GRACIA OTORGADA DESDE LA CRUZ

ANGEL BEA·

familia y cruz“…y uno de los malhechores le injuriaba, diciendo: si tu eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros. Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; más éste ningún mal hizo. Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Luc.23.32-43)

Llama poderosamente la atención el hecho de que uno de los ladrones crucificados al lado de Jesús reconociera al Señor en aquella situación, como alguien que tenía un reino y que dicho reino se manifestaría en el futuro. La frase no se presta a equívocos: “Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”. El otro ladrón actuaba como cualquiera hubiera actuado, dada la situación de Jesús colgado en la cruz: “Si tú eres el Cristo -el Mesías-, ¿qué haces ahí colgado?; ¡bájate de la cruz! ¡libérate a ti mismo y libéranos también a nosotros!”.

Sin embargo hubo algo que el otro ladrón percibió que estaba oculto a su “colega”. ¿Qué fue y por qué lo vio? Hubiera sido fácil creer en Jesús cuando dio de comer a las 5000 personas, o cuando su ministerio estaba en su apogeo, realizando sanidades y milagros; pero ¿colgado en la cruz, donde se manifestaba su más terrible debilidad e impotencia, desde el punto de vista humano?. Esto es muy importante tenerlo en cuenta, porque los milagros no garantizan por sí mismos la fe de nadie. Al contrario, ya que con Jesús así sucedió (Mt.11.20-24)

Esto nos recuerda que en otra ocasión Jesús preguntó a sus discípulos qué pensaba la gente de él; qué decían acerca de su persona. Ellos contestaron dando diversas opiniones. Pero al final, Jesús los enfrentó a ellos: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo el Hijo del Dios viviente”. Entonces, Jesús le dijo que esa conclusión a la que Pedro había llegado, era por revelación de Dios el Padre: “no te lo reveló carne ni sangre –es decir, de persona alguna- sino mi Padre que está en los cielos” (Mat.16.13-17)

El hecho de que en esta ocasión Jesús reconociera como una revelación del Padre a Pedro sobre su persona, no significa que no lo fuera también en relación con el ladrón en la cruz. Más todavía: Pedro reconoció que Jesús era el Mesías, pero no alcanzó a ver su misión redentora (Mat.16.21-26) Sin embargo, el ladrón en la cruz, en unos momentos en los cuales no había evidencia alguna del poder de Dios sino de la debilidad de Jesús, no solo se reconoció merecedor del castigo recibido, sino que reconoció a Jesús como el Señor de un reino, que viviría después de la muerte y que vendría en su reino. ¡Casi nada!. Hay ahí una fe completa de parte de un hombre que estando a sólo unos minutos de su propia muerte, se encomendó al Salvador que estaba en una situación parecida; pero que de alguna manera, su fe trascendió esas limitadísimas circunstancias y se proyectó más allá de la muerte. ¿De dónde procedió dicha fe?

En un contexto de incomprensión por parte de los judíos, Jesús ya les había hecho ver s sus discípulos una cosa muy importante y es que la verdadera religión, no consiste en reglas y el hacer “buenas obras”, sino en una relación. Dicha relación comienza con Dios, quien toma la iniciativa para “enseñar” “llevar” o “traer” a las personas hacia Él mismo. Precisamente, una de las palabras más alentadoras de la Escritura puestas en boca de Jesús es esta: “Escrito está en los profetas: y serán todos enseñados por Dios. Así que todo aquel que oyó al Padre y aprendió de él viene a mí” (J.6.45) Dios no fuerza a nadie; pero su obra se hace sentir en los corazones de tal manera, que las personas recibimos certidumbres con respecto a la obra de su gracia. Es por esa certidumbre que proporciona la fe en lo que Dios mismo nos enseña, que la persona se abandona en los brazos de su Salvador: “Acuérdate de mí, cuando vengas en tu reino”. La respuesta del sufriente Salvador no se hizo esperar: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”. (V.43)

Uno se pregunta cuántas y cuántas personas en situaciones de mucho sufrimiento, habrán “descubierto” a Dios y le han llegado a conocer de una manera más real que otras que estando llenas de “religión” (más bien, religiosidad) no han percibido todavía. El caso del ladrón perdonado y recibido por el Señor Jesús, contrasta de forma evidente con todo el régimen sacerdotal instituido en Jerusalén y causante de la muerte de Jesús. Pero también nos preguntamos sobre cuántas personas enfermas y/o en el lecho de muerte, cuando nadie, excepto Dios las veía, (las ve) habrán echado mano de la revelación especial que tenían (mucha o poca) y han clamado: “Señor, soy un gran pecador; perdóname… acuérdate de mí; ¡no sé dónde voy!; ¡estoy angustiado! ¡recíbeme en tu reino!”. Cuántos, con una débil fe, -como la mujer del evangelio- se habrán acercado “por detrás” para “tocar el borde del manto de Jesús”, porque pensaron que si tan solo lo “tocaban” recibirían liberación de sus culpas y la sanidad para su alma.

Quiero pensar que esos dos ejemplos son orientativos para nosotros, y que se han repetido miles y miles (¡y millones!) de veces a lo largo de la historia. Que la gracia de Dios salta por encima de nuestras percepciones, esquemas y condicionamientos humanos, para, finalmente, “buscar -encontrar- y salvar a lo que se había perdido” (Lc.19.10). Pienso que si el Señor proveyó de tal certidumbre de fe, desde la cruz, al ladrón, ¿por qué no iba a hacerlo con todo aquel que clama a Él, guiado por su misma gracia, en vista de que “las riquezas de su bondad, paciencia y longanimidad… te guían al arrepentimiento”?; ¿No está también escrito: “Y todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo”? (Rom.2.4; 10.13; Hech.2.21) ¿Y acaso Dios ha dejado de ser fiel a lo que ha prometido?.

Por otra parte, es más posible que la persona que sufre se identifique más con ese parte de la obra salvadora de Cristo que es su muerte en la cruz, que con la resurrección. Su muerte antecede a la resurrección. Es la muerte de Cristo donde él carga con nuestras miserias, sufrimientos, pecados, aflicciones, etc. Es en los sufrimientos y muerte de Cristo donde nosotros sentimos que Dios se identifica y nos acompaña en nuestros sufrimientos, miserias morales y espirituales y la condenación que nos acarrean… Es a través de la muerte de Cristo que se hace remisión por nuestros pecados (Is.53.1-12); mientras que por la resurrección y el poder del Espíritu Santo, se reivindica la muerte de Cristo en su carácter redentor y hace eficaz en nosotros esa tan grande salvación. Por eso, la gracia de Dios nos es otorgada desde la cruz (la muerte) de Cristo, al igual que al ladrón que clamó al Señor, porque ella es la fuente de una salvación completa, ya que, “sin derramamiento de sangre, no hay redención de pecados”. (He.9.22) Y si tenemos la fuente de nuestra salvación a nuestra disposición, ¿por qué tardarse en acudir a ella?

Ángel Bea

Parte de un himno antiguo:

Al mundo impío Dios amó/ Perdido en su maldad/ Y a gran precio le salvó/ De buena voluntad/ ¡Oh que amor! ¡Qué inmenso amor!/ No hay otro amor así/ Dios desde el cielo al Salvador/ Envió a morir por mí/ Y ahora es mío por la fe/ El don de Dios Jesús/ Mi redención por sangre fue/ La sangre de la cruz.

 

Acerca de unidoscontralaapostasia

Este es un espacio para compartir temas relacionados con la apostasia en la cual la Iglesia del Señor esta cayendo estrepitosamente y queremos que los interesados en unirse a este esfuerzo lo manifiesten y asi poder intercambiar por medio de esa pagina temas relación con las tendencias apostatas existentes en nuestro mundo cristiano.
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Una respuesta a GRACIA OTORGADA DESDE LA CRUZ

  1. Pamc Pamc dijo:

    DIOS los bendiga y guarde en nuestro SEÑOR JESUCRISTO hermanos, gracias por los artículos.

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