ALGUNOS CONVENCIMIENTOS CRISTIANOS (III)

Angel Bea

leyendo biblia“Estando convencido de esto, que el que comenzó la buena obra en vosotros, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Fl.1.6)

3.- El convencimiento de que la obra de Dios en nosotros es buena.

Este es el tercer convencimiento del apóstol –y el nuestro-: que la obra de Dios en nosotros es buena. No podía ser de otra manera. ¿Por qué? Pues, sencillamente, porque Dios es bueno. Eso es algo que se repite en toda la Escritura, una y otra y otra vez: “Porque Yawéh es bueno; para siempre es su misericordia”; “Gustad y ved que es bueno Yawéh; dichosa la persona que confía en él” (Sal.34.8)

De Dios no puede salir nada malo, sucio o perverso. De ahí que después que la creación fue concluida, “vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí era bueno en gran manera” (Gé.1.31) Tal es el Creador, tal su creación. El mismo ser humano formaba parte de esa primera creación. Más aún; era la corona de la creación; la máxima expresión del carácter moral y espiritual de Dios. No en vano dice la Escritura que el ser humano “fue creado a imagen de Dios” (Gé.1.26-27) Por tanto, “bueno –también- en gran manera”:

“Todo lo hizo –Dios- hermoso en su tiempo…”; “He aquí, solamente esto he hallado: que Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones” (Ecl.3.11; 7.29)

La primera creación era buena, pero se malogró, tal y como dice la segunda parte del versículo mencionado arriba. Es precisamente por esa razón que se hizo necesaria una intervención divina para recrear o regenerar lo que se había perdido.

Así que, Dios puso mano a la obra y en eso está: “El que comenzó en vosotros la buena obra…”. Ahora, ¿en qué sabemos que es buena? ¿Cuál es el proceso y los resultados en virtud de los cuales podemos constatar su obra buena en nosotros?

La “buena obra” de Dios, él la lleva a cabo en los creyentes por su Espíritu Santo y se llama “obra santificadora” (2ªTes.2.1413; 1ªP.1.2,22) Este término extraña mucho a los que no conocen la Biblia y suele ser menospreciado por ellos, al asociarlo con “lo religioso”, e incluso nos atrevemos a decir que muchos llamados “cristianos evangélicos” tampoco lo entienden, ni sabrían explicar qué relación tiene con su fe.

La palabra santificar, tiene varios significados: apartar, separar, purificar, dedicar, consagrar.   Así que por medio de la santificación, Dios lleva a cabo su buena obra en nosotros, para separarnos y apartarnos para él. Pero eso no sucede sin que a la vez, se vaya produciendo una purificación, una limpieza interior por la que podamos ser capacitados  para acercarnos a Dios. De otra forma, tal acercamiento es imposible. Ese “trabajo”, es llevado a cabo por el Espíritu Santo y por la Palabra de Dios. El Espíritu y la Palabra llevan a cabo una obra iluminadora en el individuo, alumbrando el entendimiento y limpiando  la mente de ideas, conceptos y pensamientos equivocados, llevando a cabo Su obra santificadora. Así Dios, nos va limpiando y apartando para él. Todo lo cual, tiene de fondo y como base, la obra expiatoria y redentora de Jesucristo en la cruz.

La primera y mejor ilustración que tenemos, la tomamos de los evangelios. Los discípulos de Jesús, eran cada uno de un trasfondo familiar y social diferente, con temperamentos y caracteres muy dispares; pero muy parecidos en su forma de ser como seres humanos caídos. Cuando leemos los evangelios de corrido, no nos damos cuenta cómo Jesús llamó y unió a un grupo de hombres tan diferentes para trabajar en ellos y con ellos; pero los resultados fueron maravillosos. ¿Cómo lo hizo? A través de su relación con ellos. Por su palabra fueron instruidos, enseñados, confrontados, corregidos y exhortados muchas veces: en su forma de hablar, de actuar y en sus malas actitudes. Esa es la función de la Palabra de Dios en nosotros: 2ªTi.3.16-17. Ellos eran sectarios (Luc.9.49-50); egocéntricos, ególatras y con afán de mandar y dominar a los demás (Marc.10.35-45); insensibles (18.15); algunos eran violentos (J.18.10-11); sexistas (J.4.27); vengativos (Luc.51-56);  miedosos hasta la negación y la traición (Luc.22.54-62)

Por cierto, muy parecidos a nosotros ¿verdad? Así somos los seres humanos desde la caída.

Sin embargo, hacia el final de sus tres años de ministerio, el Señor les dijo: “más vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado” (J.15.3) ¿Que estaban “limpios”? ¿Qué había pasado? Pues, sencillamente, que la obra del Señor había sido buena para con ellos y habían sido transformados.

Pero eso no sucedió automáticamente. Al principio se habían establecido las bases de una relación Maestro-discípulos. Se hace difícil aprender de Dios si no tomamos en cuenta esta relación con el Señor. De ahí la necesidad de enfatizar el discipulado en la vida cristiana. Más aún, sin discipulado no hay vida cristiana auténtica. Habrá vida religiosa, pero la vida de Dios nunca ha fluido a través de la gente “religiosa”. Punto.

Una vez establecida esa base hemos de reconocer que los seres humanos somos duros de corazón para oír la Palabra que viene de Dios. De ahí el énfasis que ponía Jesús en cómo oían sus discípulos: “Haced que os penetren bien estas palabras en vuestros oídos” (Luc.9.44; Mat.7.21-23; Mat.13.9)  Fue un proceso, pero la buena obra  de Dios  fue llevada a cabo con éxito en ellos. Al final en su oración intercesora al Padre, Jesús dio la razón de dicho éxito:

“Porque las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron y han conocido verdaderamente que salí de ti y han creído que tú me enviaste” (J.17.8) “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (J.1717)

La obra de Dios en ellos, produjo fe y esa fe en su Palabra les llevó a la transformación. Así es también con nosotros. No hay otra forma. Dios tiene que llevar a cabo una obra en los seres humanos si hemos de ser atraídos hacia él y entrar en su reino.  Por esa obra somos limpiados y apartados para Dios y hemos de enfatizar que ¡esa obra es buena!

Desde hace unos tres años, un hombre de nuestra comunidad experimentó la buena obra de Dios en su vida y fue santificado y apartado para Dios (al igual que otros muchos). Su amplio currículum delictivo de atracos a bancos y  manejo con la droga, le llevó a la cárcel. Él llevaba recorriendo las prisiones del territorio nacional por 16 años. En esas condiciones, él perdió todo en la vida, esposa, hijos, hermanos. Él se encontraba sólo, amargado y lleno de odio. No era fácil el trato con él, pues a la primera de cambio, saltaba contra quien fuera. Su salud mental no es que estaba en peligro, ¡estaba seriamente dañada! En sus palabras, él dice: “Yo estaba loco y todo el mundo me tenía miedo en la prisión”.

Sin embargo, después de tantos años experimentó la buena obra de Dios en su vida. Oyó de Jesucristo por la predicación y el testimonio de los hermanos y hermanas que van a prisión. El Espíritu Santo obró en él y la Palabra de Dios hizo su obra santificadora en su vida. Fue limpiado de todo lo feo y odioso que había en él. Así reconoció en Jesús al Señor y Maestro de su vida. La obra de Dios en él era “en gran manera buena” (Gé.1.31). Él “experimentó” y “gustó” que el Señor es bueno y “la dicha” de confiar en un Señor tan bondadoso y misericordioso (Salmo 34.8).

Como consecuencia, se le fue el odio que le poseía y su rostro cambió expresando paz, gozo y armonía. Su conversación también cambió y el trato con los demás ¡ni color!. He pensado muchas veces que nuestro querido hermano fue como aquel endemoniado gadareno, que fue liberado y sanado por el Señor, quien estando en una condición tan lamentablemente ruinosa, por la buena obra liberadora del Señor  fue sanado recuperando  “su juicio cabal” (Mr. 5.15)

La gente que le conoció se asombra y aunque hay cosas que se perdieron en el camino y que no ha podido recuperar, sí  ha podido recuperar a su familia: sus hijos y hermanos están asombrados gozosos de ver a su padre y hermano “que se había perdido, ha sido hallado”  y recuperado por la gracia de Dios (Luc.15.32). Mientras, él no pierde el tiempo; puesto que, “de gracia habéis recibido, dad de gracia” (Mat.10.8). Así, sigue las indicaciones que el Señor dio a aquel endemoniado gadareno de los evangelios:  “cuenta las grandes cosas que el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido  misericordia de ti” (Mr.5.19) Trabaja como voluntario en una organización de ayuda a los necesitados; cuida de un hombre inválido en determinados momentos de la semana y del cual es su amigo personal.

¿Qué ha pasado en él? Que ha experimentado la buena obra de Dios en su vida. Y esa buena obra siempre bendice, limpiando, transformando y haciendo bien a la persona y, a través de ella, en el entorno donde se desenvuelve.

 

Pero sería un error pensar que sólo las personas como nuestro hermano y amigo, son las que necesitan la buena obra de Dios en sus vidas. Hay delincuentes y ladrones de guante blanco, que se lo llevan crudo, aprovechando sus posiciones como políticos, administradores de cuentas de partidos políticos o, simplemente, aprovechando (supuestamente) el parentesco con gente “intocable” por su posición privilegiada, como es el caso (supuestamente y hasta que se demuestre lo contrario) del apuesto y elegante cuñado del flamante Rey de España (de momento, a esperar; veremos en qué queda todo eso). El hecho de que por medio de argucias y mentiras disfrazadas de legalidad les eximan y queden libres de toda responsabilidad, en caso de que sean culpables, eso  no les va a justificar delante de un Dios que todo lo sabe, todo lo ve y todo lo oye. Luego, hay adúlteros (o adúlteras) que engañan a sus cónyuges y como el que “se limpia la boca”, dicen como la mujer ramera de Proverbios: “no he hecho mal” (Prov.30.20)

Todos aparecen como “buenas gentes”, “educados y atentos”. Sin embargo, Dios ve hasta lo más profundo de sus corazones y su interior es “como sepulcros, llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia” (Mat.23.27). Pero en base a la palabra de Jesús, podemos decir que muchos desgraciados y menospreciados de la sociedad que están en prisión (o fuera de la prisión) están más cerca del reino de Dios que aquellos. No nos quepa duda.

Pero dicho sea de paso: ni tú ni yo éramos, seguramente, como nuestro querido hermano y amigo salido de la doble prisión en la cual se encontraba; no éramos delincuentes ni pasamos nunca por la prisión, ni llegamos a experimentar los dolores y los estragos del pecado como él (y como otros muchos); ni seguramente, tampoco hemos sido adúlteros, ni borrachos, ni maltratadores, ni tampoco estafadores. ¿Verdad? Sin embargo, tú y yo sabemos que también necesitábamos de esa buena obra de Dios en nuestra vida. Porque en el fondo, no éramos –ni somos- mejores que los mencionados ni que nuestro amigo-milagro. La Biblia lo dice y tú y yo lo sabemos: que si no hubiera sido por esa buena obra  de Dios, estaríamos tan perdidos como lo estaba  nuestro amigo. Solo que nuestra verdadera condición y estado carcelario sería el interior y  estaríamos bien disfrazados por la apariencia de la “buena educación”, nuestras “buenas maneras” y nuestras “buenas obras” que nos harían aparecer ante los demás, seguramente,  como “buenas personas”. Pero nada de eso tiene verdadero valor. Ahora sí; ahora podemos decir como el apóstol Pablo:

Estando convencido de esto, que el comenzó en vosotros -nosotros- la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Fil.1.6)

 

Ángel Bea

 

(Como no he pedido permiso, no he puesto el nombre del “milagro andante” que es nuestro hermano mencionado. Cuando llegue el momento si él quiere hacerlo, que él mismo lo haga)

 

Acerca de unidoscontralaapostasia

Este es un espacio para compartir temas relacionados con la apostasia en la cual la Iglesia del Señor esta cayendo estrepitosamente y queremos que los interesados en unirse a este esfuerzo lo manifiesten y asi poder intercambiar por medio de esa pagina temas relación con las tendencias apostatas existentes en nuestro mundo cristiano.
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