SOMOS SALVOS POR MEDIO DE LA “SOLA FE”

Ángel  Bea

la-cruz“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras para que nadie se gloríe” (Ef.2.8-10)

Ahora que se están preparando y celebrando actos para  la conmemoración del 500 aniversario de la  Reforma Protestante del siglo XVI y de cara a 2017, se hace necesario recordar algunas cosas relacionadas con ese hecho histórico que, más que un hecho, es un conjunto de sucesos que tuvieron lugar durante dicho siglo. Pero relacionado con el movimiento de la Reforma están los cinco lemas que se levantaron contra la falsedad de un sistema religioso, que había pervertido la verdadera teología bíblica, y había puesto en su lugar un cúmulo de enseñanzas humanas derivadas de tradiciones de hombres, que nada tenían (¡ni tienen!) que ver con las enseñanzas de las Sagradas Escrituras.

Los lemas que abanderaron los reformadores y que hasta hoy conservamos los herederos de gran parte de esa teología bíblica, son: Sola gracia, sola fe, sola Escritura, solo Cristo y, solo a Dios sea la gloria.  Cada uno de esos principios están muy relacionados entre sí. Pero ahora sólo veremos “Sola fe” –“Sola fide”-

En el contexto en el cual se dio la Reforma,  la Iglesia Católica Romana había enseñado a los fieles, que la salvación se podía alcanzar por medio de las obras. Igualmente, amenazando con las llamas del infierno y el convencimiento en la existencia del Purgatorio, enseñaban a los fieles a hacer todo cuanto estuviese en sus manos para no ir al primer lugar y para “aliviar los sufrimientos” de sus familiares que estaban en el Purgatorio, a fin de que salieran de ese lugar de tormento lo antes posible. Ese convencimiento fue el caldo de cultivo para  aprovecharse de las almas, con la finalidad de  sacar el  máximo provecho económico posible. A tal fin era tarea diaria  la compra de indulgencias, los votos y las promesas, los sacrificios físicos, la fe en “las reliquias de los santos” (las iglesias o catedrales que albergaban reliquias de “santos/as” eran visitadas por los miles de peregrinos, lo cual era muy rentable, desde el punto de vista económico para el clero);  el uso de cilicios para “mortificar la carne”, el pagar dinero para ofrecer misas por las almas del purgatorio; las oraciones a los santos y vírgenes a fin de que sus méritos ganados fuesen aplicados a favor de las almas de los difuntos…  y así, un largo etc.

Mientras tanto, el conocimiento de las Sagradas Escrituras hacía siglos que había sido quitado del pueblo, por tres razones: a) Estaban escritas en hebreo, arameo y griego –las lenguas originales- y, principalmente, en latín, (la versión oficial de la iglesia conocida como la Vulgata Latina) idiomas que nadie conocía; b) Estaba absolutamente prohibido traducir las Escrituras a las lenguas de los pueblos;  c) No interesaba que el pueblo tuviera el conocimiento de la Biblia; eso sería más perjudicial que beneficioso para él, -decía el clero-; d) En su gran mayoría, la población era analfabeta y parece que convenía que siguiera siendo así. Un pueblo analfabeto siempre fue mejor para poder controlarlo, en todos los sentidos. Tanto para las autoridades religiosas como políticas.

En ese contexto, el doctor y profesor de teología Martín Lutero, leyendo la epístola del apóstol Pablo a los Romanos, “descubrió” lo que seguramente otras veces había leído, pero que con su mente llena de la teología romana y el deseo de estar sujeto a su absoluta-autoridad, no podía ver. Después de leer los dos primeros capítulos y parte del tercero, donde el apóstol Pablo explica y enseña sobre la culpabilidad del ser humano, Martín Lutero, se encontró con estas clarísimas palabras del apóstol Pablo:

“…Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente mediante su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre…” (Ro.3.22-25)

Ante esta aplastante declaración, puesta en contraste con las obras de factura  humana, a las cuales él y todo el pueblo estaban tan acostumbrados como convencidos, Lutero vio la gran verdad clara y diáfana en su mente y en su corazón: Tantos esfuerzos, tantos sacrificios, tantos ayunos y rezos; tanta fe en las reliquias de los “santos”, ¡tanta angustia y sentimientos de culpabilidad que le habían atenazado durante tantos años…! ¡¡Tanto dinero que el pueblo llevaba dando a la “iglesia” para poder obtener el perdón de sus pecados y la paz para su alma…!! Era la Palabra de Dios que “viva y eficaz como una espada de dos filos” (Heb.4.12-13) penetró hasta los más profundo de su ser e hizo trizas de sus convencimientos religiosos. Era la Palabra de Dios que,  una vez más enfrentada a las tradiciones humanas (Marc.7.7—9,13), con la mentira organizada y los esfuerzos de hombres para alcanzar lo inalcanzable, “alumbraba” la oscuridad de un corazón que por años había estado buscando la luz y la para su alma. Lo mismo que a muchos de  nosotros también nos pasó.

No, no eran las obras humanas las que podían (¡ni pueden!) comprar la salvación. Ellas, a juicio del profeta Isaías, “son como… suciedad y como trapos de inmundicia” (Is.64.6). Ellas jamás podrán conseguir doblegar la mano del Dios tres veces Santo, para conceder lo que él mismo ha determinado que sea gratuito -¡por gracia!- y por medio de la fe en el Cristo crucificado, con todo cuanto eso significa. (Ro.3.23-25; 10.9-13) ¿Afrentaremos a Dios, negando lo que él ha dictaminado que sea, para que no sea y se cumpla nuestra voluntad, “ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él”? (Ro.3.20). Temeraria acción sería esa.

Pero el “círculo” de luz, se cerró en relación con este tema, cuando Martín Lutero llegó al capítulo 5 de la epístola  del apóstol Pablo a los Romanos: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Ro.5.1)

Sí, es cierto que somos pecadores “destituidos de la gloria de Dios”. Sin embargo, podemos ser justificados delante de Dios de forma gratuita por  medio de la fe en el Señor Jesucristo. Esa fe que alguien ha descrito como “la mano extendida del mendigo que nada tiene y que todo lo espera, como un regalo generoso de aquel que puede darlo”. Ese “aquel” es Dios, que “de tal manera amó al mundo, que dio a su Hijo Jesucristo, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna” (J.3.16) Esa idea golpeó a Martín Lutero en lo más profundo de su corazón (¡y me golpeó a mí, criado en el mismo sistema religioso! –aunque más suavizado-) y es necesario que golpee a muchos en este tiempo de amplia presunción y  probada soberbia sobre las capacidades del ser humano del siglo XXI.

Esa fe es la misma que el Señor Jesús quiso que tuvieran todos sus seguidores, pues, cuando muchos de los que creían que todo consistía en “hacer obras” y así  justificarse delante de Dios, le preguntaron: “¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios? Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado” (J.6.28-29)

“Que creáis”. Hasta casi cien veces aparece en el evangelio de Juan, el término “creer”. ¿Cómo vamos a cambiar lo que dice la Escritura a favor de algo que es vano y que sólo puede conducir a la perdición?

Este mismo entendimiento sobre “la fe” bíblica fue el que tuvieron todos aquellos que habían sufrido la imposición  de las autoridades religiosas y, por lo cual, también lo acordaron como lema de la Reforma: “Sola fide” –Sola fe- . Esa fe que en la Biblia, también es considerada junto con la salvación, no como algo “de nosotros”,  “pues es don de Dios… para que nadie se jacte” (Ef.2.8-9). Pero también es esa fe que, en la Biblia, siempre lleva aparejada la obediencia, si es que es la fe verdadera (He.11.8).

“Sola fe”, no es un lema bíblico sobre el cual descanse nuestra vana confianza, para decir que “ya está todo hecho”. La fe, si es auténtica será la que lleve al cristiano a hacer las “buenas obras que Dios preparó de antemano, para que anduviésemos en ellas” (Ef.2.10) y sin las cuales y según la severa sentencia de Santiago,  sería “una fe muerta” (St.2.20) “porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta” (St.2.26). Por tanto, si bien es cierto que “somos justificados por la fe”, también es cierto que la “vida nueva” y las obras consecuentes justificarían esa misma fe.  Por eso tenemos que insistir en que las obras siempre serán la consecuencia de la fe por la cual recibimos la justificación y la salvación, pero no lo que las causa.  AMÉN

 

 

 

Acerca de unidoscontralaapostasia

Este es un espacio para compartir temas relacionados con la apostasia en la cual la Iglesia del Señor esta cayendo estrepitosamente y queremos que los interesados en unirse a este esfuerzo lo manifiesten y asi poder intercambiar por medio de esa pagina temas relación con las tendencias apostatas existentes en nuestro mundo cristiano.
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2 respuestas a SOMOS SALVOS POR MEDIO DE LA “SOLA FE”

  1. raulfierro dijo:

    La salvación es por gracia, sin duda, pero el contexto nos dice que la fe sin obras está muerta.
    Esta aseveración contenida en la epístola de Santiago hizo que Lutero intentara eliminar la epístola … pero la doctrina de Dios es mejor que la de sus seguidores, por lo que Pablo lo explicó claro … ni el que siembra, ni el que riega es algo, sino Dios que da el crecimiento.

    Lean aquí:

    http://perspectivacristiana.mforos.com/1972917/10594230-sabes-lo-que-la-palabra-gracia-significa/

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