KENNEDY, 50 AÑOS DESPUÉS (II):

Dr. Cèsar Vidal

muerte de kennedy 2El modus operandi para un asesinato.

En una entrega previa, señalé cómo la presidencia de JFK era vista como un peligro para distintas distancias aunque las motivaciones eran diversas. Si para algunos implicaba una amenaza para intereses poco nobles; para otros, por el contrario, era una amenaza para la estabilidad saludable de la democracia republicana. Fuera como fuese, el 22 de noviembre de 1963, a las doce y media del mediodía, J. F. Kennedy fue asesinado a tiros en una calle de Dallas, Texas. A las pocas horas se detuvo a un hombre llamado Lee Harvey Oswald. Se le sometió a un interrogatorio que duró horas. Sin embargo, ni estuvo presente un abogado ni, supuestamente, se conservaron notas del mismo. Cuando Oswald compareció, detenido, ante una conferencia de prensa se enteró de que le estaban acusando de ser el responsable del asesinato del presidente. Aturdido, insistió en que no tenía nada que ver con aquello y que era simplemente un “cabeza de turco” (patsy). Desde luego, las pruebas inculpatorias – unas fotografías amañadas de Oswald con el fusil del que supuestamente habían salido los disparos que mataron al presidente – eran más que débiles y es dudoso que un jurado lo hubiera condenado de haberlas examinado.

No hubo ocasión. Dos días después del magnicidio, el 24 de noviembre, Jack Ruby, un hombre vinculado con la mafia – y con las operaciones de ésta con la CIA – pasó sin dificultad el cordón policial que custodiaba a Oswald y disparó sobre él causándole la muerte. La escena pudo ser contemplada perfectamente por millones de espectadores ya que se produjo ante las cámaras de televisión. Pero si Oswald murió de una manera que obliga a pensar en un escenario preparado específicamente para su sacrificio, esa sensación resulta aún más acusada en el caso de J. F. Kennedy. La misma noche del asesinato su hermano Robert intentó establecer contacto con la Mafia convencido de que ésta había sido la autora material del crimen aunque existen testimonios que indican que achacaba a la CIA la dirección de la trama criminal. La realidad es que, prescindiendo del papel que el crimen organizado pudiera tener en el asesinato, las circunstancias apuntan a instancias mucho más elevadas en lo que a su dirección y ejecución se refiere.

Para empezar se hallaba la desprotección prácticamente absoluta bajo la que Kennedy realizó su trayecto por las calles de Dallas. La mañana del 22 de noviembre la comitiva presidencial había realizado un breve vuelo desde Fort Worth hasta Love Field, Dallas, y, tras aterrizar, había iniciado un desfile por la ciudad. De acuerdo con las reglas más elementales de seguridad, todas las ventanas situadas en edificios desde los que pudiera contemplarse el desfile debían haber sido cerradas y situados vigilantes para asegurarse de que continuarían así. Los vigilantes debían contar con radios y en caso de estar apostados en tejados también debían disponer de armas para el caso de que tuvieran que sofocar violentamente un atentado. Todas las bocas de alcantarillado tenían que estar también supervisadas para evitar que pudieran ser utilizadas por un magnicida. Además, cualquier persona que llevara paraguas, abrigos en el brazo o cualquier objeto donde se pudiera ocultar un arma debían ser registradas. Nada de esto fue llevado a cabo en Dallas por un servicio de seguridad que tenía décadas de experiencia en la protección de presidentes. Pero por si esto fuera poco, la ruta escogida por Forest Sorrels, del servicio secreto, en contra del criterio de la policía de Dallas, constituía un ejemplo de violación flagrante de las normas más elementales de seguridad. La ruta implicaba un giro de noventa grados desde Main Street a Houston Street e incluso otro aún más acusado desde ésta a Elm Street. Estas curvas obligaban al automóvil del presidente a aminorar la velocidad precisamente en una zona de la ciudad donde el trayecto estaba dominado por edificios elevados.

Esta circunstancia quedaba agravada además por el hecho de que no se situaron agentes a ras de tierra, en los edificios y en lo alto de los edificios para controlar la situación ni tampoco se proporcionó vigilancia aérea adicional. Además se había informado a los hombres del servicio secreto acantonados en Fort Worth de que no serían necesarios en Dallas y lo mismo sucedió con el 316 destacamento del 112 grupo de inteligencia militar situado en el Fuerte Sam Houston. Lejos de proporcionar protección al presidente, la impresión que se tiene examinando el escenario del atentado es la de que más bien se intentó privarle hasta de la cobertura más elemental. Esas órdenes, por supuesto, ni las dio Fidel Castro ni la Mafia sino la propia inteligencia americana.

Cuando el automóvil en el que iba el presidente terminaba de dar la vuelta en la esquina de Houston a Elm Street se produjeron los disparos que acabaron con la vida de John Kennedy. La tesis oficial sostendría que habían sido efectuados desde el sexto piso del edificio de la biblioteca escolar de Texas – algo totalmente imposible si se hubieran seguido las normas elementales de seguridad. Por añadidura, tal tesis resulta insostenible siquiera porque un enorme árbol tapaba la trayectoria existente entre el supuesto tirador y el coche presidencial. Cubierto el automóvil del presidente por el follaje del árbol en el momento del primer disparo, es más que dudoso que ningún tirador hubiera podido alcanzarlo desde esa posición y más todavía que hubiera podido disparar dos veces más acertando con precisión en el blanco siquiera en una de las ocasiones. Todo ello en el supuesto de que un tirador experto hubiera elegido un emplazamiento tan desfavorable para llevar a cabo el asesinato.

Para remate, la tesis de que sólo había actuado un tirador y desde ese lugar se vino abajo por la filmación que del asesinato llevó a cabo un habitante de Dallas llamado Abraham Zapruder. Su película, oculta durante años a la opinión pública norteamericana, permite medir el intervalo entre cada disparo y también la trayectoria seguida por los mismos. Así queda de manifiesto que, en realidad, una bala dio al presidente en la espalda dejando una marca en su chaqueta y en su camisa. Quizá Kennedy podría haberse inclinado como consecuencia de un movimiento reflejo pero llevaba puesto un corsé desde el cuello hasta la ingle – para remediar un desgarro muscular inguinal ocasionado durante una de sus relaciones sexuales con una mujer – que se lo impidió. Entonces otra bala le acertó en la cabeza destrozándole el cráneo y, según palabras de John Connally, el gobernador de Texas que iba con él en el automóvil, “cubriendo el coche de materia cerebral”. La tercera bala se perdió – como incluso reconocería la Comisión Warren – ya que un testigo llamado James Tague fue alcanzado en la mejilla por un fragmento de la bala o por una esquirla de granito desprendido por ésta a más de una manzana del automóvil presidencial. Un cuarto proyectil dio finalmente en el cuerpo del gobernador Connally. Es más que posible que el número de balas disparado contra Kennedy ascendiera a seis e incluso a nueve a juzgar por alguna grabación realizada en el momento y por diversos testimonios pero en cualquier caso cuatro balas no podían haber sido disparadas por un solo tirador en el tiempo concreto en que se realizó el atentado.

No sólo eso. La trayectoria de las balas exige que se sitúe el emplazamiento de tiro en un lugar distinto del sexto piso de la biblioteca escolar desde donde se afirmaría que habían sido realizados los disparos. De hecho, el análisis de la trayectoria de la bala que hirió a Tague permite ver que ésta fue disparada desde la ventana de un segundo piso situada en el edificio Dal-Tex, a espaldas del automóvil y sin ningún árbol que interfiriera el tiro. El 23 de noviembre de 1963 la marca de la bala fue retirada y reemplazada, una extraña circunstancia si se tiene en cuenta que Oswald, el presunto asesino solitario, estaba ya encarcelado. Por su parte, el estudio de la película filmada por Abraham Zapruder permite ver que el disparo fatal, el que destrozó el cráneo de Kennedy dispersando su masa encefálica, vino por delante y desde la derecha, frente al automóvil y a la altura del suelo justo desde una loma cubierta de hierba que sería señalada por algunos testigos como el lugar desde el que habían escuchado disparos. Esa bala no la pudo disparar jamás un Oswald situado no delante sino detrás.

Fueran quienes fueran los asesinos – al menos dos – del presidente Kennedy lo que resulta indiscutible es que se trataba de expertos profesionales y que contaron con un apoyo, siquiera indirecto, por parte de gente del servicio secreto que no puso en funcionamiento las medidas mínimas de seguridad y además trazó un trayecto para el automóvil del presidente especialmente idóneo para la comisión de un atentado. Se ocuparía asimismo de borrar todas las huellas que pudieran conducir hasta los directores de la conspiración e incluso – y esto es notable – de realizar una intervención en el cráneo de JFK cuando era trasladado en avión desde Dallas a Washington. Ni que decir tiene que ni Castro ni la mafia podían hacer nada dentro de ese avión.

Dicho esto, ¿sabemos algo sobre los posibles tiradores? Aquí sí que los indicios apuntan a gente de la Mafia y a cubanos aunque no castristas sino precisamente anti-castristas. Por ejemplo, John Martino, un hombre relacionado con la mafia, en junio de 1975, confesó a un periodista que había intervenido en el asesinato de JFK y que sus colaboradores en el crimen habían sido cubanos anticastristas. Otros testimonios apuntan en la misma dirección señalando a un grupo de cubanos anticastristas que actuaban vinculados con la CIA y que reaparecerían, por ejemplo, años después unidos a escándalos como el Watergate. Si los mafiosos tenían sus cuentas pendientes con JFK y habían colaborado con la CIA ocasionalmente, los cubanos culpaban – un tanto injustamente – a Kennedy del fracaso en Bahía Cochinos. Seguramente, no hubo que esforzarse mucho para recabar su colaboración. Con todo, hay otro factor en la muerte de Kennedy que no puede pasarse por alto y al que dedicaremos la próxima entrega.

 

Acerca de unidoscontralaapostasia

Este es un espacio para compartir temas relacionados con la apostasia en la cual la Iglesia del Señor esta cayendo estrepitosamente y queremos que los interesados en unirse a este esfuerzo lo manifiesten y asi poder intercambiar por medio de esa pagina temas relación con las tendencias apostatas existentes en nuestro mundo cristiano.
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Una respuesta a KENNEDY, 50 AÑOS DESPUÉS (II):

  1. Un articulo muy interesante pero que pocos seran los que comenten al respecto pues para la mayoria de los que aqui escriben es asunto de poco interes precisamente por que es una historia de muy poca importancia si la parte de la historia de este mundo que esta ligada a las profecias y que es de alta utilidad para conocer la voluntad de Dios en cuanto a la salvacion individual es ignorada por la mayoria de los cristianos y protestantes que podemos decir en cuanto a historias como estas? el cristiano de hoy en dia se conforma con evangelios que ofrecen la salvacion facil y barata que les es ofrecida por falsos ministros pero con palabras muy agradables al oido humano que no requieren ningun esfuerzo para cambiar el caracter natural que no esta de acuerdo a losrequerimientos de Dios

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