CUANDO LA GRACIA ES DESGRACIA.

Mario E. Fumero

(Tomado del libro «Buscando el Equilibrio)

          A lo largo del cristianismo, la iglesia ha sufrido las influencias filosóficas del mundo secular, y no ha estado exenta de que razonamientos humanos desvirtuaran aspectos fundamentales en la vida de los cristianos. Uno de ellos radica en el énfasis actual a la “gracia absoluta”, que lleva a proclamar una predestinación por medio de la cual la gracia de Dios es dada a aquellos que Él quiere, y no a aquel que busca al Señor.

          Se ha dicho, erróneamente, que esta «doctrina» es de origen calvinista, pero no es cierto, pues muchos teólogos anteriores la matizaron, y Martín Lutero[1] la proclamo, aunque no de forma tan radical, pues con el tiempo modificó algunos de sus puntos de vista, hasta que llegó a afirmar en una reflexión que la fe absoluta y la salvación predeterminadas por Dios, sí existían sería una falta de misericordia de Dios[2]. Juan Calvino tomó este aspecto para confeccionar una doctrina bien diseñada, y remachar lo que ya era una influencia antigua dentro de la fe cristiana.

CUANDO COMIENZA ESTA DOCTRINA

          La predestinación, o la gracia absoluta, para salvación o condenación, fue desarrollada dentro del cristianismo por San Agustín (354-430 a. D.), debido a la influencia platónica que tenía, por lo que adaptó a la teología esta metodología analítica y filosófica, elaborando varios tratados sobre temas controversiales en el norte de África. Entre sus enfoques figuraban la Trinidad y la Predestinación. Él captó la mentalidad del gnosticismo[3], para potenciar su definición, partiendo de los elementos en los cuales se fundamentan la doctrina de “la gracia absoluta”. Esta idea afirmaba que el ser humano es tan depravado en su naturaleza física, que está muy inferior a Dios, por lo que es imposible que por sí mismo el   obtener la gracia de Dios. Bajo tal principio el hombre no puede hacer nada por salvarse, quedando todo a la «Soberanía de Dios». Tertuliano dijo al respecto: «Hay personas que actúan como que Dios tuviera bajo la obligación de brindar sus dones aun a aquellos que no son dignos de ellos.»[4]. Quizás el gran dilema de la «predestinación» sea la Soberanía y Omnisciencia de Dios, frente al libre albedrío del hombre.

          Antes de San Agustín, ya se había dado el problema de la predestinación. Muchos antiguos padres de la iglesia abordaron el tema, entre ellos Orígenes[5], el cual, por su afición a la filosofía había analizado la influencia gnóstica en la fe cristiana. En su apologética a la tendencia de la «gracia absoluta», él usa el argumento del libre albedrío como forma básica de rebatir tal idea. El afirma: <Tome en cuenta cómo Pablo nos habla, de tal manera que podemos entender que tenemos libre albedrío y que nosotros mismos somos causa o ruina de nuestra salvación. Es decir, ¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia, y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento? Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para tí mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno conforme a sus obras; vida eterna a los que, perseverando en el bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino obedecen a la injusticia, Romanos 2:4-8> [6].

          Otros muchos padres de la iglesia defendieron el libre albedrío como argumento para refutar la gracia absoluta en cuanto a una salvación que sólo dependía de Dios. El paganismo, pudo con este principio, producir uno de los debates más cruciales en la naciente iglesia, lo cual llevó a perder el norte de África a la influencia de la fe cristiana. De ahí vemos como lentamente la gracia salvadora se divorció de las obras en el ser, llagándose a afirmar en la edad media que la salvación es sólo por obra, y no por gracia. Otros se afianzaron en que todo es pura gracia, y ésta viene de Dios, por lo que no está a nuestro alcance el decidir si somos o no salvos.  Martín Lutero[7] llegó a captar esta idea envuelta de paganismo, creándose el conflicto entre obra y gracia, lo cual persiste hasta el día de hoy.

¿ES LA GRACIA ABSOLUTA?

          Apoyarnos en una gracia absoluta, y en una predestinación radical, es anular el esfuerzo personal por regenerarnos. Es dejarle a Dios todo el trabajo, asumiendo nosotros una actitud pasiva frente al pecado. Es cierto que existen muchos textos que aparentemente dan base a esta doctrina, como el de Romanos 9:16: «Por lo tanto, no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios quien tiene misericordia.» Pero al analizar bien a fondo (el espíritu del escrito), no encontramos base para afirmar que nosotros no podemos hacer nada para alcanzar la gracia de Dios, sino que alaba a Dios por su bondad, porque lleva al hombre que en él confía, a su perfecta voluntad. Una vez estando en sus caminos, él nos conduce por medio de un trato directo del Espíritu Santo a su perfecto deseo para nuestras vidas, siempre y cuando nos mantengamos «firmes y en la Palabra».

          Si todo está determinado ¿nos queda alguna opción para escoger? Entonces, ¿qué sentido tienen las palabras de Pedro cuando afirma: «El Señor no tarda su promesa, como algunos la tienen por tardanza; más bien, es paciente para con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda, sino que todos procedan al arrepentimiento.»(2Pedro 3:9). Si él no quiere que nadie se pierda, y por eso demora su venida ¿no es un acto de hipocresía el programarme para perderme, y después decir que desea salvarme? Dios parte de tu actitud, y respeta tus deseos. Cuando te endureces, y eres indiferente a su Palabra, él te entrega a tus propias pasiones, lo que es igual a «pasar de ti», ignorándote por tu pecado. San Pablo antepone el deseo del hombre, sobre la Soberanía de Dios, y afirma: «Pero pregunto: ¿Acaso no oyeron? ¡Claro que sí! Por toda la tierra ha salido la voz de ellos; y hasta los confines del mundo, sus palabras.» (Romano 10:18)

Es por ello por lo que basado en la conciencia que tengas de la Palabra, al usar mal tu libre albedrío para optar por el pecado, el corazón se endurece, y entonces es cuando el afirma en Romanos 10:18.: «De manera que de quien quiere, tiene misericordia; pero a quien quiere, endurece. «. En este sentido el término «endurecer» no significa que el actúa directamente, siendo Dios el que endurece, sino que, frente a tu rebeldía, frente a tu indiferencia, el Señor te abandona en su trato, y te deja a expensas de tus propias pasiones. Entonces descubrimos como Dios, con un amor misericordioso trata de persuadirte, y lucha para salvarte hasta un límite, pero cuando le resistes, y tratas altercar con Dios, éste le abandona, afirmando Pablo que: «Antes que nada, oh hombre, ¿quién eres tú para que contradigas a Dios? ¿Dirá el vaso formado al que lo formó: «¿Por qué me hiciste así?» ¿O no tiene autoridad el alfarero sobre el barro para hacer de la misma masa un vaso para uso honroso y otro para uso común?» (Romanos 9:20-21).   

          El hacer un vaso de honra o deshonra no está determinado por el capricho del alfarero, sino por la calidad del material (el barro), y esto lo saben muy bien los que trabajan como alfareros. ¿Quién determina el uso? Si yo trabajo con barro, y la calidad de éste es mala ¿qué puedo hacer? Dependiendo de la calidad del material, dependerá la conducta del alfarero. Dios obra de acuerdo con nuestra actitud. La Palabra (semilla) es buena, pero ahora necesita una tierra fértil (el corazón humano) para que germine cuando venga el agua, (la obra del Espíritu). Ser vaso de honra significa saber retener la Palabra: «Por el cual también sois salvos, si lo retenéis como yo os lo he predicado. De otro modo, creísteis en vano.»(1 Corintios 15:2) «Mirad que no rechacéis al que habla. Porque si no escaparon aquellos que en la tierra rechazaron al que advertía, mucho menos escaparemos nosotros si nos apartamos del que advierte desde los cielos.»(Hebreos 12:25)

¿SOBERANÍA DE DIOS, VERSUS LIBRE ALBEDRÍO?

          Dios en su soberanía actúa cuando nosotros depositamos en él nuestro libre albedrío, de lo contrario, no sólo él no puede hacer nada, sino que nos abandona, no tratando de forzar nada, a menos que nosotros decidamos por propia voluntad el seguir en su Palabra: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; como yo también he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.» (Juan 15:10)». «Por tanto, Jesús decía a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; «(Juan 8:31).

          Actualmente han salido algunas corrientes o iglesias, que como al principio del cristianismo, han hecho de la «gracia absoluta» una forma de atraer a aquellos que sin esfuerzos personales quieren alcanzar el cielo, viviendo vidas mediocres, rechazando el luchar para buscar la santidad. Viven enfatizando tanto la gracia, que terminan cayendo en desgracia. La gracia de Dios es un regalo que debemos atesorar, como un don eterno. Si la cuidamos y apreciamos no la perderemos jamás, pues ésta es para la eternidad, pero como toda dádiva (o regalo), la podemos abandonar, tirar, destruir de nosotros y en sí misma. Cualquier regalo, por más valioso que sea, dependerá del que lo posea, por lo tanto, la dádiva de Dios está sujeta a la actitud del hombre, y aunque la salvación es eterna, ésta se someterá al libre albedrío del hombre, el cual puede echarla por la borda cuando deliberadamente (o voluntariamente) persista en el pecado. No es que por cualquier pecado la salvación se pierde, pero sí hay actos que pueden hacer que la misericordia de Dios se aparte de nosotros, para dar paso a su ira. Eso es lo que dice la Pala-bar en Hebreos 10:26-27:«Porque si pecamos voluntariamente, después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por el pecado, (Hebreos 10:26).

REALIDAD BÍBLICA DE LA SALVACIÓN

          Hay muchos otros textos que ratifican esta realidad. En Hebreos 10:36 dice: “Porque os es necesaria la perseverancia para que, habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis lo prometido;» Y en 2 Pedro 2:20-22:  «Porque si los que se han escapado de las contaminaciones del mundo por el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo se enredan de nuevo en ellas y son vencidos, el último estado les viene a ser peor que el primero. Pues mejor les habría sido no haber conocido el camino de justicia, que después de conocerlo, volver atrás del santo mandamiento que les fue dado. A ellos les ha ocurrido lo del acertado proverbio: El perro se volvió a su propio vómito; y «la puerca lavada, a revolcarse en el cieno». Y en Apocalipsis 3:11-12: «Yo vengo pronto. Retén lo que tienes para que nadie tome tu corona.  Al que venza, yo le haré columna en el templo de mi Dios, y nunca jamás saldrá fuera. Y escribiré sobre él el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios –la nueva Jerusalén que desciende del cielo, enviada por mi Dios- y mi nombre nuevo.

Quizás sea un poco duro lo que voy a decir, pero la Soberanía de Dios está sujeta a su propia naturaleza. Dios no puede mentir, ni contradecirse a sí mismo, ni anular las características que él le ha dado al hombre, como es el libre albedrío. El hombre es el único que puede limitar la obra de Dios. Pensar en un Dios que impone, determina, maneja y actúa con los seres humanos como un jugador con las fichas del ajedrez sería, hasta cierto punto, un absurdo, máxime cuando vemos de un lado a Dios, y del otro a Satanás. Me imagino ver este juego, según la creencia de la predestinación absoluta, en donde Dios le dice al diablo: «Cómete a ese peón, porque no lo quiero».

          He pensado que nosotros hemos querido obligar a Dios a que en su omnisciencia él tiene que saberlo todo por fuerza. Sin embargo, en su soberanía es libre de saber o ignorar lo que estime conveniente. Si el pecado separa al hombre de Dios, y para Dios los que están en pecado están muertos, ¿No sería equivalente a que éste ignore a los tales, a menos que acepten el llamado de su hijo Jesucristo?.[8] Cuando nacemos de nuevo, somos hechos hijos de Dios, somos inscritos en el Libro de la Vida, y a partir de ahí Dios obra en nosotros, dependiendo de la rendición que hagamos a su Señorío. Es por ello por lo que Jesús afirmó: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Toda rama que en mí no está llevando fruto, la quita; y toda rama que está llevando fruto, la limpia para que lleve más fruto. (Juan 15:1-2) «Si alguien no permanece en mí, es echado fuera como rama, y se seca. Y las recogen y las echan en el fuego, y son quemadas.» (Juan 15:6)

          Pablo reconoce que esta obra de Cristo está condicionada a nuestra «perseverancia», dando la posibilidad a que podamos echar por la borda todo lo que Dios nos ha dado a través de su hijo: «El recompensará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que por su perseverancia en las buenas obras buscan gloria, honra e incorrupción; (Romanos 2:6-7). Noten el término «perseverancia», lo cual significa mantenerse constante en algo.

          No podemos dejarle a Dios todo, ni tampoco podemos creer que depende de nosotros el ser o hacer. Aquí debemos buscar un equilibrio que nos lleve a buscar una moderación entre ambos extremos. Dios hace su parte, la más difícil; redimir al hombre enviando a su hijo a la cruz del Calvario, y derramando su sangre por nosotros. Ahora nos toca a nosotros ir a Jesús, aceptar su muerte substitutiva, y crucificarnos con él para comenzar una nueva vida. Ahora nos toca luchar contra el pecado que nos asedia, cuidando esa salvación como dice la Palabra: ¿Cómo escaparemos nosotros si descuidamos una salvación tan grande? Esta salvación, que al principio fue declarada por el Señor, nos fue confirmada por medio de los que oyeron, (Hebreos 2:3). Debemos entender que todas las promesas de Dios son condicionales, y aun esa salvación es condicional, pues somos sus discípulos «si hacemos lo que él dice».No podemos ser radicales contra los que, proclamando salvación determinada por Dios, viven en santidad y rectitud, no dando lugar a la vida liviana y pecaminosa, pero si condenamos el radicalismo de una gracia que nos libera tanto del esfuerzo para vivir santos, que caemos en una dicotomía simplista y destructiva que hace de la gracia de Dios una desgracia humana.


[1]– Aunque Martín Lutero no fue tan radical en este punto, en algunos momentos pareció hacerle el juego a la gracia absoluta de la predestinación, al afirmar en algunos de sus escritos y sermones que; «las únicas personas que tienen fe salvadora son aquellos a quienes Dios se las ha dado» (Del libro «Cuando el cristianismo era nuevo» de David W. Bercot. Página 80

[2]-«The Bondage of the Will» Martín Lutero, Gran Rapid, MI. U.S.A. Baker Book House, 1976.

[3]-El gnosticismo es una corriente religiosa que se hizo fuerte en la etapa inicial del cristianismo, teniendo su raíz en el principio por el cual el conocimiento absoluto viene por una acción intuitiva, mediante la observación de la naturaleza, fruto de una iluminación espontánea, y reservada a ciertas personas, teniendo una mezcla de influencias orientales. En el cristianismo se conjugan las tradiciones hebreas (llamada cábala), con las influencias helenístas, más la observación y el razonamiento libre. Todo esto produce los elementos de una teología con influencias gnóstica.

[4]– Del libro «On Repentance» Capítulo 6 de Tertuliano.

[5]– Orígenes (185-225 d.c.) fue discípulo de Clemente de Alejandría, el cual a su vez fue discípulo de uno de los apóstoles de Jesús (First Thins, tomo 2, capítulo 3, sección 6). Se le considera el fundador de la teología y la filosofía cristiana. (Diccionario Enciclopédico Océano)

[6]-De libro «First Things» Autor Orígenes, Tomo 3, Capítulo 1.

[7]– Del libro «Bondage» de Martín Lutero página 43.

[8] – En Apocalipsis 3:20 se afirma que “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo;” y por lo tanto el que tiene que abrir es el que esta adentro. Si no habré ¿que podría hacer? Pues la lógica dice que irse.

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