Mario E. Fumero
Escuché este pensamiento y me puse a reflexionar seriamente sobre el contenido que encierra y sobre la actitud pasiva y tolerante de aquellos que, teniendo la verdad y la razón, por medio del voto se quedan callados frente a las injusticias y las actitudes incoherentes que prevalecen en nuestra sociedad, impulsadas por hombres perversos que carecen del temor de Dios.
¿Quién es culpable de la corrupción? Todos nosotros, que somos la mayoría. Si tenemos malos gobiernos, los responsables son los votantes; y si el mal prevalece, es porque quienes tienen el bien no tienen discernimiento y votan de manera incoherente. Todos sabemos que una minoría puede controlar, con dinero y mentiras, a una gran mayoría. Tristemente, los que tienen la verdad y defienden la justicia se quedan callados, dando lugar al enemigo para que se adueñe no solo de las riquezas, sino también del destino de nuestros países y, en el ámbito religioso, de nuestras iglesias.
Nos quejamos de los malos gobiernos que hemos tenido en los últimos treinta años y de la corrupción prevaleciente a nivel gubernamental; sin embargo, los únicos culpables de que esto ocurra somos todos los buenos que, siendo mayoría, hacemos menos. Una de las preguntas que me hago es: ¿cómo puede una minoría insignificante imponer sus criterios a una mayoría predominante?
Hemos visto cómo, de forma impositiva, algunos organismos internacionales han tratado de obligar a los gobiernos a implementar derechos y políticas contrarias a la moral cristiana para complacer a una pequeña minoría, afectando a una gran mayoría. No negamos los derechos de las minorías, pero no es lógico que estos se sobrepongan a los derechos de la mayoría, ni que se establezcan reglas antinaturales que obliguen a todos a aceptar sus caprichos, como ocurre, por ejemplo, con la legalización del matrimonio homosexual y la imposición de la ideología de género.
Existe un dilema en nuestra sociedad, que dice ser cristiana. Y yo me cuestiono: ¿cómo es posible que, si el 80 % de quienes formamos el Estado decimos ser cristianos, votemos por diputados, alcaldes y presidentes que aprueban y apoyan el aborto liberal, defienden el matrimonio homosexual, promueven la eutanasia y proponen la prohibición de la enseñanza de la Biblia como libro de texto en las escuelas? ¿Cómo es posible que juguemos con la Biblia como valor moral y, al mismo tiempo, legislemos contra sus principios? ¿Cómo es posible que, conociendo a personajes corruptos, inmorales y adúlteros, los elijamos para cargos públicos sin tomar en cuenta su testimonio? ¿Cómo es posible que la mayoría permanezca en silencio mientras la minoría ejecuta injusticias y viola la Constitución?
Al analizar todas estas preguntas y observar la realidad en la que nos encontramos sumergidos, surgen muchas respuestas. Y es ahí donde el título de este artículo nos conduce a una profunda reflexión: si el mal prospera en nuestra sociedad, se debe únicamente a que una gran mayoría de los buenos no hacemos nada y, por lo tanto, permitimos que el enemigo controle la sociedad, dejándonos desarmados para enfrentar la maldad.
Recordemos que, como cristianos, tenemos tres herramientas para luchar contra la descomposición social. La primera es la oración, para que Dios ilumine a quienes gobiernan. La segunda es la denuncia de lo que es malo, defendiendo nuestros valores frente a toda ley o propuesta contraria a la moral cristiana. Y la tercera, la más poderosa, es el voto, que, si se usa con buen discernimiento, puede evitar que los corruptos lleguen al poder y que hombres inicuos promuevan leyes inmorales. En nuestras manos está el futuro de nuestra nación.



Si tenemos en cuenta que tanto el bien como el mal son conceptos subjetivos, pues es de recibo prescindir de opinar sobre cosas absurdas.
Reto a que alguien me diga una sola cosa que esté bien y que yo no pueda rebatir.
En cuanto a que los demás no hacen nada, eso es otro concepto muy discutible, pues qué se espera que se haga para evitar que «los malos» se lleven todo. A ver, quiero escuchar a esas «mentes brillantes»