A ti, que tanto me lastimaste.
Te dije que estaba sufriendo, y te mostré mis heridas, pero en lugar de ayudarme a sanar, le echaste más sal a mis heridas.
Viste mis debilidades y las convertiste en armas. Había palabra que decías y que cortaba más profundamente. Y cuando estaba al límite, apenas sosteniéndome, y tú me diste el último empujón, es como si disfrutaras viéndome desmoronarme. Como si verme perdida te diera poder.
Sabías exactamente dónde atacarme. Siempre Jugando con mi mente, seguías destrozándome, pedazo a pedazo, hasta que no quedó nada mas de mí.
Ahora me siento aquí, rota y vacía, y de alguna manera, yo soy la culpable. Hoy dices que soy demasiado distante, demasiado fría. Y mientras tu te pintas como la víctima. El mundo escuchará tu historia, pero nadie verá la destrucción que dejaste en mí…
Por eso aconsejo a todos aquellos que vean una alma rota aunque tengan razon, busquen las formas para decir las cosas…tu no sabes a quien puedes salvar o a quien puedes matar con una sola palabra. Tú no estás en este mundo para ser juez, sino para ser esa alma compasiva, comprensiva, empática. El dolor no se puede medir, pero se puede sentir. Piénsalo… Muchos hablan desde su dolor. Sino puedes ayudar, lo mejor es callar.
Necesito de tus oraciones: Ora: por todas las personas heridas, pidiendo ayuda con un grito de desesperación… ayúdame, ya no me juzgue, no me insultes, ayúdame a salir de esta hondonada donde poco a poco he caído, y no se cómo salir. Ya no seas mi juez, ayúdame a sanar mis heridas. Y si no puedes callar.
(Salmo 42:5 y 11) «¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío». Este salmo enseña a uno mismo a no desesperar, sino a esperar en la salvación de Dios, incluso cuando el alma está turbada.


