NUESTRA NECESIDAD DE SABIDURÍA

Ángel Bea

“Señor, enséñanos de tal modo a contar nuestros días que traigamos al corazón sabiduría” (Sal.90.12)

Una de las cosas más importantes que el creyente debe apreciar es la sabiduría. Tanto es así que, además de otras muchas referencias que hay en las Escrituras, el libro de los Proverbios de Salomón está dedicado, en gran parte a exhortar a los lectores a buscar la sabiduría, por encima de todo:

”Porque su ganancia es mejor que la ganancia de la plata y sus frutos más que el oro fino, Más preciosa que las piedras preciosas; y todo lo que puedes desear, no se puede comparar con ella” (Prov.3.13-18).

Sin embargo, la sabiduría de la que se nos habla en las Escrituras no se encuentra en cualquier parte, ni es impartida en ninguna academia o por algún gurú, venga de donde venga. En el libro citado de Proverbios, se nos dice que “el principio de la sabiduría es el temor de Dios” (Prov. 1.7)

Entonces aquel que comienza por tener en cuenta a Dios en su vida y le preocupa hacer su voluntad, con temor reverente, puede que no tenga muchos conocimientos, pero por Dios es tenido por sabio; mientras que aquellos que siendo sabios “según el mundo”, pero han dejado a Dios fuera de sus vidas, según la apreciación divina son insensatos e imprudentes e incluso catalogados como necios. De ahí que, Moisés, el autor del salmo citado arriba ruegue a Dios que le enseñe a “contar nuestros días de tal manera que traigamos al corazón sabiduría” (Sal.90.12)

Es una buena práctica, echar una mirada al tiempo vivido y la brevedad que resulta toda una vida, aunque hayamos vivido muchos años, y rogar a Dios que nos capacite para sacar las lecciones que se deriven, tanto de lo aprendido por los aciertos como por los errores, los tropiezos y fracasos habidos; aunque algunos de estos hayan sido de cierto calibre. Dios valora por encima de todo, nuestra actitud para reconocer los errores, aprender de lo malo como de lo bueno, el deseo de rectificar y sobre todo, el deseo de hacer su voluntad. No importa que nos queden “tres telediarios” de vida, como se suele decir.

Pero es muy triste el hecho de que hemos conocido a personas, desde nuestra más temprana juventud que, a pesar de que poco a poco y por decisión propia, han ido destruyendo sus vidas, han perdido a sus familias e incluso su propia salud, ni siquiera se han planteado la posibilidad del porqué están en la condición tan lamentable en la cual se encuentran. Y eso que nunca les faltó el testimonio divino suficiente, para hacerles reflexionar y cambiar la orientación de sus vidas.

Lo cierto es que es imposible adquirir sabiduría cuando nuestra actitud para aprender está completamente cerrada. Cuando eso sucede, da igual lo que se le diga a esas personas. Su dureza es tal que les es imposible percibir su verdadero estado; no ya el físico sino el espiritual. En consecuencia, tampoco captan el gran beneficio divino que recibirían por medio de su Palabra y el consejo de otros. Entonces, ¿para qué cambiar?. Siempre han creído estar en “lo correcto” y llevar razón en todo. Pero no saben que, como dice la Escritura: “Hay camino que al hombre parece derecho, pero su fin es camino de muerte” (Prov.14.12; 16.25)

Sin embargo, una actitud como la expresada por el autor del Salmo 90, es la mejor para alcanzar la sabiduría. Ya no se trata tanto de fijar nuestra atención en nuestros fracasos, en lo que nos hicieron y el daño que nos causaron; en lo dura que fue aquella etapa de nuestra vida o en las pérdidas o ganancias que tuvimos a lo largo de ella. Nosotros miramos y vivimos la vida más por intereses personales y egoístas que por lo que podamos aprender de ella, según “el temor de Dios”.

Se hace necesario, pues, renunciar a todo resentimiento y pretensión de lo sabios que hemos sido nosotros y lo torpes que han sido los demás en su relación con nosotros. Como James Matthew Barrie dijo: “La vida es una larga lección de humildad”; y es desde la humildad que hemos de dirigir nuestros ruegos a Dios y, como Moisés, rogarle a él por sabiduría.

Un ejemplo de esto que decimos nos lo proporciona uno de los ladrones que fue crucificado al lado de Jesús. Mientras un ladrón injuriaba a Jesús, seguramente con el espíritu amargado de quien, estando en el umbral de la muerte no quería reconocer sus pecados, al otro le invadió el “temor de Dios” y desde esa actitud, no solo reconoció que era un gran pecador, sino que nos dio una lección de fe al poner su confianza en Jesús, crucificado, respecto del su reino venidero. Y fue Jesús, quien manifestó la sabiduría del Padre en grado sumo,  que no solo tuvo al ladrón arrepentido por “sabio” por aquella decisión tomada, sino que la voz del Redentor le llegó clara al moribundo: “De cierto de digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso”. (Luc.23.39-43).

Como dice un refrán popular: “Nunca es tarde, si la dicha es buena”. Y no hay mejor dicha que seamos alumbrados con la sabiduría divina, aunque ésta venga en la hora más oscura de nuestra vida: la hora undécima de nuestra existencia aquí en la tierra.

 

 

Acerca de unidoscontralaapostasia

Este es un espacio para compartir temas relacionados con la apostasia en la cual la Iglesia del Señor esta cayendo estrepitosamente y queremos que los interesados en unirse a este esfuerzo lo manifiesten y asi poder intercambiar por medio de esa pagina temas relación con las tendencias apostatas existentes en nuestro mundo cristiano.
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