Mario E. Fumero
En las Sagradas Escrituras, en el libro de Apocalipsis, capítulo 6, versículo 6, leemos: “Y oí una voz en medio de los cuatro seres vivientes, que decía: Dos libras de trigo por un denario, y seis libras de cebada por un denario.”
Para entender mejor el sentido de este texto, debemos saber qué es un denario. Se trata de una moneda antigua equivalente, más o menos, al salario promedio de un día de trabajo. Esto deja ver que los alimentos básicos se encarecerían en los últimos tiempos, alcanzando precios exorbitantes. Hoy estamos viendo cómo lo profetizado comienza a hacerse realidad.
El aumento del precio del combustible, por un lado, sumado a la subida anunciada del trigo y del azúcar, junto con los raquíticos salarios de los países del tercer mundo, nos pronostica un aumento alarmante de la pobreza y, por ende, del hambre. Se habla de combatir la pobreza, pero el aumento de los precios supera los incrementos salariales, creándose una descompensación que reduce cada vez más el poder adquisitivo de los sectores más vulnerables.
Es indudable que estos tres productos básicos ejercen una fuerte influencia sobre los demás artículos de consumo. Si sube el combustible —cuyo aumento supera el 30 % en un solo año—, subirán todos aquellos productos que dependen de este rubro. Se disparará el transporte de pasajeros y de carga; aumentarán los precios de los productos plásticos, de los derivados del petróleo como el aceite, las llantas, entre otros. Asimismo, se incrementarán los costos de la energía eléctrica, lo que encarecerá la producción en las fábricas, las cuales trasladarán estos aumentos al consumidor final.
Cuando, por ejemplo, una producción agrícola llega a su destino final, el costo del transporte encarece su venta. Si este producto es elaborado en fábricas, como en el caso del tomate enlatado, se le suma el costo de traslado y producción, y posteriormente el de distribución. Este es un claro efecto dominó, pues el petróleo es un derivado base para casi toda la producción y el funcionamiento de una nación.
Al aumentar la harina de trigo, automáticamente subirán todos los productos derivados de esta. Veremos incrementarse los precios del pan, los dulces, los alimentos para bebés, las galletas y un sinfín de artículos que requieren este componente. Si a esto se le suma el aumento del azúcar, los productos elaborados con harina sufrirán un doble incremento, ya que ambos insumos son esenciales en su fabricación.
Al alza del azúcar hay que añadirle una enorme cantidad de productos que contienen esta materia prima, como los refrescos, los caramelos, los chocolates, el café, las malteadas, las gelatinas y una larga lista de insumos de uso cotidiano.
Si sumamos a todo lo anterior la devaluación de la moneda, el aumento de los impuestos para sostener una burocracia improductiva y la subida de productos básicos como la leche y la carne, nos enfrentamos a un panorama siniestro para los más pobres. Reconocemos que el encarecimiento de estos productos no obedece únicamente a los caprichos del gobierno de turno, sino a factores externos como la política internacional, las calamidades climáticas y los vientos de guerra que soplan sobre el mundo.
Esté quien esté gobernando, la crisis económica obedece a factores externos, en gran medida incontrolables. La única opción viable es producir más y gastar menos. Sin embargo, con tantos feriados y el derroche de los pocos recursos que nos quedan, la situación se vuelve sumamente grave para los países pobres del tercer mundo y, para nosotros, francamente caótica.
Es necesario comenzar a tomar medidas para que lo irremediable no se convierta en una calamidad. Hay que preparar planes de emergencia para enfrentar la escasez que se avecina. El caballo negro de Apocalipsis ya ronda el mundo empobrecido. Notemos que lleva una balanza en la mano (Apocalipsis 6:5), símbolo de la escasez. Esto indica que en los últimos tiempos viviremos una inflación insostenible y galopante que llevará a millones de seres humanos a la hambruna.
Esto debe llevarnos a reflexionar y entender que la época de las vacas gordas se acabó, y que vienen tiempos de vacas flacas. Ante esta realidad, solo hay una salida: hacer provisión y tomar medidas para poder subsistir en medio de la amenaza que se cierne sobre nosotros.
¿Seremos conscientes de esta realidad profética? Solo hay una salida clara: importar menos, producir más y exportar más.


