LA AUTORIDAD APOSTÓLICA (6)

autoridad-apostolicaPor FRANK A. VIOLA . Traducido al Castellano por José Antonio Septién

Si bien una discusión completa del ministerio del apóstol está más allá del alcance de este libro, el tratamiento que doy al tema de la anatomía de la autoridad apostólica me lleva a afirmar que los apóstoles todavía existen hoy en día. Sin duda, los doce apóstoles tienen un lugar único en la economía de Dios. (Luc. 22:30; Ap. 21:14). (Los doce incluyen a Matías, que reemplazó a Judas Iscariote –Hech. 1:26).

Sin embargo, la Escritura menciona a otros apóstoles aparte de los doce.  Pablo y Bernabé (Hech. 14:4,14; 1 Cor. 9:1-6), Jacobo, el hermano del Señor (Gál. 1:19), Timoteo y Silas (1 Tes. 1:1; 2:6) son solamente algunos de los apóstoles que aparecen en las páginas del NT.

El ministerio apostólico, por lo tanto, continuó después de la muerte de los doce apóstoles originales.  Este ministerio no desapareció después del primer siglo, ni fue transmitido formalmente a través de una jerarquía institucional.

Mientras que los apóstoles contemporáneos no están produciendo Escritura, todavía están comisionados Divinamente para edificar el Cuerpo de Cristo (1 Cor. 12:28-29; Efe. 4:11). La obra principal de un apóstol es levantar iglesias. Esto no significa que una iglesia no puede nacer sin la mano de un apóstol. Las iglesias de Antioquia de Siria, Cesárea, Tiro y Tolemaida no parecen haber sido fundadas por alguno.

Pero todas estas iglesias recibieron ayuda de un obrero apostólico después de su nacimiento. De hecho, cada iglesia que se menciona en el NT fue plantada o grandemente ayudada por un obrero apostólico.

Los obreros apostólicos no establecen misiones, denominaciones, grupos célula, organizaciones paraeclesiásticas o “iglesias” institucionales.  Ellos plantan solamente ekklesías que están cimentadas y sostenidas por Jesucristo -el Arquitecto Principal de la iglesia (1 Cor. 3:6-15).

Los obreros apostólicos son hermanos que poseen dones y que están comisionados especialmente por Dios para realizar este trabajo (Rom. 1:1; 1 Tim. 2:7; 2 Tim. 1:11). Éstos son aprobados y enviados a la obra por los creyentes, quienes les conocen íntimamente. Considere Hech. 13:1-4:

Había en la iglesia que está en Antioquia, PROFETAS Y MAESTROS:  Bernabé, Simón (el llamado Negro), Lucio (el cireneo), Manaén (colactáneo de Herodes el tetrarca), y Saulo.  Estando éstos ministrando al Señor y ayunando, dijo el Espíritu Santo: APARTADME a Bernabé y a Saulo para LA OBRA a la que los he llamado.  Entonces, habiendo ayunado y orado, les impusieron las manos y LOS DEJARON MARCHAR. Así que ellos, ENVIADOS POR EL SANTO ESPÍRITU, bajaron a Seleucia, y de allí navegaron a Chipre.

La comisión de un obrero apostólico es personal, pero el ser enviado es corporativo.  Un obrero apostólico es, por lo general, un maestro, profeta o evangelista que ha sido llamado directamente por Dios a una obra regional. También es enviado públicamente por un grupo de creyentes locales.

Es esta comisión interna y separación externa lo que constituye a un obrero apostólico.  Los obreros también pueden ser enviados por un obrero de más edad que los aconseja –1 Cor. 4:17; 2 Cor. 8:16-23; 12:18; Efe. 6:21-22; Col. 4:7-8; 1 Tes. 3:1-2; 2 Tim. 4:12; Tito 3:12-13).

De modo significativo, la palabra griega apóstolos, que se traduce “apóstol”, literalmente significa uno que es enviado.  Por consiguiente, el NT no dice absolutamente nada acerca de un apóstol que se auto nombra o se envía a sí mismo.

Los obreros apostólicos, en el sentido Neotestamentario, son los que son enviados. Constituyen un grupo de gente itinerante y móvil, que evalúan la cultura, proclaman el evangelio, plantan y nutren ekklesías.  Cómo realizan estas tareas y cuánta autoridad poseen son temas que consideraremos en este capítulo.

La Cuestión de la Cobertura Apostólica

La noción de la “cobertura apostólica” es semejante a la de “cobertura denominacional”, pero con un matiz propio.  Dicha enseñanza sostiene que una iglesia está protegida del error doctrinal si se somete a un apóstol contemporáneo (= uno que planta iglesias).  Esto se basa en la idea de que los obreros apostólicos tienen autoridad oficial para controlar y dirigir los asuntos de una iglesia.

La Biblia, sin embargo, se opone a esta idea. En ninguna parte del NT encontramos que un apóstol haya asumido la plena responsabilidad de una iglesia local, una vez que el fundamento ha sido puesto completamente. Antes bien, los apóstoles del NT reconocían y respetaban la autonomía espiritual de cada iglesia una vez que estaban establecidas.

Es cierto que la iglesia estaba en las manos del obrero durante el tiempo en que ponía el fundamento, pero la responsabilidad quedaba en las manos de la iglesia cuando éste se marchaba. ¡Y siempre se marchaba!

Al principio de la vida de una iglesia, la carga de la supervisión pertenece al obrero apostólico. Ésta pasa después a los ancianos, una vez que ellos emergen. Los obreros apostólicos son responsables de sus propios  ministerios regionales. La iglesia es responsable de sus propios asuntos locales.

Una vez más, cuando un obrero apostólico da nacimiento a una iglesia, ésta está en sus manos.  Este período se asemeja a una fase de incubación.  El obrero pasa algún tiempo ministrando a Cristo a los santos y equipándoles para el ministerio.  Es  por esta razón que Pablo alquiló una casa para realizar reuniones apostólicas junto con las reuniones de la iglesia (Hech. 28:30-31).

Hizo algo similar cuando estuvo en Efeso. Llevaba a cabo reuniones apostólicas en la escuela de Tirano mientras los creyentes locales se reunían en las casas (Hech. 19:9; 20:20;  1Cor. 16:19).  Éstas reuniones apostólicas eran reuniones de la obra. Estaban planeadas para equipar a los santos para que funcionaran en la iglesia.

Pero una vez que el obrero ponía el fundamento y dejaba a los santos por su cuenta, delegaba toda la supervisión y la responsabilidad a los creyentes locales. De esta manera, los apóstoles del primer siglo nunca se establecían en una iglesia para controlar sus asuntos.  Siempre se marchaban.

Aunque Pablo algunas veces pasaba un largo periodo de tiempo plantando una iglesia (en Corinto 18 meses y en Efeso 3 años), una vez que el fundamento estaba establecido, siempre dejaba a estas iglesias por su cuenta.  Después de su partida, no se entrometía en los asuntos de la iglesia.

De la misma manera, Antioquia sirvió a Pablo como base de operaciones para sus dos primeros viajes apostólicos. Sin embargo, no ejerció ningún dominó sobre los asuntos de esta iglesia mientras estuvo allí.   En Antioquia, Pablo era simplemente un hermano respetado. No era un apóstol para esa iglesia.

Esto explica por qué el NT menciona a los ancianos de Efeso, los ancianos de Jerusalén, los supervisores de Filipo, etcétera, pero nunca menciona a los apóstoles de esos lugares.  Aunque los doce residían en Jerusalén como base de operaciones para su ministerio durante las épocas iniciales de la existencia de la iglesia, el NT jamás los llama “los apóstoles de Jerusalén”. Sin embargo, el ministerio de los obreros apostólicos complementa el ministerio de las iglesias.

El ministerio apostólico, o “la obra” (érgon) como la Biblia lo llama (Hech. 13:2; 14:26; 15:38), existe como una entidad separada de las iglesias.  La obra es regional. Las iglesias son locales.  La obra era transitoria.  Las iglesias están establecidas.  La obra es una asociación itinerante. Las iglesias son comunidades residentes.  Los obreros apostólicos son viajeros y no colonizadores. Son pioneros, gente que siempre está en movimiento.

Un estudio cuidadoso de los viajes apostólicos de Pablo revela el hecho sorprendente de que, por lo general, pasaba muy poco tiempo con las iglesias que plantaba.  Como era su costumbre, Pablo pasaba varios meses estableciendo la planta baja de una comunidad de creyentes, sólo para dejarla por su cuenta por largos períodos de tiempo.  Siempre estaba dispuesto a darles consejo (1 Cor. 7:1). También les visitaba periódicamente para comprobar su progreso y fortalecerlas (Hech. 15:36; 18:23; 2 Cor. 12:14; 13:1),  pero no se hacía cargo de sus asuntos.

La práctica de dejar a las iglesias en su infancia nos deja ver el hecho sobrecogedor de que Pablo creía que la iglesia era un organismo viviente capaz de desarrollarse por sí mismo, por el poder de la vida de Dios.  Sabía que cuando dejaba una iglesia, el Espíritu se quedaba con ella.

Al mismo tiempo, las iglesias que Pablo plantaba recibían ayuda de otras iglesias (Hch. 16:2; 1 Tes. 1:7-8). También estaban en contacto constante con él.  De hecho, aún después de doce años, la iglesia en Filipo todavía necesitaba el ministerio espiritual de su apóstol fundador (Fil. 1:23-27).

Es absolutamente esencial que las modernas iglesias que se reúnen por las casas reciban el ministerio de los obreros apostólicos para que les ayuden. Cuando una iglesia no abre sus puertas para obtener ayuda exterior y se juzga a sí misma “autosuficiente” por completo, sufrirá una tremenda pérdida.  Las iglesias por las casas no deben aislarse y convertirse en isletas que viven para sí mismas. Hacer esto es cometer un suicidio espiritual (vea mi libro Así que, ¿Quieres Comenzar una Iglesia Por las Casas? para mayores detalles ).

La obra existe a favor de las iglesias -no para su propio beneficio. De hecho, la obra produce iglesias. Al mismo tiempo, las iglesias producen obreros.  (En el siglo I, cada apóstol, en primer lugar, era un hermano digno de confianza y bien conocido en la iglesia, antes de ser enviado). La obra nunca debe rivalizar, sustituir o eclipsar a la iglesia, porque la meta de la obra es establecer y fortalecer a las iglesias.

En una palabra, los apóstoles son responsables de plantar y nutrir a las iglesias en muchos lugares diferentes. Los apóstoles genuinos nunca se establecen permanentemente en las iglesias que plantan, ni asumen autoridad exclusiva sobre ellas.  A este respecto, el rol pastoral moderno es una versión deformada de un apóstol estacionario. Semejante criatura es una contradicción Bíblica.

¿Plantadores de Iglesias o Suplantadores de Iglesias

Aunque los apóstoles eran siervos valiosos para las  primeras iglesias, éstos no eran usurpadores (1 Cor. 4:1).  No se conducían como presidentes ejecutivos o jefes distantes por encima de las asambleas.

Dicho de otra manera, los apóstoles del siglo primero eran plantadores -no suplantadores de iglesias.  Eran asistentes, y no aristócratas espirituales. Eran siervos, no déspotas eclesiásticos. Eran instaladores de cimientos, no celebridades de altos vuelos.  Los apóstoles del primer siglo instruían y persuadían a las iglesias, jamás las controlaban.

Mientras que hoy en día algunos han rodeado de glamour a la vocación apostólica, Pablo consideraba que los apóstoles eran “necios. . .débiles. . .sin honor. . .escoria del mundo. . .desperdicio de todos” (1 Cor. 4:9-13).  Los verdaderos obreros, por lo tanto,  no buscan la gloria.  No tratan de impresionar a la gente (2 Cor. 11:5-6; 1 Tes. 2:5-6). No buscan ganancias financieras (2 Cor. 2:17; 11:9), ni dominar las vidas de los demás (2 Cor. 1:24).

Los verdaderos obreros no ostentan credenciales impresionantes (2 Cor. 3:1-3). No afirman poseer una herencia superior ( 2 Cor. 11:21-22), ni se jactan de experiencias espirituales extraordinarias (2 Cor. 10:12-15; 11:16-19; 12:1,12).

Para Pablo, los obreros apostólicos no son elitistas espirituales que se autoproclaman o promueven a sí mismos.  Por el contrario, ¡son los que quitan con pala el estiércol después que termina el desfile! Son los que derraman  su sangre por las iglesias. Como todo líder verdadero, a los obreros apostólicos siempre se les encuentra sirviendo discretamente a cualquiera y a todos que están en necesidad.

Adueñarse del poder y ejercer la propia autoridad sobre los demás no es apostolado. Es nada más un refrito rancio de otra versión de opresión. Los verdaderos obreros son  ante todo siervos.

El sello de un verdadero obrero apostólico es sencillamente éste:  planta ekklesías según el NT que sobreviven en su ausencia (1 Cor. 9:2; 2 Cor. 3:1-2). Todo esto coincide con la práctica de Pablo  -cuyo ministerio apostólico recibe enorme atención en el NT.

En vez de utilizar metáforas imperiales, Pablo toma metáforas de la familia para describir la relación que tenía con las iglesias a las que servía. Para las iglesias, Pablo no es un señor, amo o rey. Él es como un padre, una madre y una nodriza (1 Cor. 3:2; 4:14-15; 2 Cor. 12:14; Gál. 4:19; 1 Tes. 2:7,11).

Asimismo, las alusiones persuasivas que impregnan sus cartas, muestran que trataba a las iglesias como un padre lo haría con sus hijos adultos,  y no como a niños pequeños. Como padre, daba su opinión acerca de los asuntos de la iglesia, pero no emitía decretos unilaterales.

La carta de 1 Corintios es un claro ejemplo de esta orientación. Alcanza su punto crítico cuando Pablo ofrece su consejo con respecto a cómo tratar a un hermano que había cometido incesto. Convoca a toda la iglesia para que lo discipline (1 Cor. 5:1-13).

En efecto, las iglesias que plantó, progresivamente dejaron de depender de él y crecieron en su dependencia de Cristo (1 Cor. 2:1-5).  Pablo les exhortaba a andar por este camino (1 Cor. 14:20; Efe. 4:14).

El Método Paulino de Plantar y Nutrir Iglesias

Una de las características más dinámicas del método de plantar iglesias de Pablo era su constante sujeción a los demás Cristianos.  Desde el comienzo de su conversión aprendió a depender de la provisión espiritual de sus hermanos.  Su primera lección de sujeción al Cuerpo, vino de Ananías. Ananías fue el hermano de cuyas manos recibió el Espíritu y una confirmación de su llamado (Hech. 9:17-19; 22:12-16).

Posteriormente, fue enviado por los creyentes de Berea (Hech. 17:14). Fue fortalecido por sus colaboradores en Corinto (Hech. 18:5), refrenado por los santos de Efeso (Hech. 19:30), y también fue aconsejado por los hermanos de Jerusalén (Hech. 21:23).  En una palabra, Pablo sabía cómo enriquecer su espíritu y recibir ayuda de los demás (Rom. 15.32; 1 Cor. 16:18; Fil. 2:19; 2 Tim. 1:16).

Aunque estaba provisto ciertamente de una madura historia espiritual y muchos dones poderosos, Pablo entendía su autoridad como funcional y relacional -no oficial o sacralizada. Para el apóstol, la autoridad espiritual estaba cimentada en la aprobación del Señor, y no en algún oficio formal (2 Cor. 10:18).

Esto explica por qué Pablo siempre buscaba persuadir a las iglesias con respecto a la mente de Dios, en vez de promulgar mandamientos imperiales.  De hecho, las dos palabras favoritas de Pablo para dirigirse a los santos son parakaleín y erotáo. Parakaleín  denota una súplica. Erotáo significa una petición hecha entre iguales.

En el mismo sentido, Pablo se abstenía de usar el muy fuerte vocablo epitagí ( = mandamiento) para ordenar que se le obedeciera.  Consideremos los textos siguientes:

Esto lo digo como concesión, NO COMO MANDATO. (1 Cor. 7:6)

Acerca de las doncellas, NO TENGO MANDAMIENTO DEL SEÑOR, PERO DOY MI OPINIÓN como quien ha alcanzado misericordia del Señor para ser fiel. (1 Cor. 7:25)

 

NO LO DIGO COMO MANDAMIENTO, sino para probar también, por medio de la solicitud de otros, vuestro amor genuino. (2 Cor. 8:8)

Por lo cual, aunque tengo mucha franqueza en Cristo para mandarte lo que es apropiado, MÁS BIEN TE RUEGO A CAUSA DEL AMOR. (Film. 8-9)

Cuando Pablo llamó a los creyentes a la acción o a que tuvieran la actitud adecuada, le hayamos “rogando”, “suplicando”, “rogando con insistencia”, “implorando” y “pidiendo” en vez de promulgando decretos autoritarios.  Las epístolas de Pablo están salpicadas de esta clase de tono cooperativo (vea Rom. 12:1; 15:30; 16:1-2,17; 1 Cor. 1:10; 4:16; 16:12,15; 2 Cor. 2:8; 5:20; 6:1; 8:6; 9:5; 10:1-2; 12:18; Gál. 4:12; Efe. 3:13; 4:1; Fil. 4:2-3; 1 Tes. 2:3,12; 4:1,10; 5:12,14; 2 Tes. 2:1; 3:14-15; 1 Tim. 1:3; 2:1; Film. 9-10, 14).

Para Pablo, el consentimiento voluntario de su audiencia y la internalización de la verdad era mucho más deseable que una obediencia nominal a las cosas que escribió. A veces, cuando su tono era necesariamente severo, exhortaba y recomendaba que los santos obedecieran a Cristo, y no a él (Rom. 1:5; 16:19,26; 2 Cor. 2:9; Fil. 2:12).

En raras ocasiones mandaba (paraggéllo) que se obedeciera a las cosas que había escrito (1 Tes. 4:11; 2 Tes. 3:4,6,10,14). Pero el objeto de la obediencia no era Pablo como persona, sino Cristo, cuyo pensamiento estaba expresando en ese momento.

Dicho de otra manera, cada vez que Pablo manifestaba la mente de Cristo, sus palabras eran autoritativas, si bien él nunca se mostró autoritario.  Considere los siguientes textos:

Yo sé, y he sido persuadido POR EL SEÑOR JESÚS, de que nada es inmundo en sí mismo. . (Rom. 14.14)

Y a los que se han casado, ordeno, NO YO, SINO EL SEÑOR. . . . (1 Cor. 7:10)

Si alguno supone que es profeta o espiritual, reconozca lo que escribo, PORQUE ES MANDAMIENTO DEL SEÑOR. (1 Cor. 14:37)

Porque no somos como muchos que negocian por lucro con la Palabra de Dios, sino con sinceridad, más bien COMO DE PARTE DE DIOS, EN PRESENCIA DE DIOS, HABLAMOS EN CRISTO. (2 Cor. 2:17)

PORQUE NO NOS PREDICAMOS A NOSOTROS MISMOS, SINO A JESUCRISTO COMO SEÑOR; y a nosotros mismos como siervos vuestros por causa de Jesús.  (2 Cor. 4:5)

Todo este tiempo habréis estado pensando que hacemos nuestra defensa ante vosotros. DELANTE DE DIOS ESTAMOS HABLANDO EN CRISTO; Y TODO, AMADOS, PARA VUESTRA EDIFICACIÓN. (2 Cor. 12:19)

Puesto que buscáis UNA EVIDENCIA DEL QUE HABLA POR MÍ, DE CRISTO, el cual no es débil con respecto a  vosotros, sino poderoso en vosotros; y ciertamente fue crucificado por causa de debilidad, pero vive por el poder de Dios.  En verdad, también nosotros somos débiles en Él, mas VIVIREMOS CON ÉL POR EL PODER DE DIOS PARA CON VOSOTROS (2 Cor. 13:3-4)

Y por esto, también nosotros damos gracias a Dios siempre, de que habiendo recibido la palabra de la predicación de Dios, la acogisteis NO COMO PALABRA DE HOMBRES, SINO TAL COMO ES EN VERDAD, PALABRA DE DIOS. . . . (1 Tes. 2:13)

Porque sabéis qué mandatos os dimos EN NOMBRE DEL SEÑOR JESÚS. (1 Tes. 4:2)

Porque esto os decimos POR PALABRA DEL SEÑOR. . . . (1 Tes. 4:15)

A los tales, ahora ordenamos y exhortamos EN EL SEÑOR JESUCRISTO . . . (2 Tes. 3.12)

Así que Pablo no era una personalidad autoritaria, ni trabajaba por su cuenta.  De su propia boca dejó en claro que no consideraba su llamado apostólico como una licencia para ejercer dominio sobre los asuntos de las iglesias.  Nunca sacó ventaja de su derecho como apóstol obteniendo ayuda económica de los que servía (1 Cor. 9:1-19).

De hecho, su principio inalterable era no aceptar dinero de las iglesias que auxiliaba.  Solamente aceptaba ayuda financiera de creyentes de otras localidades, para no ser una carga a los que eran los recipientes de su ayuda inmediata (2 Cor. 11:7-9).

En efecto, todo el panorama de la autoridad apostólica de Pablo se cristaliza en esta máxima, “No es que pretendamos dominar sobre vuestra fe, sino que contribuimos a vuestro gozo… (2 Cor. 1:24 BJ). Eugene Peterson parafrasea este pasaje de la siguiente manera: No estamos a cargo de supervisar cómo viven ustedes la fe, vigilando por encima de sus hombros, recelosamente críticos. Somos compañeros suyos que trabajamos a su lado en gozosa expectativa. Yo sé que ustedes están sostenidos por su propia fe, no por la nuestra.

En este sentido, Pablo difería inmensamente de sus adversarios (2 Cor. 11:19-21).

La Fuente de la Autoridad de Pablo

La autoridad que Pablo tenía estaba ligada a su capacidad para hablar la palabra del Señor a las comunidades que fundaba; era una autoridad dada “para edificación y no para destrucción” (2 Cor. 10:8; 13:10).  Por tanto, siempre ejercía autoridad con el único propósito para el que le fue dada – para edificar a los santos.  Nunca abusó de ella para obtener un lugar prominente, poder terrenal o ventaja material.

Pablo reconocía que la fuente de su autoridad era Cristo mismo, tal y como está encarnado en el evangelio.  Esto explica por qué invitaba con firmeza a los santos a que juzgaran lo que decía (1 Cor. 10:15; 11:13; 1 Tes. 5:21) y les apremiaba a que rechazaran su mensaje si no estaba de acuerdo con el evangelio (Gál. 1:8-9).

De la misma manera, todos los autores del NT exhortan firmemente a las iglesias a que obedezcan la verdad viva del evangelio tal y como se encuentra en Jesucristo. No debemos obedecer a pie juntillas las palabras de simples hombres (Rom. 6:17; 10:16; Gál. 3:1; 5:7; Tito 1:14).

Pablo esperaba que las iglesias le escucharan en la medida en que sus palabras reflejaran el evangelio de Cristo (Gál. 1:9) y estuvieran en armonía con el Espíritu (1 Cor. 7:40). Sin duda, Pablo se vio obligado a censurar a las iglesias de vez en cuando.  Pero siempre encontraba difícil tomar esta acción.

Su reticencia a reconvenirles se deja ver en su correspondencia a los Corintios.  Allí descubrimos que prefería ir a ellos con un espíritu apacible que con una palabra de reprensión (1 Cor. 4:21b). Sin embargo, cuando tenía que dirigirse severamente a ellos, lo hacía con mucha angustia de corazón (2 Cor. 2:4). (A propósito, la “vara” de Pablo en 1 Cor. 4:21 es una metáfora de reproche y no un signo de subordinación forzada o de autoridad unilateral –2 Cor. 10:3-6).

El amor que Pablo tenía por los Corintios rebosaba de tal compasión paternal que después de escribirles, temía que sus palabras fueran demasiado fuertes para ser soportadas (2 Cor. 7:8). La motivación arrolladora  que llevaba a Pablo a trabajar incansablemente y a sufrir por las iglesias era el amor incomparable que tenía por sus almas (2 Cor. 12:15; Fil. 2:17-21; Col. 1:24; 1 Tes. 2:8).

Ya que Pablo hablaba constantemente la palabra del Señor, podía decir que los que rechazaban sus palabras no le rechazaban a él, sino a Cristo (1 Tes. 4:8), porque para el apóstol, “ Dios os da su Espíritu Santo” (1 Tes. 4:8b).  Sin embargo, aun en aquellos días en que la palabra del Señor estaba en su boca, deseaba que los creyentes reconocieran que lo que les comunicaba era el pensamiento del Señor y no el suyo propio (1 Cor. 14:37-38).

No cabe la menor duda que Pablo apelaba a su servicio fiel como una base para la confianza de los santos (1 Cor. 4:1-5; 7:25; 15:10; 2 Cor. 1:12; 4:1-2).  Aún así, Pablo parecía estar más interesado en hacer que sus conversos imitaran su caminar en vez de que obedecieran sus palabras (1 Cor. 4:16; Gál. 4:12; Fil. 3:17; 4:9; 2 Tes. 3:7). La razón por la que podía presentarse como modelo para que los demás lo siguieran era que su vida era un reflejo de la de su Señor (Hech. 20:34-35; 1 Cor. 11:1).

Todos estos hechos nos permiten afirmar que la fuente de la autoridad espiritual es Cristo. El medio de la autoridad espiritual es la palabra de Dios. El ejercicio de la autoridad espiritual es el quebrantamiento y el servicio, y la meta de la autoridad espiritual es la edificación espiritual.

En la mente de Dios, la autoridad y el espíritu de la cruz van mano con mano, y este principio es evidente en todo el ministerio apostólico de Pablo.

Debe entenderse que los documentos canónicos (Bíblicos) que Pablo y los demás apóstoles  escribieron son inspirados y autoritativos  por derecho propio. Éstos encarnan la voz de Dios en santa Escritura.  Sin embargo, en este capítulo, hemos estado examinando sus escritos con un ojo puesto en la relación que hay entre obrero e iglesia. Cuando consideramos las cartas de Pablo a través de estos lentes, descubrimos que él no fue autoritario.

Los Demás Apóstoles No Fueron Autoritarios

Consideremos ahora cómo otros apóstoles del siglo primero vieron la autoridad espiritual. Timoteo, al igual que Pablo, no fue autoritario. Pablo nunca autorizó a su joven colaborador Timoteo para que ejerciera poder formal sobre los santos. Más bien lo animó a que “exhortara” a los santos con mansedumbre. También lo instruyó para que cultivara relaciones de tipo familiar con la iglesia (1 Tim 5:1-2; 2 Tim.2:24-25; 4:2).

En cierto lugar, Pablo lo adiestra con estas palabras: “Estas cosas tienes que mandar (paraggéllo) y enseñar” (1 Tim. 4:11 VP).  Pero  las cosas que Pablo exhorta a Timoteo a que “mande” son las palabras del Espíritu (4:1) que están informadas de la sana doctrina (4:6). Como Pablo, Timoteo trabajó con la gente, no sobre ella.

El consejo que Pablo le da a Tito es similar.  En Tito 2:15 el encargo de Pablo para  que “enseñara, exhortara y reprendiera estas cosas con toda autoridad (epitagí)” debe entenderse en el telón de fondo de su mandato anterior. Ese mandato era: “Pero tú habla lo que conviene a la sana doctrina” (Tito 2:1).  En otras palabras,  Tito era libre de hablar autoritativamente, reprender y exhortar con respecto a aquellas cosas que reflejan la sana enseñanza de Jesucristo. (Porque la autoridad está investida de ésta última).

Las cartas de Juan respiran el mismo aire no autoritario.  Del mismo modo que Pablo, Juan no se entrometió en los asuntos de la iglesia, ni reclamó algún derecho para gobernar a los santos.  Cuando Diótrefes usurpaba la autoridad en una iglesia, Juan no lo obligó a salir de ella.  Más bien, animó a los santos a que no fueran tras los que hacen el mal (3 Jn. 9-11).

Juan reconoce que no tiene mandamiento nuevo que dar (1 Jn. 2:7; 2 Jn. 5-6).  En cambio, señala al nuevo mandamiento de Cristo –que es el amor. En todo esto vemos que la perspectiva de Juan acerca de la autoridad es muy Paulina.

Una vez más, la inevitable conclusión de todo esto es que los obreros apostólicos no tienen autoridad oficial sobre las iglesias. No asumen posesión formal de las iglesias, ni las convierten en franquicias (o denominaciones virtuales) de sus propios ministerios especiales.

Los obreros apostólicos, si son auténticos, utilizan sus ministerios para servir a las iglesias. ¡No usan a las iglesias para construir sus ministerios!

El ministerio del apóstol del primer siglo, entonces, era un servicio y no una expresión de dominio. Es por esta razón que Pablo se refiere a las iglesias que plantaba en términos explícitamente no jerárquicos. Les llamaba “hermanos” y “ partícipes” en el ministerio (2 Cor.5:20-6:1; 7:3; Fil. 1:5,7; 2:17). Cuando se dirigía a ellos, no les hablaba como si estuviera por encima de ellos -sino como a un igual. (1 Cor. 5:2-3; Col. 2:5).

De este modo, los apóstoles del NT no controlaban a las iglesias, ni las iglesias controlaban a los apóstoles.  Las palabras de Pablo en Gálatas 4:12  captan el espíritu de su mentalidad cooperativa y relacional: “Haceos como yo, pues yo también me he hecho como vosotros” (BA).

La Confianza de Pablo en las Iglesias

A diferencia del clero moderno, Pablo tenía gran confianza en las iglesias que plantaba.  Estaba seguro de que las comunidades de fe obedecerían a Dios. También tenía confianza en que funcionarían adecuadamente en su ausencia. Considere los siguientes textos:

Yo tengo CONFIANZA RESPECTO A VOSOTROS EN EL SEÑOR de que no optaréis por otro punto de vista. (Gál. 5:10, BA)

ESTAMOS CONFIADOS EN EL SEÑOR ACERCA DE VOSOTROS, de que hacéis y haréis lo que mandamos.  (2 Tes. 3:4)

ESTANDO CONFIADO EN TODOS VOSOTROS de que mi gozo es el de todos vosotros. (2 Cor. 2:3)

Me regocijo DE QUE EN TODO PUEDO CONFIAR EN VOSOTROS. (2 Cor. 7:16)

Y enviamos con ellos a nuestro hermano, al cual muchas veces hemos probado en muchas cosas, que es diligente; pero ahora mucho más diligente que nunca, POR LA MUCHA CONFIANZA EN VOSOTROS. (2 Cor. 8:22)

Pero, hermanos míos, AUN YO MISMO HE SIDO PERSUADIDO ACERCA DE VOSOTROS, DE QUE TAMBIÉN VOSOTROS mismos estáis llenos de bondad, llenos de todo conocimiento, siendo también capaces de amonestaros los unos a los otros. (Rom. 15:14)

PERSUADIDO DE TU OBEDIENCIA te escribí, sabiendo que también harás más de lo que digo.  (Film. 21)

ESTANDO PERSUADIDO DE ESTO: el que comenzó en vosotros la buena obra, la llevará a cabo hasta el día de Cristo Jesús. (Fil. 1:6)

Pero EN CUANTO A VOSOTROS, amados, aunque hablamos así, HEMOS SIDO PERSUADIDOS DE COSAS MEJORES, y que tienen salvación. (Heb. 6:9)

Aun en medio de las reuniones caóticas en Corinto, Pablo ni una sola vez trató de estrangular las reuniones abiertas y participativas de la iglesia, ni prohibió a los hermanos que ejercitaran sus dones.  Por el contrario, les dio amplias directrices para facilitar el orden en sus reuniones, y confiaba en que ellos se adherirían a ellas (1 Cor. 14:1ss.).

A diferencia de los modernos líderes clericales que creen que no pueden “permitir” que los hermanos (en sus congregaciones) funcionen libremente en la medida de sus dones  para que no “se salgan de control”, el pensamiento de Pablo discurre en una dirección radicalmente diferente.

Primero, Pablo no se ve a sí mismo con el derecho de “prohibir” o “permitir” que el pueblo de Dios funcione en la iglesia. ¡Ningún hombre tiene este derecho!

Segundo, Pablo tenía una confianza total en su ministerio. Tan grande era que confiaba en que las iglesias podían tener reuniones participativas abiertas sin ninguna actividad humana de carácter oficial, ¡incluyendo la suya! Pablo edificó bien. Trabajó equipando a los santos para que funcionaran en su ausencia.

En marcado contraste, cuando los modernos líderes clericales expresan su falta de confianza en el pueblo de Dios para ministrar eficazmente en una reunión abierta de la iglesia, ¡están reprobando sus propios ministerios!  Porque nada puede probar mejor la calidad del equipamiento de los santos, que cuando tienen que ministrarse unos a otros en una reunión participativa abierta.

Cuando vemos el panorama Cristiano desde esta perspectiva, está por demás decir que los creyentes jamás podrán estar verdaderamente equipados ¡predicándoles sermones de 45 minutos cada Domingo!  Escuchar sermones mientras se está congelado en las bancas, lejos de generar desarrollo espiritual, da lugar a un sacerdocio apagado y silente.  (Para mayores detalles acerca de la reunión de una iglesia en el primer siglo, vea Repensando los  Odres).

La Relación de Pablo Con Sus Colaboradores

Pasemos ahora a considerar la relación que Pablo tenía con sus colaboradores. ¿Cómo trataba Pablo a los hermanos que eran parte de su equipo apostólico?

La autoridad Divina se expresaba dentro de la esfera de la obra apostólica y Pablo era indudablemente el centro de su grupo. (Note que Pablo y los otros obreros no andaban cada uno por su cuenta.  Siempre se movían en asociación con un círculo de colaboradores.  Esto jamás ocurre con los “apóstoles” auto designados  de nuestros días).

Es evidente que  Pablo asumió la responsabilidad de la dirección de la obra y no tenía problemas para administrar los movimientos de sus colaboradores (Hech. 16:1-4, 9-10; 17:15; 19:21-22; 20:3-5,13-15; 1 Cor. 4:17; 2 Cor. 8:18-23; Fil. 2:19,23,25,28; Efe. 6:21-22; Fil. 2:19,23,25,28; Col. 4:8-9; 2 Tim. 4:9-13, 20-22; Tito 1:5; 3:12-13).  Sin embargo, entre sus compañeros  no operaba un sistema jerárquico fijo.  ¡Pablo no era presidente ni director en jefe de la obra!

Por esta razón, nunca vemos a Pablo demandar obediencia ciega de sus colaboradores. Como ocurría con las iglesias, buscaba el consentimiento voluntario de sus colegas siempre que solicitaba algo de ellos (1 Cor. 16:10-12; 2 Cor. 8:6,16-18; 9:5; 12:18; Fil. 2:22-23).

A veces, Pablo mismo se sujetaba a los deseos de sus compañeros obreros (1 Cor. 16:12), y les permitía disentir de él (Hech. 15:36-41).  El envío de Tito que se menciona en 2 Corintios 8:17 subraya la relación participativa que Pablo tenía con sus colaboradores: “De hecho, cuando accedió [Tito] a nuestra petición de ir a verlos, lo hizo con mucho entusiasmo y por su propia voluntad”.

Pablo tomó la dirección en la esfera de su obra apostólica no porque tenía una posición más alta en la pirámide eclesiástica, sino por la sencilla razón de que era espiritualmente más maduro que sus colaboradores.  No fue autoritarismo, sino cooperación lo que caracterizó el trato de Pablo con ellos.

Ya que Pablo ejercía autoridad espiritual en la obra, la sujeción en su círculo era voluntaria y personal, nunca formal u oficial.  Es sorprendente que Pablo no consideraba que los doce apóstoles originales tenían alguna clase de autoridad jerárquica sobre él. Tampoco mostró alguna deferencia hacia el status “apostólico” (Gál. 2:6-9).  Recordemos que en una ocasión reprendió en público a uno de los apóstoles más prominentes cuando una verdad esencial estaba en juego (Gál. 2:11-21).

Los Apóstoles Dependían del Cuerpo

La noción que sostiene que los obreros apostólicos tenían autoridad de gobierno sobre las iglesias locales es inadmisible. Lo mismo ocurre con la idea de que algunos obreros tenían autoridad oficial sobre otros obreros.  Estas ideas son una invención de la mente natural y están en desacuerdo con la práctica concreta de Pablo.

Los obreros apostólicos, así como los otros ministerios en el Cuerpo de Cristo, dependen del Cuerpo para que reciban la plenitud de Cristo.  Esto es evidente a partir de las palabras de apertura de la carta a los Romanos. Pablo afirma allí que estaba deseoso no sólo de bendecirles por medio de los dones que tenía (1:11), sino de recibir ayuda de ellos a través de los dones que poseían (1:12; 15:32).

Haremos bien en recordar que Dios siempre ha condenado la independencia y el individualismo.  La dependencia en Dios no nos hace independientes a unos de otros.  El Señor nunca ha permitido a Su pueblo que “cada uno haga lo que mejor le parece” (Deut. 12:8), porque “el que vive apartado busca su capricho; se enfada por cualquier consejo” (Prov. 18:1 BJ).

Dios, por lo tanto, no ha confinado a ninguno de nosotros, incluyendo a los obreros, en el pequeño cubículo de nuestra propia existencia en donde podemos escoger nuestro propio camino.  Los que imaginan que su relación con el Señor es completamente vertical (“yo y Jesús nada más”) están engañados y cumplen las palabras de la Escritura: “El camino del necio es derecho en su opinión; mas el que obedece al consejo es sabio” (Prov. 12:15 RVR-1960).

No importa qué tan espiritual sea un creyente, no está exento de la necesidad del suministro de sus hermanos y hermanas en Cristo.  Aún el poderoso Moisés necesitó de la ayuda de Aarón y de Hur para fortalecer sus brazos en el día malo (Éxo. 17:10-13).

Todo lo que hemos dicho aquí no equivale a negar el hecho de que los obreros apostólicos poseen autoridad espiritual, porque la tienen.  Pero una vez más, la autoridad espiritual es algo muy diferente a la autoridad posicional/jerárquica.

En el Señor hay autoridad, pero ésta está vinculada a la función, y no al oficio.  Hay una tremenda diferencia entre reaccionar a la función y reaccionar al oficio.  El oficio separa a los hermanos. Pero la función conferida por el Espíritu, los edifica y los une.

Como hemos visto, las cartas de Pablo muestran una mentalidad no autoritaria, y están saturadas de un tono cooperativo.  Con todo, ya que muchos Cristianos modernos vienen al NT con la idea preconcebida de que los apóstoles tienen una tremenda autoridad delegada, pasan por alto el sentido no autoritario que fluye libremente de la pluma de Pablo.  Por esta razón, la noción popular de nuestros días acerca de la autoridad apostólica, indiscutiblemente no es Paulina.

El Ministerio Apostólico Hoy

 

No escasean los “apóstoles” post-Paulinos auto llamados y autoproclamados que corren de un lado a otro en la iglesia de hoy. Éstos promulgan decretos autoritarios, reclaman seguidores y construyen imperios Cristianos.  Como resultado, muchos Cristianos  perspicaces han concluido que los apóstoles ya no existen más.

Sea notorio, sin embargo, que Dios ha levantado genuinos obreros apostólicos en este siglo. Éstos son los que han caminado -y están caminando- en el espíritu de Pablo.  Como sucede con Pablo, estos obreros no están interesados en construir imperios Cristianos ni en iniciar movimientos.  Tampoco ambicionan alcanzar un status de celebridad (1 Cor. 1:13; 3:7,21).

¿A qué se parece, pues, un obrero apostólico contemporáneo?  Si tú formas parte de la escena de la iglesia  institucional, probablemente nunca has visto uno.  Sí, sin duda has visto a los que afirman ser apóstoles. Por lo menos, has oído de hombres  a los que otros adornan con la palabra “apóstol”.  Sin embargo, éstos a menudo carecen de la competencia de un verdadero obrero.

A modo de contraste, los verdaderos obreros son los que se ocultan a sí mismos y no los que se meten a empujones.  Su obra en gran parte no se ve. Su servicio pasa frecuentemente desapercibido.  ¡Los obreros verdaderos no edifican denominaciones, programas, misiones, edificios u organizaciones paraeclesiásticas! ¡Ellos edifican exclusivamente la ekklesía de Jesucristo!  (Note que Dios usa al humilde de corazón para construir Su casa –Isa. 66:1-2).

Y lo que es más, ¡no andan anunciando que son apóstoles! De hecho, es muy probable que ni siquiera les guste este término.  Y ya que no forman parte de las últimas novedades espirituales, no los encontrarás figurando en alguna iglesia organizada o movimiento.  Tampoco los verás (normalmente) en los tabloides Cristianos.

Mientras que éstos son menores en número que los extravagantes y llamativos “super apóstoles” de nuestro tiempo, los verdaderos obreros  incursionan cada vez más profundamente en el eterno propósito de Dios en Cristo. Esto se debe a que están edificando Su iglesia a Su manera.

Todo esto se traduce en la siguiente fórmula sencilla:  Los Cristianos modernos deben ser sabedores de su necesidad del ministerio apostólico, generosos en el sostén de los obreros apostólicos y, sin embargo, cautos con respecto a los que reclaman poseer status apostólico.

 

 

 

Acerca de unidoscontralaapostasia

Este es un espacio para compartir temas relacionados con la apostasia en la cual la Iglesia del Señor esta cayendo estrepitosamente y queremos que los interesados en unirse a este esfuerzo lo manifiesten y asi poder intercambiar por medio de esa pagina temas relación con las tendencias apostatas existentes en nuestro mundo cristiano.
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Una respuesta a LA AUTORIDAD APOSTÓLICA (6)

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