PROMESAS FANTÁSTICAS

Mario E. Fumero

            Los seres humanos, por naturaleza, siempre buscan lo fácil, lo cómodo y lo que es agradable a los ojos. Desde antes de pecar en el Edén, el deseo de ser y tener ya estaba presente en el corazón de las criaturas de Dios. El mismo Satanás, cuando era ángel de luz, concibió el deseo de ser más, y codició ser semejanza al Altísimo (Is. 14:14), originándose así su caída.

            Esta característica de la naturaleza humana, el egoísmo, lo hace vulnerable a creer y buscar siempre lo fácil, cómodo y saludable, razón por lo cual, muchos se aprovechan de esta fragilidad para presentarles un mensaje lleno de fantasías y falsas esperanzas, que se convierte en una mentira del diablo.

            Siempre ha habido predicadores o profetas que han adaptado el mensaje al gusto del oyente. Si el mensaje era positivo (en lo relacionado a la salud y la prosperidad) los resultados eran buenos: Adulación, recompensa y fama. Pero si, al contrario, el mensaje era negativo (de juicio o calamidad), el desprecio, el rechazo y el apedreamiento eran casi seguros. ¿Por qué esta actitud? Por la sencilla razón de que nos gustan siempre más los mensajes fantásticos, aunque sean una mentira lucrativa.

Es por ello que Jeremías 23:32 nos muestra el reproche de Dios a su pueblo y declara: “He aquí, dice Jehová, yo estoy contra los que profetizan sueños mentirosos y los cuentan, haciendo errar a mi pueblo con sus mentiras y con su liviandad. Yo no los envié ni les mandé. Ningún provecho traerán a este pueblo, dice Jehová”. Esto muestra que siempre han existido y existirán mentirosos que dicen cosas que Dios jamás dijo.

            ¿Qué es mentira? Todo lo que no es verdad. Y a la hora de enseñar promesas, debemos considerarlas junto con las demandas o condiciones, así como el marco histórico de cada hecho. En este punto debemos equilibrar, no solo el mensaje de prosperidad material a los demás textos bíblicos, sino que debemos moderar nuestra enseñanza de sanidad a una lógica bíblica relacionada con el juicio edénico.

            La Biblia establece que el pecado entra en el corazón del hombre por la desobediencia. Que a través de Adán todos heredamos esa naturaleza pecaminosa (Ro. 5:14) que nos lleva a dos muertes; la física y la espiritual. Cuando aparece Jesús recibimos por medio de su muerte y resurrección la “vida eterna”, perdida en el huerto del Edén, y recuperada mediante la redención de la Cruz: “Porque, así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados” 1 Co. 15:22. Pero, ¿ser vivificado en Cristo significa una liberación total de juicio Edénico? ¡NO! Sino una promesa de redención al terminar nuestra vida terrenal, y partir al encuentro con Dios. Es allí cuando acabará toda lagrima y dolor (Ap. 21:4).

            Pablo acepta el hecho de un cuerpo físico sujeto al juicio edénico al decir en 2 Corintios 4:16: “Por tanto, no desmayamos; más bien, aunque se va desgastando nuestro hombre exterior, el interior, sin embargo, se va renovando de día en día”. ¿Qué significa desgastando el hombre exterior? Consumirse envejecerse y deteriorarse. Esto significa que estamos todavía sufriendo una parte del juicio Edénico, según Génesis 3:16-19, donde se establece que:

  1. La mujer pariría con dolor y se sujetaría a su marido (16)
  2. El hombre tendría que trabajar para vivir. Como consecuencia de ello, tendría que sudar y sufrir por los cardos y espinos de la vida (18-19).
  3.  Y ambos tendrían que morir (19).

¿De qué maldición nos liberó Cristo? De la condenación, y separación de Dios causada por el pecado; “ahora pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Ro. 8:1). Sin embargo, seguimos sufriendo, envejeciendo, trabajando y sudando, y enfermándonos. Las mujeres siguen pariendo con dolor, y el juicio a la carne está vigente. Si esto es así ¿cómo podemos ofrecer un evangelio sin sufrimiento? ¿Acaso Cristo ofreció a sus seguidores el ser “supermanes o superhombres”? Dicen los maestros de la” super fe” que un cristiano ni puede ser pobre, ni estar enfermo. Y llegan incluso a afirmar que ambas cosas son maldiciones de las cuales hay liberación total y afirman que: “Si Él pago del precio, (en referencia a Isaías 53) se llevó sus enfermedades, usted no tiene por qué seguir sufriendo[1]”.

            Partiendo de esta falacia “un cristiano jamás puede estar enfermo, si es fiel”. ¿Como podemos explicar las enseñanzas de Jesús cuando al entrenar a sus discípulos les dijo:

  1. Seréis aborrecido por mi causa. Jn 15:18
  2. Sufriréis aflicción. Jn. 16:33, Mt. 13:21
  3. Sufriréis como ovejas en medio de lobos Mt.

10:16, Lc. 10:3.?

¿Y cómo podemos aplicar las enseñanzas de los apóstoles, cuando declararon que el sufrimiento es parte inseparable de la vida cristiana, y compararon estos hechos al sufrimiento de los profetas y del mismo Jesús?

Ver 1 Pd. 4:12-17, 2 Co. 11:23-29, 2 Ti. 1:8, 1 Pd. 5:9, Lc. 11:49.

No puedo negar ni dejar de creer en la sanidad divina como una manifestación del poder de Dios (Mr. 16:18), como producto de la fe ( Mr. 5:25-28) y como operación de los dones espirituales (1 Co 12:9), pero también debemos reconocer la Soberanía de Dios en relación a sus hijos, que un cristiano puede estar enfermo y a la vez ser un fiel siervo de Dios, como lo fue San Pablo que enfermó (2 Co. 11:29,  12:7-10,) e incluso gracias a una enfermedad física se detuvo en Galacia y les predicó, levantando una iglesia entre ellos declarando que les predicó a Cristo (Gá. 4:12-14) “a causa de una enfermedad del cuerpo”.

            No somos invulnerables a las enfermedades. Nadie muere de nada, siempre nos morimos de algo. La victoria final sobre la muerte y la carne es la partida a estar con Cristo, lo cual se describe como ganancia (Fil. 1:21). No podemos evadir el sufrimiento, sino más bien gozarnos en él, como dice Filipenses 1:29 “Porque se os ha concedido a vosotros, a causa de Cristo, no solamente el privilegio de creer en él, sino también el de sufrir por su causa”, y este mensaje equilibra la balanza, pues no todo es de color de rosa.

            ¿Porque se sufre? Por el juicio que está vigente, porque estamos sujetos a la ley del pecado, que mora en nosotros (Ro. 7:7:23), porque este cuerpo es polvo y al polvo se vuelve. Se puede sufrir haciendo lo malo o haciendo lo bueno. El cristiano entrenado en la entrega y el amor sufre, como un soldado, el cual es capacitado para padecer adversidades (2 Ti. 2:3). Quien ama, sufre. Quien predica un mensaje contra el pecado, y no se adapta al príncipe de este mundo, sufrirá los ataques del diablo, como les aconteció a los mismos apóstoles (Fil. 1:12-14). ¿Y es que acaso nosotros somos mejores que ellos?

En los últimos tiempos los cristianos sufrirán, por razón de su fe, y el Señor castigará con tribulación a los que os atribulan (2 Ts. 1:6). Las profecías de Apocalipsis nos muestran que los verdaderos discípulos serán guardados de las pruebas que sobrevendrán en los últimos tiempos, no sin antes padecer un poco (Ap. 3:9-11) y deberán luchar por retener la corona. Muchos serán engañados con el aumento de la apostasía, que nacerá de la avaricia de aquellos que predicarán un evangelio mercantilizado, y harán negocios con vuestras almas y los dones de Dios (2 Pd. 2:3).

            No debemos negar al Dios que hace milagros, ni al que sana, pero debemos mantener un equilibrio que no haga a Dios un títere de los caprichos humanos, imponiéndole cosas que muchas veces pueden chocar con su soberanía. Si estudiamos bien las oraciones del Nuevo Testamento, notaremos que en todas ellas se actuó con prudencia, no asumiendo posiciones autoritarias hacia Dios como el hecho de decir que “tú tienes” “tu debes” “yo te ordeno” etc. ¿Quién soy yo para decirle al Señor (Kyrios significa soberano Señor) lo que debe o no debe hacer?

 Cuando los cristianos primitivos oraban tenían sumo cuidado en no actuar con soberbia y prepotencia. Veamos con qué sabiduría demandaban a Dios milagros y sanidades: “Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y da á tus siervos que con toda confianza hablen tu palabra; Que extiendas tu mano á que sanidades, y milagros, y prodigios sean hechos por el nombre de tu santo Hijo Jesús” (Hch. 4:29-30). ¿Pero para que pedían los milagros y las sanidades? Para glorificar el nombre de Dios en medio de un pueblo incrédulo. Hoy día estos actos, además de imperativos y caprichosos, se usan para que un hombre se vuelva estrella y tome los milagros como punto de referencia para obtener dividendos o ganancias. Esto equivale a hacer mercantilismo del poder de Dios, como lo hizo Simón el mago (Hch. 8:18-22).


[1] -“Las Cinco Dimensiones de la Prosperidad” Juan R. Capurro. Editorial Betania 1997, página 96.

Acerca de unidoscontralaapostasia

Este es un espacio para compartir temas relacionados con la apostasia en la cual la Iglesia del Señor esta cayendo estrepitosamente y queremos que los interesados en unirse a este esfuerzo lo manifiesten y asi poder intercambiar por medio de esa pagina temas relación con las tendencias apostatas existentes en nuestro mundo cristiano.
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