¿Se falsificaron a propósito las enseñanzas de los apóstoles? -12-

Tomado del libro “Cuando el Cristianismo eras nuevo” de David W. Bercot

CUANDO EL CRISTIANISMO ERA NUEVOSi el cristianismo cambió radicalmente dentro de pocos decenios después de la muerte del apóstol Juan, no creo que fuera porque la iglesia no entendiera las enseñanzas de los apóstoles. Seamos razonables. Si los cristianos que recibieron instrucción personal de los apóstoles no pudieron entender sus enseñanzas, ¿quién las podrá entender? Por esto digo, si los cristianos se apartaron fundamentalmente del cristianismo de los apóstoles, tuvieron que haberlo hecho a propósito, con pleno conocimiento.

Creían que no habría ninguna nueva revelación de Dios

¿Creían los cristianos primitivos que los apóstoles erraron en algunos puntos de la fe? ¿Creían que la iglesia había recibido alguna revelación nueva después de la muerte de los apóstoles? ¿o que la doctrina apostólica llegó a pasar de moda?

La respuesta a todas estas preguntas es un “no” inequívoco. La iglesia primitiva enseñaba claramente que no hubo ninguna revelación nueva después de la muerte de los apóstoles. Creían firmemente que todo lo que podemos saber de Dios ya nos fue revelado por medio de los apóstoles. Además, la iglesia creía que los apóstoles no habían enseñado nada erróneo y que sus enseñanzas aplicaban a los cristianos hasta el fin del siglo.

Por ejemplo, Tertuliano escribió: “En los apóstoles del Señor hallamos nuestra autoridad. Pero ni aun ellos se atrevieron a introducir nada nuevo, mas fielmente entregaron a las naciones (de todo el mundo) la doctrina que ellos habían recibido de Cristo. Por lo tanto, si aun ‘un ángel del cielo . . . anunciare otro evangelio’, que sea anatema [Gálatas 1.8]. . . . Por lo tanto, tenemos esta norma: Ya que el Señor Jesucristo mandó a los apóstoles que predicaran [el evangelio], no recibimos ningún otro que predica sino sólo a los mandados por Cristo. . . . El Hijo no reveló [a su Padre] a nadie sino sólo a los apóstoles, a quienes también encargó que predicaran lo que les había revelado.”1

En verdad, el desacuerdo principal de la iglesia primitiva con los grupos heréticos trataba eso mismo: el tema de revelación. Casi todos los herejes afirmaban tener revelaciones nuevas además de las de los apóstoles.

Ireneo, el alumno de Policarpo, dio la posición de la iglesia: “El Señor de todo dio a sus apóstoles el poder del evangelio, por medio de quienes hemos conocido la verdad. . . . Es erróneo decir que [los apóstoles] predicaron antes de haber recibido ‘el pleno conocimiento’ [de la verdad], como se atreven a decir algunos [los gnósticos], jactándose ellos mismos de ser superiores a los apóstoles.”2

Los cristianos primitivos se aferraban firmemente a la posición de que no habría otra revelación de Dios después de la revelación dada a los apóstoles. Por eso, la iglesia rechazaba inmediatamente cualquier enseñanza que no habían recibido de los labios de los apóstoles.

Los líderes de la iglesia primitiva eran hombres de integridad

Pero, para continuar nuestra discusión, el hecho de que los cristianos primitivos decían que no había ninguna revelación después de la que fue dada a los apóstoles no quiere decir que ellos mismos no cambiaran con astucia las enseñanzas apostólicas, con intención de engañar. ¿Qué de su integridad? ¿Eran ellos hombres honrados, temerosos de Dios, o eran buscadores poco escrupulosos de la riqueza y el poder? La evidencia incontrovertible es que ellos eran hombres temerosos de Dios, humildes y honrados. Como primer punto, no recibieron ninguna remuneración económica por su posición. Como ya he dicho, no se les pagaba ningún salario. Los que servían como ancianos en la iglesia se negaban de las comodidades de la vida y vivían en pobreza. Sólo los herejes sacaban ganancia de su posición de liderato. Había muy poco que pudiera atraer uno a una posición de liderato en la iglesia sino sólo un anhelo honrado de servir a Dios.

Más que eso, en tiempo de persecución, los líderes de la iglesia eran el grupo más buscado de los soldados y de las muchedumbres. Durante algunas épocas, ser nombrado como anciano de iglesia casi equivalía a recibir la pena de muerte. Con todo, casi sin excepción, los líderes de la iglesia primitiva estaban dispuestos a soportar las torturas inhumanas antes de negar a Cristo. Muchos de los líderes cristianos que cito en este libro—Ignacio, Policarpo, Justino, Hipólito, Cipriano, Metodio, y Orígenes—de buena voluntad dieron sus vidas por su fe en Jesucristo. Si estos hombres hubieran sido engañadores sin escrúpulos, torciendo las enseñanzas de Cristo y sus apóstoles, ¿hubieran estado dispuestos a morir por Cristo? Los gnósticos no estaban dispuestos a morir por su fe. Aunque afirmaban haber recibido nuevas revelaciones de Dios, cuando les hacía frente la tortura y la muerte, pronto se rendían y negaban su fe. Pocas personas están dispuestas a morir por un engaño conocido.

¿No usamos esta misma verdad cuando defendemos la veracidad de la resurrección de Jesús? ¿No decimos que los apóstoles no hubieran estado dispuestos a dar sus vidas por un engaño que ellos mismos iniciaron? ¿Qué nos hace creer que los seguidores de los apóstoles hubieran muerto por un engaño?

Ellos reunieron y preservaron el Nuevo Testamento

En verdad, la autenticidad de nuestro Nuevo Testamento tiene su fundamento en la integridad de los cristianos primitivos. A fin de cuentas, los líderes de la iglesia primitiva reunieron, preservaron, y probaron la autenticidad de los escritos que nosotros ahora llamamos el Nuevo Testamento.

Algunos cristianos hoy en día creen equivocadamente que los apóstoles, antes de morir, reunieron sus escritos y los entregaron a la iglesia, un libro completo. Suponen que ellos les dijeron a los cristianos de entonces: “Aquí está el Nuevo Testamento. Con esto, no les falta nada. Aquí esta la revelación de Dios.” Pero no fue así. Las distintas cartas y libros escritos por los apóstoles no fueron reunidos todos por una sola iglesia en un libro. Unas iglesias reunieron unos; otras iglesias, otros. Los apóstoles nunca dejaron dicho a las iglesias cuáles escritos aceptar y cuáles desechar. Los cristianos primitivos tenían que decidir ellos mismos cuáles escritos fueron legítimos de los apóstoles y cuáles no lo fueron. Y eso no era tan fácil.

Como primer punto, se circulaban muchos “evangelios” falsos y cartas supuestamente apostólicas. Lo cierto es que había más libros falsos que legítimos sobre la vida de Cristo y los hechos de los apóstoles. ¿Ha oído usted del evangelio de Tomás? ¿o del evangelio según Nicodemo? ¿Ha leído Los Hechos de Felipe, o Los Hechos de Andrés y de Matías? ¿Ha visto usted La Revelación de Pablo, o el libro supuestamente escrito por Juan sobre la muerte de María? Supongo que no. ¿Por qué? Sencillamente porque la iglesia primitiva no aceptaba ninguno de estos libros como auténticos.

Si la iglesia hubiera deseado apartarse de las enseñanzas de los apóstoles, fácilmente lo hubieran hecho aceptando algunos de estos libros falsos y desechando algunos de los legítimos. O también fácilmente hubieran podido cambiar los escritos legítimos de los apóstoles, ajustándolos a la nueva enseñanza de la iglesia. No había nadie que se preocupara por eso, ya que todos los grupos herejes ya hacían esto mismo.

Ahora, si decimos que los cristianos primitivos no eran hombres honrados, nos colocamos entre la espada y la pared. Si ellos a propósito cambiaron las enseñanzas de los apóstoles, tenemos que decir que, con toda probabilidad, también cambiaron los escritos de los apóstoles. Entonces, ¿qué base queda para nuestras creencias? Resulta que cuando defendemos el Nuevo Testamento como legítimo y auténtico, estamos defendiendo también la integridad de los cristianos primitivos. Usamos el testimonio de ellos y su aceptación de estos escritos como nuestro fundamento primordial de defensa.

La integridad de estos hombres se nota especialmente en sus decisiones de cuáles libros incluir en el Nuevo Testamento. Por ejemplo, entendiendo la doctrina de los cristianos primitivos respecto a las obras y la salvación, creeríamos que la iglesia primitiva hubiera dado gran énfasis a la carta de Santiago, aceptando sin demora su autenticidad. A la vez, esperaríamos que se opusieran a la carta de Pablo a los romanos. Pero fue todo al contrario. Los cristianos primitivos pocas veces citaban de la carta de Santiago, y por un tiempo muchas iglesias dudaba su autenticidad.3 Por contraste, citaban muchas veces de las cartas de Pablo, e incluían sin demora sus cartas en el Nuevo Testamento.

¡Qué integridad más tremenda! Dudaban la autenticidad del libro que más los apoyaba en su doctrina de la salvación. Al mismo tiempo, aceptaban sin demorar aquellos libros que al parecer daban menos énfasis a lo que creían. ¿Tuviéramos nosotros tan grande integridad?

No veo esta medida de integridad en el hombre de quién hemos recibido muchas de nuestras doctrinas como protestantes. Me refiero a Martín Lutero. Una obra digna de alabanza realizada por Lutero fue su traducción al alemán de la Biblia. Pero su versión de la Biblia contiene prólogos anexados a cada libro que hacen que el lector desprecie aquellas partes de la Biblia que no acordaban muy bien con las creencias de Lutero.

Por ejemplo, en su prólogo al Nuevo Testamento, Lutero escribió:

”Sería justo y propio que este libro apareciera sin ningún prólogo y sin ningún nombre excepto los de sus escritores, y que comunicara sólo su propio nombre y su propio lenguaje. Pero muchas interpretaciones y prólogos fantásticos ha llevado el pensamiento de los cristianos al punto donde no saben lo que es el evangelio y lo que es la ley. Ni saben lo que es el Antiguo Testamento, ni el Nuevo. Nos vemos obligados, por tanto, colocar anuncios o prólogos por medio de los cuales el hombre sencillo pueda dirigirse de nuevo en el camino correcto, dejando las ideas antiguas, de modo que no busque leyes y mandamientos donde deba estar buscando el evangelio y las promesas de Dios. . . .

“Si yo tuviera que vivir sin una de dos cosas—o sin las obras de Cristo o sin sus predicaciones—escogería vivir sin sus obras antes de vivir sin sus predicaciones. Pues sus obras no me ayudan, pero sus palabras me dan vida, como él mismo dice. Ahora Juan escribe muy poco de las obras de Cristo, pero mucho de sus predicaciones. Pero los otros evangelios escriben mucho de sus obras y poco de sus predicaciones. Por eso, el evangelio de Juan es el verdadero evangelio, amado y preferido mucho más que los otros tres, y estimado mucho más que ellos. Así mismo, las epístolas de Pablo y de Pedro superan a aquellos tres evangelios: Mateo, Marcos y Lucas.

“En resumen, el evangelio de Juan y su primera epístola, como también las epístolas de Pablo—especialmente Romanos, Gálatas y Efesios, con la primera carta de Pedro—son los libros que le enseñan de Cristo y le enseñan todo lo que es necesario y bueno que aprenda, aunque no tuviera los demás libros y no oyera nada de sus enseñanzas. Por tanto, la epístola de Santiago es epístola de rastrojo, comparado con aquéllas. No contiene nada de la naturaleza de evangelio.4

Lutero afirmó que la razón por la cual él prefirió el evangelio de Juan a los otros tres era que contenía más de la predicación de Jesús. Pero eso no es cierto. El evangelio escrito por Mateo contiene el doble de la predicación de Jesús de lo que hallamos en el evangelio de Juan.

No tenemos que ser muy inteligentes para poder percibir el motivo verdadero de Lutero. Los libros de la Biblia que Lutero despreciaba son los mismos que destacan que la obediencia es esencial para la salvación. Por ejemplo, en Mateo encontramos palabras de Jesús como éstas: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre” (Mateo 7.21); y: “El que persevere hasta el fin, éste será salvo” (Mateo 24.13). Santiago escribe que “el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe” (Santiago 2.24). A Lutero no le dio pena el rebajarse a despreciar la palabra de Dios para avanzar su propia teología.

Los cristianos primitivos eran muy conservadores

Los cristianos primitivos eran muy conservadores. Para ellos el cambio equivalía al error. Ya que no esperaban ninguna revelación fuera de la de los apóstoles, desechaban de inmediato cualquier enseñanza que no habían recibido de los apóstoles. Por ejemplo, en la carta que una congregación escribió a otra congregación, tenemos lo siguiente: “Ustedes entienden muy bien, sin duda, que aquellos que desean promover nuevas doctrinas se acostumbran pronto a pervertir las pruebas en las Escrituras que desean usar, conformándolas a su propio parecer. . . . Por lo tanto, un discípulo de Cristo no debe recibir ninguna doctrina nueva, ninguna que se añade a lo que ya nos fue dado por los apóstoles.”5

Cuando uno cree que cualquier cambio constituye error, las cosas no cambian mucho. Si comparamos el cristianismo del segundo siglo con el de tercer siglo, vemos esto mismo muy bien. Cuando comparamos los escritos de los dos siglos, vemos muy pocos cambios en las doctrinas enseñadas en todas las iglesias o en los preceptos morales que seguían. Había algunos cambios leves sí, pero mayormente tenían que ver con el gobierno de la iglesia y su disciplina.6

Consultaron los discípulos de los apóstoles

Otra cosa que me impresionó acerca de los cristianos primitivos era su deseo sincero de evitar el extraviarse por descuido de las prácticas de los apóstoles. Como ya dije, la iglesia del primer siglo se aferró a las enseñanzas por palabra de los apóstoles y consultaron con los apóstoles cuando surgía cualquier duda. Si no podían consultar con los apóstoles, consultaron con los ancianos de aquellas iglesias donde los apóstoles habían enseñado personalmente. Esta última costumbre se practicaba hasta el tiempo de Constantino. Por ejemplo, Ireneo escribió: “Pongamos que se levanta entre nosotros una discusión sobre un punto importante. ¿No debiéramos volver a las iglesias más antiguas con las cuales los apóstoles trataban, aprendiendo de ellas lo que es cierto y manifiesto en cuanto a nuestra duda?”7

Recordemos que hasta el año 150 había ancianos en la iglesia quienes habían sido instruidos personalmente por uno o más de los apóstoles. Hasta los principios del tercer siglo, había líderes en la iglesia quienes recibieron instrucción de los discípulos personales de los apóstoles. Claro, consultar con las iglesias fundadas por los apóstoles no era lo mismo que consultar con los mismos apóstoles. Pero cuando tomamos en cuenta el espíritu muy conservador de la iglesia primitiva, vemos que constituye un método válido para evitar desviarse de las prácticas y las enseñanzas de los apóstoles.

Aquí debemos notar que esta costumbre se practicaba voluntariamente. Ninguna iglesia tenía autoridad sobre otras iglesias. Recordemos también que esta costumbre no se basaba en el pensamiento que las iglesias fundadas por los apóstoles tuvieran alguna revelación o autoridad nueva, sino en que servían como el eslabón mejor a la revelación dada a los apóstoles.

Todos enseñaban las mismas doctrinas fundamentales

Ya he dicho que el cristianismo primitivo se caracteriza por una diversidad de creencias sobre los puntos menos importantes de doctrina. A la vez, la gran mayoría de las doctrinas y las prácticas fundamentales—incluso las que tratamos en este libro—se enseñaban casi universalmente en la iglesia primitiva. Esta universalidad de las doctrinas fundamentales de la iglesia me convence a mí que estas doctrinas venían de los apóstoles. No había ningún cristiano en el segundo siglo que hubiera tenido tal grado de influencia en todas las iglesias que hubiera podido originar una doctrina nueva que sería aceptada en todas.

En verdad, Tertuliano destacaba esto mismo cuando combatía a los gnósticos y a otros herejes que afirmaban que la iglesia no enseñaba bien las doctrinas de los apóstoles. La defensa de Tertuliano ante esta acusación pudiera dirigirse igualmente a los cristianos de hoy en día:

“Es absurdo afirmar que los apóstoles o ignoraban el alcance completo del mensaje que les fue encomendado, o que faltaron de enseñar la norma completa de la fe. [Entonces] vamos a ver si acaso las iglesias, por su propia cuenta, hubieran cambiado la fe que les fue entregada por los apóstoles. . . . Supongamos, por ejemplo, que todas las iglesias hubieran errado y que el Espíritu Santo no tuviera suficiente interés para guiar ni siquiera a una iglesia a la verdad, aunque por eso mismo Cristo nos lo mandó a nosotros. . . . Supongamos, también, que el Espíritu Santo, el Mayordomo de Dios y el vicario de Cristo, descuidara su oficio y permitiera que las iglesias entendieran mal y enseñaran doctrinas distintas a las que él mismo había enseñado a los apóstoles.

”Si tal fuera el caso, ¿será probable que tantas iglesias, apartándose de la verdad, hubieran llegado a concordarse en una sola fe? Ninguna desviación fortuita por tantas personas hubiera podido resultar en que todas estuvieron de acuerdo. Si las iglesias hubieran caído en errores doctrinales, ciertamente tuvieran hoy varias enseñanzas. Ahora bien, cuando lo que les fue encomendado [esto es, la fe cristiana] se halla entre ellos unido y de acuerdo, no puede ser que resulte de error, sino de preservar lo establecido desde la antigüedad.”8

Yo no puedo burlarme del argumento de Tertuliano. Si las iglesias se hubieran apartado de la única fe verdadera predicada por los apóstoles, ¿cómo es posible que todas resultaran enseñando lo mismo? En ese tiempo, no había ningún papa, ni jerarquías eclesiásticas, ni concilios mundiales, ni seminarios, ni siquiera impresos. No había ninguna manera de diseminar enseñanzas erróneas en todas las iglesias. No había ni siquiera un credo que fuera usado en todas las iglesias de los siglos dos y tres. Cada congregación tenía su propia declaración de doctrina cristiana. Entonces, ¿en qué manera hubieran podido estas iglesias llegar a las mismas interpretaciones y prácticas si no es que siguieron fielmente lo que les fue enseñado por Pablo y los demás apóstoles? Y notemos una cosa más. Trescientos años después de la muerte de Cristo, los cristianos formaban un cuerpo unido. Pero, trescientos años después de la Reforma, los cristianos estaban divididos entre centenares de grupos y sectas disidentes. ¿No deberemos aprender algo de este hecho?

Andaban en las pisadas de Jesús

Un amigo que oyó que yo estaba estudiando los escritos de los cristianos primitivos me escribió una carta en que me dijo: “Yo tengo una teoría. La manera de conocer la autenticidad de los que se conocen como ‘padres de la iglesia’ es comparar sus ideas y su vida con lo que vemos en Jesús y sus discípulos.” Yo sabía que él tenía razón. Difícilmente sostuviéramos que los cristianos primitivos guardaban las enseñanzas apostólicas si sus vidas contradijeran los fundamentos enseñados por Jesús y los apóstoles.

Pero, como ya hemos visto, los cristianos primitivos vivían de acuerdo a las enseñanzas de Jesús y los apóstoles en una manera muy literal. Sus vidas reflejaban su lealtad a Jesús.

¿Qué dijo Jesús acerca de sus enseñanzas?

Por fin, y como punto más importante, tenemos el testimonio de Jesús mismo acerca de estos cristianos. Al final del primer siglo, él evaluó a siete iglesias y dejó escrito su evaluación en el libro de Apocalipsis. Muy pocos años separaron este libro escrito por Juan de los primeros escritos que he citado en este libro. Lo cierto es que las cartas de Ignacio y Clemente de Roma probablemente se escribieron antes que Apocalipsis.

En el libro de Apocalipsis, ¿qué dijo Jesús a estas siete iglesias representantes de las demás? ¿Las reprendió por sus doctrinas falsas? ¿Les censuró porque creían que las obras tienen que ver con la salvación? No. Muy al contrario.

Les exhortó que aumentaran sus obras. Dijo a la iglesia en Sardis que sus obras no eran completas. Pero no dijo nada a ninguna iglesia acerca de sus doctrinas fundamentales. Su censura más importante contra estas iglesias era que daban lugar entre ellos a algunos maestros inmorales y a las personas que los seguían. Y este problema sí se remedió en el segundo siglo.

No hay nada en los mensajes de Jesús a las siete iglesias que nos hiciera creer que ellas enseñaran doctrinas falsas. Como ya dije, Jesús no reprendió en ningún punto a la iglesia de Esmirna, iglesia donde Policarpo era el obispo. ¿Qué medida de aprobación mayor que ésa pudieran recibir? Agradaban a Dios.

Pero si los cristianos primitivos no cambiaron las enseñanzas de los apóstoles, ¿quién las cambió?

BIBLIOGRAFIA

  • 1.  Tertuliano, Prescription Against Heretics, capítulos 6, 21.
  • 2.  Ireneo, Heresies, tomo 3, prefacio y capítulo 1.
  • 3.  “Estas cosas se escribieron acerca de Santiago, quien se dice ser el autor de la primera epístola llamada católica. Pero se observa que ella se disputa; por lo menos, no muchos de los antiguos hacen mención de ella.” Eusebio, History, libro 2, capítulo 23.
  • 4.  Lutero, Works of Martin Luther—The Philadelphia Edition, traducido por C. M. Jacob, tomo 6: Preface to the New Testament (Grand Rapids, MI, E.E. U.U.: Baker Book House, 1982), pp. 439-444.
  • 5.  Arquelao, Manes, capítulo 40.
  • 6.  La iglesia del tercer siglo tenía una estructura eclesiástica más rígida que la iglesia del segundo siglo. También el papel de los obispos en la iglesia se había hecho más importante, y él de los demás ancianos se había declinado algo.
  • 7.  Ireneo, Heresies, tomo 3, capítulo 4, sección 1.
  • 8.  Tertuliano, Heretics, capítulos 27, 28.

Acerca de unidoscontralaapostasia

Este es un espacio para compartir temas relacionados con la apostasia en la cual la Iglesia del Señor esta cayendo estrepitosamente y queremos que los interesados en unirse a este esfuerzo lo manifiesten y asi poder intercambiar por medio de esa pagina temas relación con las tendencias apostatas existentes en nuestro mundo cristiano.
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