LA COMPASIÓN DE JESUCRISTO (III)

Ángel  Bea

LA COMPASIÓN DE JESUCRISTO ES PERDONADORA

JESUS Y LA HIJA DE JAIRODespués de ver que la compasión del Señor es reveladora y sensible, observamos que  también es perdonadora. Si algo vemos en la Biblia de forma clara, es que Dios tiene un corazón perdonador. Más todavía, anhela que los seres humanos se pongan a cuentas con él. Por medio del profeta Isaías,  Dios hablaba al pueblo diciendo:

“Buscad a Dios mientras pueda ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. Deje el malo su camino y el hombre inicuo sus pensamientos y vuélvase a Yahwéh, el cual tendrá de él misericordia… y  será amplio en perdonar” (Is.55.6-7)

Los llamados divinos como el leído anteriormente, son muy abundantes en las Sagradas Escrituras. (Ver también, Is.1.16-20) Pero es evidente que Dios no va a obligar a nadie; si bien trabaja en los corazones para llevarlos a esa condición en la cual se siente una gran carga de culpabilidad, que solo podrá desaparecer obteniendo el perdón de Dios. Una vez dadas las condiciones, se pone de manifiesto su gran generosidad para perdonar. Eso es lo que quería expresar Isaías con, “será amplio en perdonar”; y es también lo que dijo el apóstol Pablo, respecto de  Dios que es “su gran amor” y  “abundante en misericordia…” (Ef.2.4)

Ese anhelo por perdona al pecador, se manifestó de forma muy evidente a través de la persona de Jesucristo. Incluso, a veces él perdonaba los pecados sin que algunas personas le pidieran perdón. Eso no quiere decir que les perdonara sin que se dieran las condiciones necesarias para ello. Es evidente que, en esos casos, las personas acudieron a él con una gran necesidad; física, pero también espiritual, siendo conscientes de que eran pecadoras y necesitaban del amor compasivo y perdonador de Dios. Igual que nos pasó a muchos de nosotros. Nuestra carga de culpabilidad era tan grande, que cuando supimos que Dios nos perdonaba por medio de su Hijo, acudimos a él sin demorarnos ni un minuto.

Pero entre los casos que aparecen en los evangelios, uno fue el del paralítico de Capernaun. Sus amigos le llevaron a Jesús de una forma aparatosa y extraordinaria,  para que él le sanara. Pero Jesús vio que su mayor necesidad no era la física, sino la espiritual. Por eso le dijo: “Hijo, tus pecados te son perdonados”. En este caso, solo el Señor sabía que detrás de su condición física, él estaba necesitado de ser liberado de la culpa del pecado. (Mrc.2.1-12) Pero a continuación también le sanó.

El otro caso fue el de la mujer que lavó los pies de Jesús con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Ella no había abierto su boca; solo se limitaba a llorar, ante los pies de Jesús. Ella no había pedido perdón; pero su actitud y acción evidenciaba el pesar por su propia condición y su gran amor por el Señor. De parte de los presentes en aquella cena, ella solo recibía juicio y condenación; pero de Jesús recibió estas palabras: “Tus pecados te son perdonados… ve en paz”. (Lc.7.36-50)

Además de otros relatos tenemos el de los que crucificaron a Jesús. Ante la injusticia cometida con su persona, “Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. (Lc.23.34). Era la compasión perdonadora de Dios, en los momentos cuando la ignorancia y la maldad del ser humano se puso de manifiesto, en sumo grado, dando muerte al Hijo de Dios. A pesar de lo cual, Dios el Padre otorgará el perdón sobre la base de la muerte expiatoria del Señor Jesucristo.

Una y otra vez lo hemos visto a lo largo de nuestra vida. No solamente en relación a nosotros, sino a otros hombres y mujeres que, acuciados por el peso de la culpa necesitaban desesperadamente el perdón de Dios para poder disfrutar de la paz en sus corazones. Y esto lo decimos no solamente en relación con personas que estaban andando en caminos de “perversidad”, sino en aquellas que eran muy religiosas y que, desde el punto de vista de otros, eran calificados como muy “espirituales” a causa de su religiosidad. Sin embargo, cual aquel Lutero del siglo XVI, no conocían la paz de Dios en su vida.

Para concluir hemos de señalar que el perdón de Dios no opera de forma automática. Se hace necesario que a esa actitud compasiva divina, el ser humano responda con fe y arrepentimiento, sin lo cual no hay perdón posible. Esto último nos recuerda, que Dios no opera su compasión sensible y perdonadora aparte de aquel aspecto que mencionábamos en el primer escrito y que también la define como “reveladora”.

Ángel Bea

 

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