¿QUÉ AMOR ES ÉSTE? – CAPÍTULO 5 (PARTE 1)

“Cristianismo” Irresistiblemente Impuesto

Dave Hunt

Una de las estrategias más ingeniosas y efectivas de Satanás fue la de engañar al emperador Constantino con una falsa conversión. La influencia que ese evento tuvo en la historia posterior, tanto religiosa como secular, es incalculable. Los relatos difieren, pero si esto ocurrió por medio de una visión o un sueño tal como fue relatado por Eusebio y Lactancio,1 Constantino vio una “cruz” en el cielo y escuchó una “voz” que proclamaba (según algunas versiones, las palabras estaban inscritas en la cruz), “Con esta señal vencerás”.  El año anterior, el dios Apolo también le había prometido la victoria.

Los edictos de tolerancia de Constantino dieron a cada hombre “el derecho a elegir su religión según los dictados de su propia conciencia y su convicción sincera, sin compulsión o interferencia del gobierno”.2  Schaff  considera que la conversión de Constantino fue un avance maravilloso para el cristianismo: “La iglesia asciende al trono de los Césares bajo la bandera de la cruz y da nuevo vigor y lustre al viejo imperio de Roma”.3 De hecho, esa “conversión” aceleró la corrupción de la iglesia por medio de su matrimonio con el mundo.

¿Cómo podría un verdadero seguidor de Cristo, cuyo reino no es de este mundo y cuyos siervos no hacen guerra, proceder a librar una guerra en Su nombre? ¿Cómo podría un verdadero seguidor de Cristo, bajo la insignia de Su Cruz, proceder a conquistar con la espada? Por supuesto, los Cruzados más tarde hicieron lo mismo, masacrando a musulmanes y judíos para retomar la “tierra santa” bajo la promesa del Papa Urbano II (igualando las promesas de Mahoma y el Corán a los musulmanes) del completo perdón de los pecados para quienes murieron en esta guerra santa (los musulmanes la llaman yihad). Las Cruzadas, por supuesto, como todas las guerras de los papas, fueron muy agustinas. ¡La ciudad de Dios tenía que ser defendida!

DE CONSTANTINO A AGUSTÍN

Como Durant y otros historiadores han señalado, Constantino nunca renunció a su lealtad a los dioses paganos. Él no abolió el Altar de la Victoria en el Senado, ni las vírgenes vestales que atendían el fuego sagrado de la diosa Vesta.  El dios Sol, no Cristo, continuó siendo homenajeado en las monedas imperiales. A pesar de la “cruz” (en realidad la cruz del dios Mitras) que figuraba en sus escudos y banderas militares, Constantino tenía un medallón creado para honrar al sol por la “liberación” de Roma; y cuando prescribió un día de descanso, fue otra vez en nombre del dios Sol (“el día celebrado para la veneración del Sol”)5, y no el hijo de Dios.6  Durant nos recuerda que a lo largo de su vida “cristiana”, Constantino usó ritos paganos como cristianos, y continúo dependiendo de “fórmulas mágicas paganas para proteger los cultivos y curar las enfermedades”.

Que Constantino asesinara a quienes podrían haber reclamado su trono, incluyendo a su hijo Crispo, a un sobrino y a un cuñado, es un indicio más de que su “conversión” fue, como muchos historiadores coinciden, una hábil maniobra política para unir el imperio. El historiador Philip Hughes, él mismo un sacerdote católico,  nos recuerda: “en sus modales [Constantino] permaneció, hasta el final, como el pagano de sus primeros años de vida. Su temperamento furioso, la crueldad que, una vez suscitada, no perdonaba ni las vidas de su esposa e hijo. Son…un testimonio desagradable de la imperfección de su conversión”.

No pasó mucho tiempo antes de la nueva tolerancia que Constantino se encontró enfrentado con un problema que nunca había anticipado: división dentro de la iglesia cristiana, a la cual le había dado libertad. Como mencionamos en el capítulo anterior, ésta llegó a un punto crítico en África del Norte con los donatistas, quienes, preocupados por la pureza de la fe, se separaron de las iglesias oficiales del Estado, rechazaron sus ordenanzas, e insistieron en rebautizar al clero que se había arrepentido, después de haber negado la fe durante las persecuciones que surgieron cuando el Emperador Diocleciano exigió ser adorado como un dios.9  Después de muchos años de esfuerzos inútiles para restablecer la unidad a través de discusiones, debates, concilios y decretos, Constantino finalmente recurrió a la fuerza. Frend explica:

En la primavera del año 317 [Constantino] continuó con su decisión publicando un edicto “más severo” contra los donatistas, confiscando sus propiedades y exiliando a sus líderes. En el curso de cuatro años, la libertad de conciencia universal proclamada en Milán había sido derogada, y el Estado se había convertido una vez más en un perseguidor, sólo que esta vez a favor de la ortodoxia cristiana… [Los donatistas] no entendieron ni se preocuparon por la conversión de Constantino. Para ellos era un caso en el que el diablo insistía que “Cristo era un amante de la unidad”. En su opinión, la hostilidad fundamental del Estado hacia la iglesia [verdadera] no había sido alterada.

En sus propios tiempo y forma, Agustín siguió la dirección de Constantino en su tratamiento de los donatistas, que seguían siendo una espina en el costado de la iglesia romana. “Mientras que Agustín y los católicos hacían hincapié en la unidad de la iglesia, los donatistas insistían en la pureza de la iglesia y rebautizaban a todos aquellos católicos que llegaban a ellos — ya que consideraban corruptos a los catolicos.” Constantino había sido “implacable [como también lo serían Agustín y su discípulo Calvino] en su búsqueda de ‘herejes’ [prohibiendo] a todos aquellos fuera de la iglesia católica a congregarse…y confiscó sus bienes…Las mismas cosas que los cristianos habían soportado, ahora se practicaban en nombre del cristianismo.”12

Como buen ciudadano disfrutando de la bendición del Emperador y creyendo en la iglesia estatal que Constantino había establecido, Agustín persiguió e incluso sancionó la matanza de los donatistas y otros cismáticos, como ya hemos visto. Gibbon nos dice que las medidas severas contra los donatistas “obtuvo la más cálida aprobación de Agustín [y por lo tanto] gran cantidad de donatistas se reconciliaron con (fueron forzados a volver a) la iglesia católica”.

De Agustín se ha dicho que “la grandes misma de su nombre ha sido el medio de perpetuar los más grandes errores que él mismo propagó. Más que cualquier otra persona, Agustín ha alentado la perniciosa doctrina de salvación por medio de los sacramentos de una iglesia terrenal organizada, que trajo consigo la superschería junto con toda la maldad y las miserias que ha ocasionado a lo largo de los siglos”.

DE AGUSTÍN A CALVINO

No hay duda de que Juan Calvino aún veía a la iglesia de Cristo con ojos de católico romano. Él vio a la iglesia (como Constantino la había moldeado y Agustín la había cimentado) como socia del estado, con el estado imponiendo la ortodoxia (como la iglesia estatal la definiera) sobre todos sus ciudadanos. Calvino aplicó su formación jurídica y su celo al desarrollo de un sistema de cristianismo basado en una visión extrema de la soberanía de Dios que, por la fuerza de su lógica, obligaría a los reyes y a toda la humanidad a conformar todos los asuntos a la justicia.  En asociación con la iglesia, los reyes y otros gobernantes civiles harían cumplir el cristianismo calvinista.

De los que creían en un reino milenario de Cristo sobre la tierra, Calvino dijo que su “ficción es demasiado pueril como para necesitar o merecer refutación”. Según Calvino, el reino de Cristo comenzó con Su venida a la tierra y había estado en proceso desde entonces. Rechazando el futuro reinado literal de Cristo sobre la tierra, a través de Su Segunda Venida, para establecer un reino terrenal sobre el trono de David en Jerusalén, Calvino aparentemente se sintió obligado a establecer el reino por su propio esfuerzo en ausencia de Cristo.

La Biblia deja en claro que uno debe “nacer de nuevo”  para “ver el reino de Dios” (Juan 3:3) y que la “carne y sangre no pueden heredar el reino de Dios” (1 Corintios 15:50). Ignorando esta verdad bíblica y siguiendo el error de Agustín, Calvino determinó (junto con Guillaume Farel) establecer el reino de Dios en la tierra en Ginebra, Suiza.

El 10 de noviembre de 1536, la Confesión de Fe, que toda la burguesía y los habitantes de Ginebra y los sujetos en sus territorios debían jurar cumplir, y que Farel había redactado en conjunto con Calvino, se presentó oficialmente a la ciudad. Era un documento extenso con reglas detalladas que abarcaban todo, desde la membresía de la iglesia, asistencia, predicación, obediencia del rebaño hasta la expulsión de los ofensores.  Las autoridades de Ginebra aprobaron el documento el 16 de enero de 1537. “En marzo fueron desterrados los anabaptistas. En abril, por instigación de Calvino [se inició una inspección casa por casa] para asegurar que los habitantes estuviesen suscritos a la Confesión de Fe…El 30 de octubre hubo un intento de extraer una profesión de fe de todos los que dudaban. Finalmente, el 12 de noviembre, se emitió un edicto que declaraba que todos los renuentes ‘[que] no desean jurar lealtad a la Reforma se les ordena abandonar la ciudad’…”.

¿”La Reforma”? Hubo muchas variaciones y diferencias entre las diversas facciones de la incipiente Reforma, desde Lutero a Zuinglio.  Pero en Ginebra, sólo el calvinismo iba a ser conocido como “La Reforma” y la “Teología Reformada”. Esa afirmación presuntuosa todavía es sostenida hoy por los calvinistas en todo el mundo.

El primer intento de Calvino fracasó.  Boettner reconoce: “Debido a un intento de Calvino y Farel de imponer un sistema de disciplina demasiado severo en Ginebra, se hizo necesario que abandonaran la ciudad temporalmente”.

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Traducido por Donald Dolmus. En Defensa de la Fe (endefensadelafe.org)

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