RESENTIMIENTOS Y PERDÓN

Juan Carlos Oyuela

En la convivencia diaria son inevitPERDON, RECONCILIACIONables los roces y las diferencias con las demás personas. De forma voluntaria o inadvertida, a veces padecemos heridas y agresiones. Con alguna frecuencia escuchamos palabras ofensivas, somos objeto de omisiones y faltas de atención, recibimos miradas despectivas o desprecios que nos golpean.
El resentimiento es una de las heridas más profundas que puede padecer una persona. Veneno que pone a prueba nuestra caridad y paciencia. Llaga persistente que puede quitar la paz y la alegría. Muro que nos distancia de los demás. Mal sentimiento que puede amargar la vida de una persona.
La dificultad de reconocer abiertamente y con sinceridad que albergamos cierto rencor hace de los resentimientos llagas difíciles de curar. En la raíz de todo resentimiento está una ofensa real o imaginaria. Dando vueltas y revueltas a un pequeño desaire, por ejemplo, podemos convertir una gota de agua en una tormenta.
Además de la imaginación desbocada, alguien demasiado centrado en sí mismo puede pensar que todo lo que hacen los demás va en su contra. Una persona sentimental, incapaz de dominar sus emociones, reaccionará siempre de forma desproporcionada ante el más pequeño estímulo negativo. Se vuelve entonces un persona difícil de tratar con una susceptibilidad casi enfermiza que hace falta tratar con pinzas para no incomodarla.
Añadamos a lo anterior una personalidad insegura, débil, y tendremos a alguien que por temor constante a ser agredido, ignorado o rechazado, convertirá las pequeñas ofensas del día a día en resentimientos similares a cuchillos clavados en el alma.
El resentimiento es un sentimiento. Como tal, capaz de ser orientado y controlado. Es el dolor por una ofensa rumiada una y otra vez. Tristeza o enojo agrandado por culpa propia. Humillaciones mal digeridas, que la memoria se encarga de traer al presente una y otra vez.
Son heridas abiertas en lo profundo del alma, no curadas, infectadas, que provocan sufrimiento. Los que padecen este mal casi siempre se vuelven personas amargadas y eternamente enojadas con todos y por todo. Algunos sus efectos son la frustración, la tristeza y la amargura. Son peso muerto que daña y nos hace vulnerables. Lo peor de todo es que muchas veces percibimos sus efectos dañinos, deseamos sanarnos pero si achacamos la culpa en los demás, cerramos la puerta al perdón. Nos despegaremos de los resentimientos cuando reconozcamos con sinceridad la parte de culpabilidad propia al reaccionar indebidamente ante las ofensas.
A veces, el resentimiento viene acompañado de rencor y deseos de venganza. Si por cualquier razón no existe posibilidad de desquitarse con el agresor, es fácil que la ira, aparentemente inmotivada, se dirija a otras personas inocentes, actuando como efecto dominó de consecuencias nefastas. En su libro “Del resentimiento al perdón”, el P. Francisco Ugarte dice que “el resentimiento es un veneno que me tomo yo, esperando le haga daño al otro”. Un completo sinsentido.
Para sanar los resentimientos hemos de usar la inteligencia y la voluntad. Aprender a disculpar o perdonar empleando la inteligencia para tener a raya los sentimientos y valorar con realismo las ofensas. La voluntad nos ayudará para decidir no retener y desprendernos de los agravios, sin exagerarlos y evitar que crezcan. Nadie podrá herirte si tu no lo permites.
El resentimiento se supera mediante el olvido de sí mismo. Cediendo el centro de nuestra vida a Dios y los demás. Mediante el servicio desinteresado mantendremos nuestro amor propio en niveles manejables. También hemos de esforzarnos por controlar nuestras emociones. Aprender a ser realistas y no dejar a la imaginación deformar nuestros juicios haciendo valoraciones falsas.
Ayuda mucho también una adecuada valoración personal. Conocer nuestros defectos pero también nuestras cualidades para apoyarnos en ellas. Ser agradecidos para reconocer los dones gratuitos e inmerecidos que poseemos. El agradecimiento nos ayudará a contentarnos con el poco o mucho reconocimiento que recibamos. Caeremos en la cuenta que casi siempre recibiremos más de lo que merecemos.
También hemos de fortalecer la voluntad para aprender el arte del autodominio personal. Para una voluntad fuerte será más fácil decidir perdonar y olvidar.
Aprender a ver en las demás a personas similares a nosotros, imperfectas, necesitadas de ayuda y comprensión. Acudir a Dios para que nos dé un corazón grande y generoso. Pedirle la gracias de saber perdonar es desde todo punto imprescindible ya que solos nada podemos.
Acostumbrarnos a disculpar nos facilitará el trabajo. Nos puede servir seguir el consejo de san Bernardo: «Aunque vierais algo malo, no juzguéis al instante a vuestro prójimo, sino más bien excusadle en vuestro interior. Excusad la intención, si no podéis excusar la acción. Pensad que lo habrá hecho por ignorancia, o por sorpresa, o por debilidad. Si la cosa es tan clara que no podéis disimularla, aun entonces procurad creerlo así, y decid para vuestros adentros: la tentación habrá sido muy fuerte».
Perdonar es un acto de la voluntad que decide cancelar la deuda moral para con nosotros debida a una ofensa. Decidir dejar de odiar es un acto de la voluntad. También es un acto voluntario escoger desprenderse de los malos sentimientos, renunciar a vengarse y ser comprensivos.
Perdonar es un acto de amor y de misericordia. Perdonar requiere un corazón que pida a Dios ayuda para cambiar el dolor por la compasión generosa. Del mismo modo que nosotros ofendemos y herimos a los demás, los demás también lo harán. Es entonces cuando debemos ejercitar la comprensión. Solamente él se sabe necesitado del perdón por sus errores y equivocaciones, reales, se vuelve capaz de perdonar.
Aun con todo lo anterior, la decisión de perdonar no curará inmediatamente la herida del resentimiento. Será necesario renovar el deseo de perdonar cada vez que venga a nuestra memoria el dolor de la ofensa recibida. Renovar el perdón hará que el paso del tiempo y la humildad vayan curando los resentimientos.
Si alguien nos hizo daño también hemos de tener la prudencia de no colocarnos nuevamente en ocasión de recibir otra ofensa. Procurar evitar estar a la defensiva, pero atentos para no repetir los errores del pasado.
Perdonar de corazón nos libera de los resentimientos. Nos lleva a recuperar la paz perdida ante las ofensas, nos libera de tantos fantasmas del pasado y nos acerca a la felicidad. Perdonando recuperaremos el control de nuestra vida y la confianza en los demás. Nos ayuda a dar segundas, terceras y enésimas oportunidades tan necesarias en el auténtico amor y amistad.
Sobre todo, nos acercamos más a Dios que nos pidió repetir en el Padrenuestro: “perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Por la senda del perdón descubriremos que por mucho que perdonemos, Dios siempre nos perdonará mucho más.

Algunas ideas tomadas del folleto “Del resentimiento al perdón del P. Francisco Ugarte”. Escrito con motivo del inicio del Año de la Misericordia el próximo 8 de diciembre.

Tegucigalpa, 5 de diciembre de 2015
Juan Carlos Oyuela
@jcoyuela
http://www.eticaysociedad.org

 

Acerca de unidoscontralaapostasia

Este es un espacio para compartir temas relacionados con la apostasia en la cual la Iglesia del Señor esta cayendo estrepitosamente y queremos que los interesados en unirse a este esfuerzo lo manifiesten y asi poder intercambiar por medio de esa pagina temas relación con las tendencias apostatas existentes en nuestro mundo cristiano.
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