LA TRISTE REALIDAD DE LOS QUE TIENE HAMBRE

Mario E. Fumero

Salió en los medios la noticia de un hombre, que frente a la miseria que vivía su familia, y al ver que sus hijos le pedían comida, decidió ir al mercado y pedir ayuda, pero nadie le escucho. Entonces fue a un puesto de ventas de frutas  y robando algunas para sus hijos, salió corriendo. El dueño de la tienda gritó: “un ladrón, un ladrón”, y la policía lo capturó.

Después de varios días de estar detenido fue llevado al juzgado, y de forma inhumana el juez lo condeno a 2 años de prisiónpPor el hurto de verduras. Tristemente, en este país los que roban para comer son condenados, pero los que roban para hacerse rico dentro del Estado quedan libres.

Recientemente leí una historia que me impactó, y no lo niego, casi me hizo llorar. Es por ello que le transcribo la misma a continuación. Y tenemos que pensa  como en un mundo de tanta pobreza y miseria, la solidaridad cristiana puede marcar la diferencia, y no debemos olvidad aquellas palabras de Jesús cuando dijo “tuve hambre y me diste de comer” llamándonos por ello Bienaventurado.    

Esta es una historia es la de un chico que robó pan, y siendo capturado fue llevado ante un juez en Estados Unidos, y en ese juicio, el juez dio una lección al mundo que no debemos de ignorar.

En una sala de audiencias abarrotada por muchas personas, un chico de 15 años estaba temblando, con la cabeza gacha. Lo habían sorprendido robando —no plata, ni oro— sino un paquete de pan y un poco de queso. Cuando el guardia de la tienda intentó detenerlo, se resistió, y en el forcejeo, se rompió un estante.

 El juez miró al chico fijamente y le preguntó suavemente: «¿De verdad has robado estas cosas?» «Sí, señor», murmuró el chico. —«¿Por qué lo hicistes?» «Porque las necesitaba.» «Podrías haberlas comprado.» replico el juez. «No tenía dinero.» «Entonces pídeselo a tu familia.» «Solo tengo a mi madre, señor…y está muy enferma y desempleada. El pan y el queso eran para ella.»

La sala quedó en silencio. El juez volvió a preguntar: «¿No trabajas?» «Lavo coches, señor… pero hoy pedí permiso para cuidar de mi madre.» «¿Le has pedido ayuda a alguien? » «He estado pidiendo limosna desde la mañana… nadie me ha ayudado».

 El juez se golpeó la cabeza contra la silla. Su mirada se suavizó y, tras un momento de silencio, leyó su veredicto: «El robo, especialmente el robo de pan, es un delito grave. Pero hoy, todos los presentes en este tribunal son responsables de este robo, incluyéndome a mí. Porque si un niño tiene que robar comida para su madre enferma, entonces nosotros, como sociedad, hemos fallado». Luego, para sorpresa de todos, anunció: «Multo a todos los presentes, incluyéndome a mí, por permitir que exista el hambre en nuestra ciudad. Nadie saldrá de esta sala hasta que haya pagado». Dejó caer 10 dólares de su propio bolsillo sobre la mesa. Y el juez continuó: «Impongo una multa de 1,000 dólares al dueño de la tienda por entregar a un niño hambriento a la policía en lugar de alimentarlo. Si esta cantidad no se paga en 24 horas, el tribunal ordenará el cierre de la tienda». Todos quedaron asombrados por tan salomónica decisión.

En realidad, la miseria y el hambre tiene un culpable, todos nosotros, porque en nuestro afán de tener nos olvidamos de aquellos que no tiene nada, y aunque el robar es un delito, la indiferencia social también lo es, así que este juicio nos dio una lección, “todos somos culpable de la pebraza existentes”.

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