Mario E. Fumero
Los cambios producidos en nuestra mentalidad nos conducen a acciones que revelan claramente en que estilo de vida vivimos, así como en los enfoques teológicos y énfasis existentes. Una de las muchas influencias que predominan en las corrientes filosóficas y psicológicas del mundo de hoy, es que debemos alcanzar una meta, sin tomar en cuenta el «medio». Lo importante es «realizarnos en aquello que deseamos», sin considerar si nos conviene o no. De allí nació la idea de que «el fin, justifica los medios«, argumento que esgrimió el comunismo y hoy lo adopta el capitalismo despiadado que nos azota.
Cuando esta mentalidad nos embarga, comenzamos a desarrollar una dinámica donde las personas son como piezas en un tablero de ajedrez. Jugamos con ellas, las manipulamos y las usamos para obtener aquello que nos hemos propuesto. No evaluamos hasta qué punto puede o no ser de Dios el poseer, conquistar o adquirir lo que deseamos, y muchas veces nos encontramos que pedimos y actuamos mal, como dice Santiago 4:3-4: «Pedís, y no recibís; porque pedís mal, para gastarlo en vuestros placeres. ¡Gente adúltera! ¿No sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Por tanto, cualquiera que quiere ser amigo del mundo se constituye enemigo de Dios». Convirtiéndonos en ese tipo de persona que se menciona en Filipenses 2:21: «Porque todos buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo».
¿Hasta dónde nos ha dominado la importancia de “los bienes”, sobre las personas? Vemos, tristemente, plasmadas muchas enseñanzas basadas en la importancia de alcanzar metas materiales en el quehacer de la iglesia. Exaltamos la importancia de tener un buen edificio, un buen grupo musical, unas buenas instalaciones, un buen equipo de sonido, un buen automóvil etc., y para lograr esto, sacrificamos principios, toleramos pecados, predicamos superficialmente, y les demandamos más de lo que realmente puede dar o hacer. Hacemos que todo tenga un valor, no sólo vendemos objetos y símbolos, haciendo de la iglesia un gran mercado, sino que, junto a ello, desarrollamos una actitud mental, evolucionando en nuestra concepción de las cosas.
¿Qué diferencia hay entre la iglesia del libro de los Hechos y la nuestra actualmente? Si estudiamos la Palabra, descubrimos como en el principio los cristianos «usaban las cosas para servir a la gente». Para ellos la posesión de un bien tenían un sólo fin; ayudar, proveer, solucionar los problemas existentes entre los santos, y aún más allá de la congregación, pues dice en Hechos 2:47: «Alabando a Dios y teniendo el favor de todo el pueblo. Y el Señor añadía diariamente a su número los que habían de ser salvos. (Hechos 2:47). Tener el “favor del pueblo”, refleja el buen testimonio imperante en su forma de ser, porque vivían para servir, compartir y darse a los demás. Su mirada estaba en Jesús, su anhelo se manifestaba en el amor. Las “cosas” no tenían importancia, eran tan solo un medio para ayudar al necesitado. Todo su esfuerzo iba dirigido en dos direcciones:
I– LA AYUDA DE LOS NECESITADOS. Prioridad número uno. Es por ello por lo que la Palabra nos dice que entre los hermanos de la Iglesia no había “ningún necesitado” ¿Por qué? Porque tenían las cosas en común. Algunos escritores han afirmado que este fue el primer modelo de comunismo[1], pero es bueno aclarar que el mismo ocurrió como un producto del amor de Dios en los discípulos, y no de la imposición humana.
II– LA EVANGELIZACIÓN DEL MUNDO. Prioridad número dos. Debemos llevar a cabo la gran comisión, y no dejar que otro interés, aparte del servicio al necesitado, aparte nuestra vista de ello.
Era una iglesia «SOLIDARIA«[2], pues cuando hubo hambre en algunas congregaciones de otra región, como ocurrió en Jerusalén, enviaban ofrendas para remediar las necesidades de los hermanos (Romano 15:26). Vemos como los ministros en la Biblia no buscaban su propio bienestar, sino el colectivo. Para ellos, el servir a los necesitados, era más importante el valerse de las cosas para su propio bienestar. En las corrientes modernas, este concepto ha evolucionado. Antes usábamos las “cosas” para servir al pueblo, ahora «usamos al pueblo para obtener las cosas», por lo que la manipulación para fines mercantilistas se ha generalizado. Es más importante “el tener” que “el ser” y todo tiene un precio. El fin ahora no es servir, sino servirnos. La mercantilización de la iglesia es una de las peores realidades a la cual nos enfrentamos, dejando pequeños a los mercaderes y cambistas del templo judío en la época de Jesús.
Esta mentalidad «materialista» hace que muchos ministros busquen escalar la fama, el prestigio y la conquista del poder, por lo que la exaltación y la búsqueda de posición es una meta. Le damos tanta importancia al dinero, bienes, prosperidad y los títulos, que forjamos un negocio en torno a ello. Se venden títulos de doctores, credenciales de ministro, pastorados etc. Muchos ministros andan llenos de oro, con ropa fina, por lo que no pueden decir como le dijo Pedro al paralítico de la puerta La Hermosa: «—No tengo ni plata ni oro, pero lo que tengo te doy. En el nombre de Jesucristo de Nazaret, ¡levántate y anda!» (Hechos 3:6).
Cuantas veces caemos víctima de un sistema en el cual todo se compra, ya que el poder no está en una vida humilde, sino en el recurso económico. Se ha dicho que quien tiene el dinero, tiene el poder, y en el mundo actual esto es una gran verdad. Somos manipulados, usados, y enajenados[3] por esos poderes corruptos que todo lo arropan, principalmente a aquellos que se encuentran en lugares de eminencia. Existen situaciones en las que somos manipulados por las necesidades personales, o las ofertas tentadoras, y sin querer, perdemos de vista el sentido del llamamiento y del deber, para ser usados por “intereses” que no concuerdan con el espíritu del Evangelio. Y en tal caso ¿Qué defendemos más, el deber o la verdad?
No debemos ser usados por el materialismo, ni por los intereses mezquinos que mueven el mundo. No tratemos de sobornar o manipular a las personas a cambio de prebendas. Seamos íntegros y rectos delante de Dios, aunque esto nos cueste sufrimiento. Sabemos que pronto, cuando comparezcamos delante del tribunal de Cristo, recibiremos la recompensa a nuestras acciones, y seremos llamados, ¡BIENAVENTURADOS DEL PADRE!
[1] – La acción de dar de lo que tengo, y compartir, era una norma de conducta en la vida de la iglesia primitiva. Según 2 Corintios 8:14-15 la enseñanza apostólica era que “la abundancia de unos supliera la escasez de los otros, para que hubiera igualdad entre los hermanos”
[2] – SOLIDARIO: Se dice de las obligaciones contraídas en común y de las personas que las contraen. Es un compromiso de servicio a los demás.
[3] -ENAJENAR: Es la acción de desposeer a una persona de su propio criterio, o tomar el dominio de alguien para que actúe de acuerdo con el deseo de otro.


