscal general sería ocupado por Robert Kennedy.

La medida fue forzada por Joe Kennedy y es posible que, fundamentalmente, sólo se persiguiera con ella evitar cualquier acusación de fraude electoral que pudiera privar a Jack Kennedy de la presidencia. Sin embargo, John Kennedy encomendó a su hermano Robert el mayor ataque contra el crimen que hubiera conocido nunca la sociedad norteamericana. Durante este enfrentamiento fueron pronunciadas 288 condenas de personajes del crimen organizado de las que 35 lo fueron ya tan sólo en 1960. En apenas unos meses, JFK había perdido a uno de sus aliados iniciales. La CIA tendría poco después una nueva razón para sentirse a disgusto con Kennedy. Tras haber fracasado no menos de tres intentos de asesinato preparados contra Fidel Castro, Kennedy dio luz verde a un proyecto de invasión de Cuba cuyo origen se hallaba en la presidencia de Eisenhower. Así se produjo el desembarco en Bahía Cochinos y el primer revés serio de la presidencia de Jack Kennedy. Hoy, sabemos que Kennedy dio luz verde para la operación de Bahía Cochinos aunque engañado ya que le habían asegurado que se produciría una sublevación popular. Se encontró, por el contrario, en un callejón sin salida del que sólo podía salir autorizando unos bombardeos que nunca deseó. Kennedy pudo ceder a las presiones de la inteligencia y de las fuerzas armadas, pero prefirió hacer prevalecer su mando a costa del fracaso del desembarco. Así, aunque en público asumió caballerosamente toda la responsabilidad del fracaso, en privado acusó de él a la CIA. Buena muestra de su cólera con esta agencia fue que destituyó a Allen Dulles, su director; al general Charles Cabell, su subdirector y a Richard Bisell, el director de operaciones encubiertas. No se trataba de una simple crisis. John Kennedy afirmaría entonces que tenía intención de “deshacer la CIA en mil pedazos”. Sin embargo, no sólo la Mafia y la CIA tenían poderosas razones para sentirse a disgusto con Kennedy.

También la política social y económica del nuevo presidente distaba mucho de ser atractiva para determinados grupos. Al inicio del mandato de Kennedy, el problema principal con el que se enfrentaba Estados Unidos era el de la recesión económica. La tasa de desempleo estaba situada por encima del 8 por ciento, lo que significaba cinco millones de parados. De éstos cerca de dos millones llevaban un tiempo prolongado en esa situación. Además, la crisis resultaba especialmente grave en algunos sectores sociales, como los jóvenes, o geográficos, como los Apalaches cuya minería había entrado en crisis. Al respecto, la política de Kennedy tuvo un acento social innegable aunque el mismo no estuviera libre de reparos ya que el electoralismo saltaba a la vista. Por primera vez – y a pesar de sus vacilaciones – se abordó de manera directa el problema del racismo en la sociedad norteamericana. También los más desfavorecidos – un número considerable de pobres en una sociedad opulenta – fueron objeto de las acciones de Kennedy. En febrero de 1961 se aumentaron las prestaciones de la seguridad social y el salario mínimo aumentó de un dólar a un dólar y cuarto a la hora disposición esta última que benefició a cuatro millones adicionales de trabajadores. Asimismo se amplió el tiempo para cobrar el subsidio de desempleo e incluso se aprobó la Area Development Act – vetada dos veces por el republicano Eisenhower – que estaba dirigida a fomentar la economía de ciertas zonas, especialmente aquellas donde el apoyo electoral obtenido por Kennedy había sido débil. Fiscalmente, en 1962, cuando ya se percibía el inicio de la recuperación económica, Kennedy logró que el Congreso aprobara, con modificaciones, una ley de la renta destinada a aumentar el crecimiento económico. En 1963, incluso presentó un nuevo proyecto de ley – que quedaría detenido en el Congreso – que contemplaba reducciones de impuestos atendiendo especialmente a las personas con rentas bajas y a los mayores de sesenta y cinco años. Sin embargo, las medidas fiscales y económicas propugnadas por Kennedy – a las que se resistió generalmente el Congreso – no sólo buscaban favorecer a los pobres sino que también amenazaron directamente los beneficios de importantes segmentos de la vida económica. Dos de estas acciones resultaron especialmente negativas para Kennedy. La primera, conocida como la Kennedy Act, fue aprobada el 16 de octubre de 1962. Si hasta entonces la ley había distinguido entre los beneficios repatriados y los reinvertidos en el extranjero, ahora ambos quedaron sujetos a la presión fiscal. La nueva norma afectaba a la industria en bloque pero, especialmente, dañaba los intereses de los magnates del petróleo. Por aquella época, estos estimaron que sus beneficios relacionados con las inversiones en el extranjero se reducirían hasta el 15 por ciento, es decir, ganarían aproximadamente la mitad de lo que estaban percibiendo hasta entonces. Asimismo Kennedy tenía la pretensión de evitar que las compañías se aprovecharan de los recovecos de la ley fiscal para eludir el pago de impuestos incluyendo la denominada “depletion allowance” que permitía a los magnates del petróleo declararse exentos de impuestos hasta el 27.5 por ciento de sus ingresos. La medida mereció a Kennedy una lógica oleada de impopularidad entre las compañías petroleras, buena parte de las cuales mantenían una estrecha relación con L. B. Johnson, el vicepresidente de Estados Unidos. La segunda tuvo como finalidad acabar con un curioso monopolio detentado por el sistema de la Reserva federal. Partiendo de la Constitución americana que atribuye únicamente al Congreso la competencia para acuñar y regular la moneda, Kennedy llegó a la conclusión de que la deuda nacional podía reducirse si no se pagaba intereses a los banqueros del sistema de la reserva federal que imprimen el dinero para luego prestárselo con intereses. El 4 de junio de 1963, Kennedy firmó la orden ejecutiva 11110 que ordenó la emisión de 4.292.893.815 de dólares en billetes de Estados Unidos a través del tesoro público y no del sistema de reserva federal. Ese mismo día, el presidente firmó una ley cambiando el patrón de respaldo de los billetes de uno y dos dólares de la plata al oro. La medida pudo pasar desapercibida para muchos, pero tenía una trascendencia espectacular. Con todo, el empeoramiento de las relaciones de Kennedy con el mundo financiero y empresarial posiblemente tuvo su punto álgido en el enfrentamiento con lo que el antiguo presidente Eisenhower había denominado el “complejo militar industrial”. Hasta su llegada a la presidencia, Kennedy había compartido la visión oficial favorable a un aumento del gasto armamentístico. Sin embargo, su opinión comenzó a modificarse apenas se instaló en la Casa Blanca. Para empezar descubrió que el número de misiles balísticos intercontinentales que poseía la URSS era mucho menor del que se afirmaba de manera oficial. La cifra real no estaba situada entre los quinientos y los mil sino que se acercaba a la cincuentena. La única razón para mantener aquel engaño era conservar la posición prominente con que contaba el complejo militar-industrial. La desconfianza de Kennedy hacia este estamento – que ciertamente no fue disipada por el fracaso en Bahía Cochinos – tuvo como consecuencia inmediata la redacción de dos memoranda de acción de seguridad nacional (NSAM) en junio de 1961. En virtud de los mismos, Kennedy se reservaba el control de todas las operaciones de carácter armado tanto en tiempo de guerra como de paz. La CIA – una vez más víctima de las decisiones presidenciales – sólo podría llevar a cabo operaciones encubiertas de escaso calado y cualquier acción de mayor envergadura quedaría totalmente en manos del poder militar sometido y controlado por el propio presidente. Cuando en octubre de 1962 el presidente fue informado de que los soviéticos estaban estableciendo bases de misiles en Cuba, tanto la CIA como el mando militar favorecieron el bombardeo inmediato de los lugares en cuestión y una invasión de la isla. Sin embargo, Kennedy ya había decidido en esa época acabar con el período de la Guerra fría y optó por una salida negociada. Sin embargo, la reacción de la CIA y del Pentágono distó mucho de ser tan positiva y los siguientes pasos dados por Kennedy sólo contribuirían a enajenarle cada vez más su apoyo. Esta mala impresión empeoró cuando el 24 de noviembre de 1962, Kennedy se permitió incluso pasar por alto la licitación de Boeing – hasta entonces la primera concesionaria del gobierno en armamento aéreo – en el proyecto TFX (Tactical Fighter Experimental) y optó por la General Dynamics en la idea de que representaría un mayor beneficio social – y electoral – en las zonas pobres del país. A partir de ese momento, ninguna corporación armamentística- fuera cual fuera su peso sobre la administración – tenía ninguna garantía de que el presidente atendería a la mejor oferta. Por el contrario, todo indicaba que en adelante impondría sus propios criterios más políticos que económicos. Por si todo lo anterior fuera poco, Kennedy estaba dispuesto a recortar drásticamente el gasto público que entonces favorecía los intereses del complejo militar-industrial. El 30 de marzo de 1963, el secretario de Defensa, Robert McNamara anunció un programa de reorganización militar que se traduciría en el cierre de cincuenta y dos instalaciones militares en veinticinco estados y de veintiuna bases en ultramar, todo ello en un período de tres años. El 5 de agosto de ese mismo año, a pesar de las presiones en contra, Estados Unidos suscribió, junto a Gran Bretaña y a la Unión soviética, un acuerdo que prohibía las pruebas nucleares en la atmósfera. Sin embargo, aún quedaban otro desafío al complejo militar-industrial. El 9 de mayo de 1962, JFK manifestó en una rueda de prensa su voluntad de llegar a un acuerdo pacífico y su reticencia frente a la posibilidad de envío de nuevas fuerzas norteamericanas. Durante el año siguiente, la situación de Vietnam había experimentado un cambio de tal relevancia que para Estados Unidos sólo cabía una implicación mayor en el conflicto – como pretendían de manera bastante comprensible el Pentágono y la CIA – o el abandono de lo que hoy se denominaría un conflicto de baja intensidad que, según la óptica con que se contemplara, no parecía tener relevancia especial. Kennedy optó por la segunda posibilidad y así se lo confesó a algunas de las personas que estaban más cercanas a él. El senador Mike Mansfield pudo escuchar de labios de Kennedy que existía “una necesidad de una retirada completa de Vietnam” pero que no podría dar ese paso de manera absoluta hasta que hubiera sido reelegido. El general Maxwell Taylor y el secretario McNamara, a su regreso de un viaje por Saigón, informaron el 2 de octubre al presidente que sería posible retirarse de Vietnam en 1965. Basándose en ese documento, el 11 de octubre de 1963 Kennedy aprobó un Programa de Retirada Acelerada de Vietnam, el memorandum de acción para la seguridad nacional (NSAM) # 263. De acuerdo con el mismo debían “retirarse 1.000 miembros del personal militar de Estados Unidos a finales de 1963” – casi el cincuenta por ciento de los efectivos – aunque no debía llevarse a cabo un anuncio formal de la medida. Además se insistía en que habría que establecer un programa “para entrenar a los vietnamitas de tal manera que las funciones esenciales ahora realizadas por personal militar de Estados Unidos pudieran ser realizadas por vietnamitas a finales de 1965. Debería ser posible retirar el grueso del personal militar de Estados Unidos en esa época”. En otras palabras, en contra de lo recomendado por el Pentágono y la CIA, frente a los deseos de una industria armamentística que contemplaba la posibilidad de una guerra en el Sureste asiático como una extraordinaria oportunidad de obtener beneficios económicos, John F. Kennedy había decidido abandonar Vietnam. Desdeñoso de lo que podía cernirse sobre él, Kennedy parecía creer en su ilimitada capacidad de maniobra hasta el punto de que pronto resultó un secreto a voces que no sólo optaría a la reelección sino que además prescindiría de L. B. Johnson para su segundo mandato y que incluso se desharía de Edgar Hoover, el director del FBI. Derechos civiles y antirracismo; lucha contra el crimen organizado; reformas económicas, fiscales y financieras; recorte de los beneficios de las grandes corporaciones, especialmente las petroleras; eliminación de la CIA; control directo de las operaciones encubiertas; limitación del gasto militar; cierre de establecimientos y bases militares; avance hacia el final de la Guerra fría… los pasos dados por la administración Kennedy hasta mediados de 1963 no podían dejar lugar a dudas en el sentido de que las reformas emprendidas desde la Casa Blanca desafiaban a poderes fácticos demasiado poderosos y demasiado numerosos como para esperar una fácil victoria. Sin embargo, a pesar de que las enemistades que se había ido granjeando JFK incluían a poderes como la Mafia o a empresarios corruptos, no puede caerse en la fácil tentación de representar la conspiración contra Jack Kennedy como una lucha de las tinieblas contra la luz. En realidad – y éste es un factor que no debe pasarse por alto – no pocos debieron contemplar el enfrentamiento contra Kennedy no como la defensa de los peores intereses de poderosos grupos de presión sino como una causa noble. Al igual que había sucedido veinte siglos antes con Julio César, no eran pocos los que consideraban que a menos que se acabara con su vida podría convertir la República en una dictadura personal que, apoyada en acciones de carácter populista, sólo conservaría de republicana el ropaje. En apariencia, las razones para llegar a esa conclusión no eran pocas. La familia Kennedy se había caracterizado por una trayectoria de corrupciones políticas que llegaban hasta su abuelo materno Honey Fitz y que incluían la obtención de la presidencia mediante unas elecciones amañadas y el nombramiento de un familiar como secretario de justicia. Hasta la cruzada contra el crimen emprendida por Robert, lo cierto es que las relaciones de los Kennedy con el crimen organizado habían sido excelentes de manera que era comprensible pensar que quizá las acciones del fiscal general estaban más relacionadas con ajustes de cuentas del viejo Joe Kennedy o con el deseo de borrar huellas que inculparan a John que con el anhelo de limpiar de criminales el país. De la misma manera, para muchos la política de distensión kennedyana no era sino un signo de desconocimiento o incluso de debilidad a la hora de enfrentarse con la amenaza comunista. Desde su punto de vista, la ingenuidad – o la falta de agallas – de Kennedy podía resultar fatal. A esto se añadía finalmente la escandalosa inmoralidad sexual de los Kennedy. Aunque hoy en día son conocidas muchas de sus historias con actrices y prostitutas del más variado pelaje, en aquella época John cultivaba la imagen pública de esposo y padre modelo. No es de extrañar que muchos que lo conocían más a fondo lo consideraran un hipócrita redomado del que no cabía fiarse. Lejos de ser un reformador social honrado, John Kennedy aparecía ante los ojos de muchos como un demagogo peligroso que podía sacudir hasta los cimientos la sociedad norteamericana causando peligrosos daños en áreas como su defensa, su estructura racial o su marcha económica por el simple deseo de satisfacer su ambición y la de su familia. Para colmo de males, a lo anterior se sumaba un factor que fue visto con creciente inquietud. Todo hacía pensar que John, después de ganar un segundo mandato, apoyaría la candidatura a la presidencia de su hermano Robert y, posteriormente, la de su también hermano Ted. En resumen, los Kennedy presuntamente se planteaban seis mandatos seguidos que significarían casi un cuarto de siglo de gobierno ininterrumpido. A juzgar por lo acontecido en los tres primeros años de la Era Kennedy de ese plan surgiría una reestructuración tal de la sociedad norteamericana que afectaría fundamentalmente a los grandes grupos de presión – grandes corporaciones, multinacionales, crimen organizado, CIA y complejo militar-industrial – que la controlaban, pero que también, so capa de avance social, podría reducir un sistema pulcramente democrático a la categoría de oligarquía familiar. Puede que para muchos, su “Nueva Frontera” equivaliera a una revolución de talante democrático y social cuyas últimas consecuencias serían indeseables para segmentos muy poderosos del país. Para otros, sin embargo, no era sino un intento de apoderarse del país liquidando su estructura meritocrática para sustituirla por una demagogia dinástica. Por ello, enfrentarse a él constituía un deber tan sagrado como el de los republicanos romanos que levantaron sus puñales para asesinar a Julio César cuando pretendió convertirse en dictador. Pero fueran cuáles fueran sus motivaciones, ambos – idealistas y prácticos – estaban de acuerdo por igual en que la única forma de evitar que ese plan se llevara a cabo consistía en desplazar a Kennedy de la presidencia y de que para lograrlo sólo existía una manera, que era la de recurrir al asesinato. La conspiración no pretendía ni implantar una utopía ni destruir a perpetuidad el sistema democrático. Deseaba actuar como muro de contención frente a lo que se vaticinaba como un desastre. Demasiado como para que Fidel Castro o la Mafia a solas fueran sus responsables…

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Este es un espacio para compartir temas relacionados con la apostasia en la cual la Iglesia del Señor esta cayendo estrepitosamente y queremos que los interesados en unirse a este esfuerzo lo manifiesten y asi poder intercambiar por medio de esa pagina temas relación con las tendencias apostatas existentes en nuestro mundo cristiano.
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