JERUSALÉN: LA MUERTE DEL SECULARISMO

Texto extraído de: http://www.iglesiapueblonuevo.es

“El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos.” (Salmo 2:4)

Parecía que todo estaba bajo control: por fin la religión en la cultura occidental había quedado relegada al ámbito de lo privado y el reino de lo secular había ganado la partida a lo sagrado. Al fin se había reducido, tras muchos intentos, a Dios a la mínima expresión posible: aquélla en la que se le contempla no como el Absoluto sino como algo, en el mejor de los casos, puramente opinable y relativo.

Para llegar ahí se había recorrido un largo camino: con la firma de la Paz de Westfalia en 1648 se concluía en Europa una etapa en la que las creencias religiosas habían jugado un papel predominante; por esas creencias se vivía y se moría, por esas creencias se luchaba, por esas creencias se estaba dispuesto al destierro, la persecución y la infamia. Pero con aquélla firma se sentenció que no merecía la pena pelear y morir por cuestiones de conciencia: la religión en su dimensión pública había muerto, ¡Viva la secularización!

Después vino Marx para decirnos que la Historia no estaba bajo la competencia de Dios, como siempre se había creído, sino que era el resultado de la lucha de clases. Luego Darwin nos explicó que ni nuestro origen era el que creíamos ni nuestra posición la que pensábamos, simplemente éramos una especie más, producto de fuerzas y leyes ciegas. Nietzsche nos habló de la moral cristiana como de una moral de esclavos, ante la cual había que rebelarse y dar muerte en nuestro interior a la idea de Dios que la había hecho posible. Más tarde Freud nos enseñó que toda nuestra religión no era sino la proyección de instintos primarios reprimidos en nuestro subconsciente. Y para rematar todo eso, a ellos se unió un coro de teólogos que pusieron en entredicho la Biblia, su veracidad, su fiabilidad y su confiabilidad. Después de todo, ¿no eran mitos hebreos el relato de la creación, de la caída o del diluvio? O, en el mejor de los casos, ¿no se trataba de una explicación infantil en una etapa pre-científica de hechos que nosotros ahora sí estábamos en condiciones de explicar realmente?.

Por fin, habíamos puesto las cosas en su sitio, y entre ellas al mismo Dios y a su Biblia. Lo habíamos expulsado de la Historia, de la Naturaleza, de la Moral y de la Conciencia. Y además, habíamos minado los fundamentos de su Revelación. Si todavía alguien quería seguir creyendo en esas cosas era asunto privado suyo, aunque un poco tonto el sostenerlas, ante el inapelable dictamen de los expertos. Todo parecía estar atado y bien atado.

Pero he aquí, que un cabo se nos había quedado suelto: Jerusalén. Se nos había olvidado a los occidentales que aunque a nosotros nos importa un bledo la cuestión religiosa, sigue habiendo pueblos para los cuales la misma es un asunto crucial. De manera que nuestro confort, nuestra estabilidad, nuestra seguridad e incluso nuestra supervivencia dependen de unos pocos metros cuadrados de tierra en la llamada explanada del templo o explanada de las mezquitas. Es decir, a fin de cuentas lo que tenemos y somos en Occidente no lo deciden los magnates de las finanzas en Wall Street, ni los estrategas del Pentágono, ni alguien en el despacho oval de la Casa Blanca; todo es mucho más sencillo que eso: nuestro futuro pasa por lo que ocurra con unos metros cuadrados de tierra que dos pueblos consideran sagrados. Esos metros cuadrados de tierra santa no sólo pueden poner en llamas Oriente Medio, sino todo el planeta. ¡Qué ironía y qué humillación para el reinado del secularismo!

Resulta que todo el emporio intelectual que habíamos fabricado durante siglos para desalojar a Dios de todos los ámbitos de la vida, ahora se tambalea ante la irrupción de lo sagrado en toda su fuerza. Habíamos pensado que Dios era cosa del pasado y helo aquí más presente que nuca. Es el desquite de Dios, quien como dice esa ridiculizada y denostada Sagrada Escritura: “Escarnecerá a los escarnecedores.” (Proverbios 3:34).

Sí, es la risa de Dios que cual experto jugador de ajedrez hizo que perdía la partida y que estaba en retirada para, en un golpe maestro, dar jaque mate a todas nuestras jactanciosas pretensiones.

Las viejas profecías contenidas en su Libro cobran hoy una relevancia inusitada: “Y en aquel día yo pondré a Jerusalén por piedra pesada a todos los pueblos; todos los que se la cargaren serán despedazados, bien que todas las naciones de la tierra se juntarán contra ella.” (Zacarías 12:3). Se trata del Libro que los expertos denigraron, sepultaron y zahirieron.

El texto de Proverbios citado anteriormente continúa así: “Y a los humildes dará gracia”. Nuestra soberbia nos ha perdido y las cuentas no nos salen: algo ha surgido del seno de lo sagrado que no esperábamos. Es Dios, Señor de la Historia, a pesar de Marx, Creador nuestro, a pesar de Darwin, Legislador soberano, a pesar de Nietzsche, vivo y personal, a pesar de Freud y que ha dejado una Palabra segura y confiable, la Biblia, a pesar de los teólogos liberales. Es Dios, al que unos pocos metros cuadrados de tierra le han bastado para reivindicarse a sí mismo y echar por tierra la arrogancia de la secularización.

Escojamos nosotros mismos lo que queremos ser: si escarnecedores o humildes.

Acerca de unidoscontralaapostasia

Este es un espacio para compartir temas relacionados con la apostasia en la cual la Iglesia del Señor esta cayendo estrepitosamente y queremos que los interesados en unirse a este esfuerzo lo manifiesten y asi poder intercambiar por medio de esa pagina temas relación con las tendencias apostatas existentes en nuestro mundo cristiano.
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