LA SALVACIÓN Y “LAS BUENAS OBRAS” (II)

Ángel Bea

Decíamos en nuestro anterior escrito/video que nada de lo que nosotros hicimos, pudo añadir ni quitar nada al hecho de nuestra salvación. La salvación es algo que realizó Dios en y por medio de la persona y la obra del Señor Jesucristo, en tiempo pasado, con su muerte y resurrección, base de nuestra fe. Pero también hicimos alusión al “momento” cuando confesamos y entregamos nuestra vida al Señor Jesús. Luego, también se hace mención a nuestra salvación en relación al futuro; lo cual constituye nuestra más real, viva y firme esperanza. Y en toda la obra divina de la salvación “nuestras obras” nada tuvieron que ver, como bien escribió el Apóstol Pablo (Tito, 3.4-5 y Ro.3.20,23-25).

Entonces, ¿Qué papel juegan las obras en nuestra salvación? En todo este tema polémico y de mucha controversia nos centrarnos en la Epístola de S. Pablo a Tito. Así que, respondiendo a la pregunta sobre qué lugar ocupan las obras en la vida del cristiano, respondemos que ellas son consustanciales con la forma de ser del creyente; forman parte de su “ADN” espiritual. Dicho de otra forma: Las buenas obras acompañarán la vida del creyente, como una forma de ser y actuar en la vida. No podría ser de otra manera pues que al ser re-creados conformes a la imagen del Señor Jesucristo, se espera que tanto en el ser como en el hacer nos parezcamos a Él. Para eso fuimos regenerados y transformados. Veamos:

1.- En primer lugar, si leemos Tito, 2.11-14, el texto nos dice que Dios nos salvó y “redimió a fin de purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras. Aquí el Apóstol Pablo resalta el propósito por el cual Dios nos rescató de una vida sin provecho. Dice: “Purificar para sí un pueblo celoso de buenas obras”. O, como dice otra versión: “Un pueblo… totalmente entregado a la práctica del bien”. “La práctica del bien” (“buenas obras”) no solo debe ser algo que salga del nuevo corazón regenerado, sino que debe buscarse como la ocupación primordial como cristianos. Aquel que ha sido salvado de las malas obras, ahora tiene como propósito principal “hacer el bien”; y además, de forma “celosa” dijo el Apóstol. 

2.- En segundo lugar, eso que debe ser una realidad en todos los creyentes debe darse, primeramente, en el liderazgo de las iglesias. De ahí que para ocupar un lugar de responsabilidad y guía de la Iglesia, el tal debe ser “amante de lo bueno” (Tito,1.8) y “ser ejemplo de buenas obras”. El ejercicio del ministerio cristiano, entre otras cosas, no es para figurar, ni para ordenar o mandar, sino que, en principio, es reconocido por su propia forma de ser y por “hacer el bien. (Tito, 2.7; 1ªTi.3.1; 4.12).

3.- En tercer lugar, como quiera que nuestra vieja y caída naturaleza tiende al desvío, Pablo recuerda a Tito (y por extensión a todos nosotros) que hemos de estar “dispuestos a toda buena obra” (Tito,3.1). Esa buena disposición a las buenas obras corresponde a aquella disposición que tuvo Dios al enviar y entregar a su Hijo por todos nosotros (J.3-16). Esa fue la mejor, mayor y magnífica “obra” divina. Por tanto, nosotros también deberíamos “estar dispuestos para toda buena obra”. Eso es algo que sale del corazón de uno que ha sido salvado por gracia y por medio de la fe. Esa disposición a toda buena obra, no es sino la consecuencia lógica de aquella misma gracia recibida.

4.- En cuarto lugar, en vista de que el propósito de nuestra redención fue el “hacer el bien”, no debe haber contradicción entre la teoría y la vida práctica. De ahí que el Apóstol Pablo, incida nuevamente en lo mismo: “Que los que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras” (Tito 3.8). El “procurar” es algo más que el que nos tengan que decir lo que tenemos que hacer y nos insten, con insistencia a ello. Es estar dispuestos y disponibles buscando la ocasión de hacerlo sin que nos lo tengan que recordar una y otra vez.

5.- En quinto lugar, como también es cierto que a veces nosotros no siempre estamos bien orientados y atinados a la hora de “hacer el bien”, es necesario “aprender” a “ocuparnos en buenas obras”: “Aprendan también los nuestros a ocuparse en buenas obras” (Tito, 3.14). 

Pero no solo el qué debo hacer, sino el cómo hacerlo ¡y el dónde!. Pongo por ejemplo que a último de los años 70 del siglo pasado yo creía que era llamado por el Señor para fundar un centro de rehabilitación para jóvenes adictos a la droga. Tenía el terreno y los edificios a la mano. Después de un tiempo de trabajo… surgieron tantas dificultades y sentimientos contrarios a aquella tarea, que entendí y aprendí que ese no era el camino ni el ministerio para mí. Si hubiera seguido adelante me hubiera perjudicado seriamente a mí mismo y a mi familia. Tres años después llegó el hermano Mario Fumero desde Honduras, y fundó el centro de rehabilitación conocido como “Peniel”, en donde muchos jóvenes -y no tan jóvenes- encontraron al Señor, fueron liberados de la droga y restauraron sus vidas. A medida que pasaba el tiempo entendí el propósito que Dios tiene para cada uno de nosotros. Dios sabe colocar a cada uno en su debido lugar; y por otra parte aprendí de forma práctica aquel dicho que reza: “Zapatero a tus zapatos”. Por tanto no es cuestión solamente de “hacer el bien” sino de “aprender” a hacerlo, tanto en cuanto al ministerio, como en cuanto al lugar y el tiempo oportuno para desempañarlo.

Cuando nuestro hermano José Pérez salió del infierno de una vida sin propósito… Él vino a nuestra iglesia y me manifestó que no sabía qué era lo que tenía que hacer ahora. Recuerdo que él me preguntó sobre ese asunto. Pensé la respuesta por unos segundos para no darle una palabra equivocada. Entonces le dije: 

 “Quizás el mejor lugar donde puedas servir a Dios es aquel desde el cual puedas ayudar a aquellos que han pasado por donde tú has pasado. Algo que yo no podría hacer mejor que tú”. 

 Bueno, han pasado ya algunos años de aquel primer encuentro. Pero no cabe duda de que nuestro hermano José Pérez ha empleado y está empleando bien el tiempo. Él, así como yo, “aprendimos a hacer buenas obras”. Los creyentes nuevos (y algunos no tan nuevos) no saben y han de “aprender” a hacer “buenas obras” en aquello y en el lugar donde el Señor quiera ponerlos y usarlos. 

Como conclusión queremos insistir en que las obras nunca deben tomarse como el medio para alcanzar la salvación de la cual habla la Biblia, sino como la consecuencia lógica de haber recibido la salvación. Obras que deben amarse, ser “celosos” de ellas, “estar dispuestos” a “ocuparnos en ellas”, tenerlas como ocupación preferente y, llegado el caso, estar “dispuestos a aprender” a ser reorientados en todo ese amplio trabajo del “buen hacer” tal y como el Señor Jesús nos enseñó. Y hacerlo todo con gratitud a Él, que lo ha hecho posible en nosotros. 

También hemos de añadir que una vida en la cual no aparecen “los frutos” de los cuales hablan las Escrituras y que se traducen en “buenas obras” (Mt.5.16) es posible que estemos ante una fe fingida, falsa, o como diría Santiago: “Porque la fe sin obras está muerta” (St.5.26). La verdadera fe ha de estar acompañada por las “buenas obras” consecuentes. Entonces, es para reflexionar en ello.

Que el Señor os bendiga.

Acerca de unidoscontralaapostasia

Este es un espacio para compartir temas relacionados con la apostasia en la cual la Iglesia del Señor esta cayendo estrepitosamente y queremos que los interesados en unirse a este esfuerzo lo manifiesten y asi poder intercambiar por medio de esa pagina temas relación con las tendencias apostatas existentes en nuestro mundo cristiano.
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