Mario E. Fumero
El Estado hondureño lleva décadas luchando contra el aumento de la delincuencia, las maras y el narcotráfico, pero todos sus esfuerzos han sido hasta el momento un fracaso rotundo.
Analicemos la realidad. Se aprobaron recientemente leyes que catalogan a los extorsionadores y mareros como grupos terroristas, pero todo se ha quedado en papel mojado, porque la extorsión se ha incrementado al igual que los crímenes y los asaltos.
En el gobierno anterior se estableció un estado de sitio por tres años, dejando más abusos de las autoridades que resultados, pues gran parte de los derechos personales fueron suspendidos en muchos departamentos, pero todo siguió igual, y en algunos lugares aún peor.
Discutimos y discutimos cómo poner un alto a la criminalidad, extorsión y violencia, pero solo se llega a algunos acuerdos efímeros, y las medidas tomadas no resuelven el problema. Pero nos hemos hecho la pregunta: ¿qué se esconde detrás de la delincuencia y por qué es tan poderosa?
Vienen a mi memoria los diálogos que en su tiempo tuve con el ministro de seguridad en 1999, Gautama Fonseca, y con el gran amigo asesinado Alfredo Landaverde sobre esta realidad que hoy vivimos; todos ellos coincidían en que el problema de la delincuencia nace dentro del mismo sistema. Para el ministro Gautama Fonseca estaba dentro de la fuerza del orden, la cual afirmaba que había que depurar, lo cual intentó, pero fracasó. Para mi gran amigo Alfredo Landaverde el problema radicaba en el poder económico y de infiltración del narcotráfico dentro del Estado, con una capacidad económica para comprar autoridades, tanto en el ámbito de la seguridad como en los sistemas judiciales, e incluso podían financiar a diputados para su elección.
Solamente necesitamos tomar dos medidas para erradicar la criminalidad y combatir la corrupción dentro del sistema, principalmente dentro de la fuerza del orden y de justicia (que son grupos vulnerables), y es erradicar la corrupción y aplicar la ley con mano firme, defendiendo los derechos de los ciudadanos comunes frente a los que defienden el derecho de los delincuentes, lo cual llamamos “derechos humanos”..
Nuestro problema no consiste en que falten leyes, pues estas sobran. El problema no se resuelve con suspender los derechos constitucionales. El problema no está en sacar a las calles a las fuerzas del orden del ejército. Solo necesitamos hacer una sola cosa: aplicar la ley con firmeza y depurar la corrupción interna que existe dentro del Estado, donde muchas veces las autoridades se hacen pinches de los mismos delincuentes.
Hay cosas que no debería decir, pero es necesario compartirlas. En mi trabajo en el Proyecto Victoria, muchos jóvenes delincuentes e integrantes de maras me relataban que, como resultado de sus actos delictivos, parte de sus ganancias las compartían con algunas autoridades policiales de la zona para que, viendo, no vean y, escuchando, no oigan.
Esto es duro, pero es una realidad a la cual nos tenemos que enfrentar, como por ejemplo, el abuso físico que ejercen algunos agentes del orden hacia los menores que capturan, por el simple hecho de poseer un pucho de marihuana, pero no hacen lo mismo con los grandes vendedores, que todo el mundo los conoce en el barrio y que muchas veces son intocables.
Empecemos por ahí: necesitamos una policía que no se venda, un Estado que no se corrompa y una justicia que no se soborne. Si hacemos esto, viviremos en una Honduras más tranquila.


