LA NECESIDAD DE LA REFORMA:  LA REFORMA INDISPENSABLE (II): EL CISMA DE OCCIDENTE

Dr. César Vidal

(el papa León x y Florencia)

(el papa León x y Florencia)

En mi anterior entrega, me detuve en la manera en que el papado se convirtió en punto menos que el departamento de asuntos religiosos de la monarquía francesa. Cuando tras siete décadas, concluyó la Cautividad babilónica de la iglesia en Avinón, la iglesia católica no recuperó la unidad. Por el contrario, se vio sumida en un Cisma que se prolongaría durante décadas.
A la muerte de Gregorio XI, el pueblo de Roma – que temía la elección de un papa francés y el regreso de la Santa Sede a Aviñón – exigió que el nuevo pontífice fuera “romano o al menos italiano”. Aterrorizados, ante la posibilidad de que se produjera un derramamiento de sangre, los cardenales votaron casi unánimemente a Prignano que subió al trono papal con el nombre de Urbano VI. Una vez más, cuestiones meramente políticas tuvieron consecuencias espiritualmente trágicas.

Al anunciar Urbano VI que tenía el propósito de crear nuevos cardenales para contar con una mayoría italiana en el Sagrado colegio, los cardenales franceses proclamaron la nulidad de su elección y eligieron a Clemente VII en su lugar. De esta manera comenzó el Gran Cisma o Cisma de Occidente. Aunque Urbano VI respondió ejecutando a cinco cardenales por conspiración y sometiendo a otros seis a tortura, murió sin conseguir que su pontificado fuera aceptado por toda la cristiandad católica.

En 1389, a la muerte de Urbano VI, fue elegido el nuevo pontífice – Bonifacio IX – por catorce cardenales romanos. Su propósito era alcanzar una solución de compromiso que permitiera solventar el Cisma de Occidente. Desgraciadamente no fue así y Bonifacio XI fue excomulgado por el papa de Aviñón Clemente VII. La muerte de este pontífice hubiera podido significar el final del Cisma. Sin embargo, los cardenales de Aviñón optaron por elegir a un nuevo pontífice, el aragonés Pedro de Luna, que accedió al trono papal con el nombre de Benedicto XIII. Una vez más, el papa de Aviñón se negó a ceder ante la sede romana perpetuando así la división de la iglesia católica en dos bandos papales. El drama que implicaba semejante situación – una unidad eclesial rota en la cúspide por dos papas que se anatematizaban recíprocamente – llevó a distintas instancias políticas a intentar una mediación que llevara a Benedicto XIII a abdicar y permitiera la continuación de la línea papal a través de un pontífice con sede en Roma. Así, en 1395, Carlos VI de Francia le instó infructuosamente para que abdicara y no mejor resultado obtuvieron una legación anglo-francesa en 1397 y otra alemana en 1398. Cuando en ese mismo año, Francia se apartó de la obediencia a Benedicto, Navarra y Castilla dieron el mismo paso situándolo en una posición muy delicada. Benedicto XIII llegó incluso a ser confinado en su palacio. Sin embargo, en 1403 logró escapar disfrazado y esa muestra de audacia se tradujo en la recuperación de la obediencia de sus cardenales así como de la de Francia y Castilla. En 1404, Benedicto XIII propuso llegar a un acuerdo con el pontífice romano, pero el proyecto fracasó. Finalmente, en virtud del tratado de Marsella de 21 de abril de 1407, Gregorio XII de Roma y Benedicto XIII de Aviñón acordaron entrevistarse en Savona para concluir el cisma. El encuentro no tuvo nunca lugar y, al año siguiente, la corona francesa – la primera interesada en mantener el papado de Aviñón – volvió a apartarse de la obediencia a Benedicto XIII e incluso ordenó su detención.

A esas alturas, la tesis de que un concilio tenía autoridad y legitimidad suficiente para deponer al papa se había impuesto siquiera por la vía del pragmatismo ya que no se percibía otra salida para una crisis institucional y espiritualmente escandalosa. Que luego la iglesia católica se contradijera siguiendo otros caminos se convertiría en una muestra más de cómo sus pretensiones de coherencia doctrinal no pasan de ser una afirmación desmentida vez tras vez por la Historia. Así, Benedicto XIII, que había huido a Perpiñán, tuvo allí noticia de que el concilio de Pisa de 1409 le había depuesto tanto a él como al papa Gregorio. A los pocos días, Alejandro V fue elegido como nuevo – y, supuestamente, definitivo y legítimo – papa.

En teoría, la solución conciliarista, es decir la deposición de los pontífices y su sustitución resuelta por un concilio superior a ellos, debía haber acabado con el Cisma de Occidente. Desgraciadamente, a corto plazo, sólo sirvió para complicarlo aún más. Apoyándose en los reinos hispánicos y en Escocia, Benedicto XIII excomulgó a sus opositores y mantuvo sus pretensiones de ser el pontífice legítimo. La existencia de tres papas – un hecho sin precedentes – fortaleció las tesis de los partidarios del conciliarismo que ahora contaban con el respaldo imperial para intentar acabar con el Cisma. Así, el emperador alemán Segismundo acudió a Perpiñán para instar a abdicar a Benedicto XIII. No lo consiguió. De hecho, Benedicto XIII se mantuvo en su posición – en sus trece – hasta su fallecimiento en el castillo de Peñíscola en 1423.

Sin embargo, si el papa aragonés pasaría a la Historia como un paradigma de la testarudez, no más ejemplar resultó la conducta de Baldassare Costa. Nacido en Nápoles de familia aristocrática, Costa fue pirata en su juventud, pero en 1402, fue creado cardenal por Bonifacio IX y nombrado legado en Romaña y Bolonia. Empedernido mujeriego – de él se contaba que había seducido a más de doscientas mujeres mientras desempeñaba estas funciones – Costa rompió con Gregorio XII y se unió a los cardenales de Benedicto XIII que lo habían abandonado y en el curso del concilio de Pisa (marzo-agosto de 1409) votó a favor de la deposición de Gregorio XII y de Benedicto XIII, y de la elección de Alejandro V. Cuando éste murió, envenenado, al parecer, por órdenes del propio Baldassare Costa, éste logró ser elegido sucesor suyo.

Costa – que tomó el nombre de Juan XXIII – consiguió disfrutar de un amplio respaldo en Francia, Inglaterra y varios estados italianos y alemanes. Decidido a acabar con la crisis por la que atravesaba el pontificado, condenó la enseñanza de los reformadores John Wycliffe y Jan Huss, y en 1414, convocó el concilio de Constanza con la intención de que se confirmara la deposición de Gregorio XII y Benedicto XIII. La propuesta era sensata, pero, a esas alturas, la tesis de la superioridad del concilio sobre el papa estaba tan afianzada que en febrero de 1415, el concilio decidió que también Juan XXIII debía abdicar.

Ante aquella iniciativa, Juan XXIII decidió huir convencido de que con ese acto concluiría el concilio, pero no fue así. En sus sesiones IV y V (30 de marzo y 6 de abril de 1415), el concilio proclamó su superioridad sobre el papa y, tras detener a Juan XXIII, lo depuso en la sesión duodécima (29 de mayo) acusándolo de simonía, perjurio e inmoralidad. La respuesta de Juan XXIII fue declarar que el concilio era infalible y renunciar a cualquier derecho que pudiera tener al papado.

Después de que el concilio de Constanza depusiera a Juan XXIII y a Benedicto XIII y recibiera la abdicación de Gregorio XII, en el curso de un cónclave que tan sólo duró tres días se eligió papa al cardenal Oddo Colonna que tomó el nombre de Martín V. El cisma aún perduraría hasta el pontificado de Clemente VIII, sucesor de Benedicto XIII, pero ya con escasos católicos que no reconocieran como pontífice legítimo a Martín V. A partir de 1418, en un intento de fortalecer su autoridad y de recuperar el prestigio de la Santa Sede, Martín V comenzó a negociar concordatos con Alemania, Francia, Italia, España e Inglaterra, y en 1420, volvió a residir en Roma, pese a las presiones para establecerse en Alemania o Aviñón.

El Cisma de Occidente había dejado de manifiesto hasta qué punto la unidad de la Cristiandad occidental resultaba no frágil sino incluso mítica y cómo para recuperarla había resultado forzoso arbitrar medidas que reconocían la autoridad del concilio como situada por encima de la de los pontífices. Sin embargo, no significó la recuperación de la unidad católica. Durante los años siguientes, quedó de manifiesto esa desunión en episodios como los oídos sordos prestados por las diversas naciones a los llamados papales para socorrer a Constantinopla – que cayó ante los turcos en 1453 – y, sobre todo, en la separación de Bohemia de Roma siguiendo las tesis teológicas de Juan Huss, un teólogo quemado en la hoguera durante el concilio de Constanza.

La Reforma del s. XVI provocó – a su pesar – una ruptura, pero no en una iglesia impolutamente unida, sino en una que se había mostrado dividida durante décadas en los siglos anteriores y que además ya había perdido alguna región de Europa seguidora de una interpretación de las Escrituras diferente de la propugnada por la Santa Sede. La razón de esa ruptura fue espiritual, pero de eso hablaremos en siguientes entregas.

 

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