Mario E. Fumero
El ministerio de profeta nació antes de que el mismo se definiera en el decálogo mosaico. Podemos afirmar que Abraham fue uno de los primeros profetas que se mencionan en la Biblia. Cuando Abilemec tomó la mujer de Abraham creyendo que ésta era la hermana de Abraham, Dios le habló en sueños, impidiéndole cometer un acto grave. Fue entonces, al ver la integridad de Abimelec y el temor de Abraham, que Jehová dijo:» –Yo también sé que con integridad de tu corazón has hecho esto. Yo también te detuve de pecar contra mí, y no te permití que la tocases. Ahora pues, devuelve la mujer a su marido, porque él es profeta y orará por ti, y tú vivirás. Y si no la devuelves, ten por cierto que morirás irremisiblemente, tú y todos los tuyos. (Génesis 20:6-7). Notemos que se refiere a Abraham como un profeta, pero ¿qué es ser un profeta? Es aquél que recibe de parte de Dios una visión respecto a su voluntad con relación al acontecer presente o futuro. Antes de usarse el término “profeta”, se usaba el término de «vidente», para referirse a la capacidad de vislumbrar el pasado, el presente y el futuro, dentro de la revelación de Dios. Antiguamente en Israel cualquiera que iba a consultar a Dios decía: «Venid y vayamos al vidente»; porque al profeta de hoy, antiguamente se le llamaba vidente.» (1 Samuel 9:9).
El profeta surgía en época de crisis. Era un atalaya, un vigía, uno que velaba para que los dirigentes del pueblo no se desviaran del camino, o cuando tomaban caminos errados, demandarles, de parte de Dios, que rectificaran y tornaran a las “antiguas sendas». No debemos comparar la función del ministerio de profeta, separado por Dios para dar dirección a los líderes que gobiernan su pueblo, con el don de profecía, impartido por el Espíritu Santo a todos los creyentes.
El profeta verdadero hablaba de parte de Dios. Debía denunciar, advertir y prevenir de los peligros existentes, y como consecuencia de ello, su ministerio muchas veces era rechazado, e incluso podía costarle la vida, pues traía una palabra que algunos líderes corruptos no querían escuchar, y como ellos tenían el poder, podían callar la voz del profeta, pero nunca el juicio de Dios. Fue por ello por lo que Elías llegó a una crisis depresiva que lo llevó a confrontarse con una angustia que desencadenó una depresión, y lo llevó al extremo de desear la muerte (1 Reyes 19:4), por lo que declaró delante de Jehová:
«-He sentido un vivo celo por Jehová Dios de los Ejércitos, porque los hijos de Israel han abandonado tu pacto, han derribado tus altares y han matado a espada a tus profetas. Yo solo he quedado, y me buscan para quitarme la vida. (1 Reyes 19:10).
Los verdaderos profetas no decían palabras lisonjeras, ni proclamaban mensajes de fantasías, alegrando a los que ejercían el poder, pues si hacían esto, corrían el riesgo de ser juzgados por Dios, el cual estipuló los peligros para los PROFETAS DE FANTASÍAS, que con sueños falsos podían llevar al pueblo a cultos idolátricos: «Si se levanta en medio de ti un profeta o un soñador de sueños, y te da una señal o un prodigio, si se cumple la señal o el prodigio que él te predijo al decirte: ‘Vayamos en pos de otros dioses’ –que tú no conociste– ‘y sirvámoslos’, no escuches las palabras de tal profeta ni de tal soñador de sueños; porque Jehová vuestro Dios os estará probando, para saber si amáis a Jehová vuestro Dios con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma. En pos de Jehová vuestro Dios andaréis, y a él temeréis. Guardaréis sus mandamientos y escucharéis su voz. A él serviréis y a él seréis fieles. Pero tal profeta o tal soñador de sueños ha de ser muerto, porque predicó la rebelión contra Jehová vuestro Dios que te sacó de la tierra de Egipto y te rescató de la casa de esclavitud. El trató de desviarte del camino por el que Jehová tu Dios te mandó andar. Así eliminarás el mal de en medio de ti. (Deuteronomio 13:1-5)
¿Hemos penetrado en el sentido de esta advertencia? Hay muchos predicadores que con milagros y sensacionalismo se proclaman profetas de Dios, portadores de una nueva revelación, con la cual no llevan al pueblo de Dios a la santidad, ni a la entrega, sino a proclamar un culto al hombre, exaltándole a dimensiones casi divinas e impartiendo por sí mismo dones y gracia. Algunos se convierten en los videntes únicos (nietos de Dios) y por medio de sus «revelaciones» guían a las personas a hacer y dar lo que el mismo Dios no demanda de ellos, y en todo esto buscan el beneficio propio. Con falsas señales se hacen ricos y forman un culto en torno a su persona, cayendo en un tipo de idolatría más sofisticada y solapada que la de la época de Elías. Hay muchos profetas que traen palabras lisonjeras, revelaciones contrarias a la Palabra, y proclaman «verdades» que son mentiras, llevando a incautos líderes a caer en principios falsos que envuelven las corrientes de la «nueva era». Un ejemplo está en la corriente de la teología de la prosperidad, la cual enfatiza la importancia de la riqueza como un objetivo final en la vida, ignorando los tiempos difíciles de escasez, proclamados en muchos pasajes de la Biblia. «Jesús dijo…Oiréis de guerras y de rumores de guerras. Mirad que no os turbéis, porque es necesario que esto acontezca; pero todavía no es el fin. Porque se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá hambre y terremotos por todas partes. Pues todas estas cosas son principio de dolores.» (Mateo 24:6-8).
¿En qué se basan esos profetas modernos para anunciar tiempos prósperos, en medio de una crisis galopante? ¿Cómo es posible que haya escritores y predicadores que proclamen tiempos maravillosos, e incluso traten de impulsar a la iglesia a un compromiso político para forjar el nuevo orden mundial, que no es otra cosa que el preparar el advenimiento del Anticristo? Debemos considerar que todas las armas del enemigo están puestas en hacerle creer al mundo que la unidad de creencias, el derrumbamiento del bloque comunista y el fortalecimiento de un sistema económico y político mundial llevará a la humanidad a una era de esplendor, semejante al paraíso, donde existirá un nuevo orden precursor de una nueva era, llamada por los seguidores de esta corriente como la «era de acuario». El énfasis a lo sobrenatural, la búsqueda de lo fantástico, la comunicación directa con un mundo espiritual que revela cosas ocultas, estableciéndose personas «canales» en comunicación con las fuerzas o espíritus del universo, tomarán fuerza. Aparecerán falsos profetas ilusionando a muchos con nuevas verdades que contradicen la realidad escrita. Notemos que hay una tendencia muy marcada a la exaltación de la demonología y a los fenómenos sobrenaturales dentro de la misma iglesia. Si la Biblia habla de tiempos difíciles, época de angustia, y tiempos de apostasía ¿Por qué se está formando toda una teología y liturgia de conquista, poder, dominio y hegemonía de la iglesia sobre los reinos de la tierra?
Ser profeta de Dios en un mundo dominado por la ilusión, donde el sueño fantástico del materialismo domina, y la mentira se ha hecho verdad, y esto envuelve muchos peligros. La ambición, la búsqueda del poder y la avaricia se han adueñado de algunos líderes y pastores. Las denominaciones han dejado de ser confraternidades, para convertirse en estructuras eclesiásticas, que sólo buscan poder y control. Bien dijo Nehemías: «Pero fueron desobedientes y se rebelaron contra ti; echaron tu ley a sus espaldas. Mataron a tus profetas que testificaban contra ellos para hacerlos volver a ti, y cometieron grandes abominaciones. (Nehemías 9:26) Jesús ratificó la suerte de los profetas a lo largo de la historia: “Así dais testimonio contra vosotros mismos de que sois hijos de aquellos que mataron a los profetas.» (Mateo 23:31). Y Santiago los pone como modelo de conducta: «Hermanos, tomad por ejemplo de aflicción y de paciencia a los profetas que hablaron en el nombre del Señor.» (Santiago 5:10). Cuantos hoy día enseñan que hay que ofrecerle al pueblo lo que éste desee. Cuantos han torcido la justicia, llevando el mensaje del evangelio a una permisividad catastrófica. La gente toma el cristianismo como una «moda». Los pastores predican más de dar dinero, que en demandar santidad a sus feligreses.
Complacemos el deseo de la gente y no suplimos las demandas del reino. Le damos más importancia a los eventos emotivos, que al ayuno y oración. El culto es un espectáculo bien programado, con toda clase de equipo, y muchas veces la gente se emociona, y salta más por la influencia de los cientos de megavatios de potencia del sistema de sonido, que por el poder del Espíritu. La profesionalidad ha opacado la espontaneidad. El bienestar y la comodidad han matado el espíritu de sacrificio. Los sermones, revestidos de retórica, chistes, conceptos vagos y dramatismo han desplazado a las demandas divinas hacia una vida recta y de compromiso. El pecado, los demonios y la religiosidad reinan en nuestros templos, porque los profetas no quieren hablar la verdad, porque temen perder su bienestar, que es más importante que el hacer la voluntad de Dios. Una vez un pastor me dijo que no le habla duro a su iglesia, porque si lo hacía, los hermanos se iban a la «iglesia de la competencia», que les ofrece muchos más programas, que verdades. Esto me trae a mente aquel pasaje de Jeremías:» Vuestras iniquidades han desviado estas cosas, y vuestros pecados os han privado del bien. Porque en mi pueblo se encuentran impíos que vigilan como quien ha puesto una trampa. Ponen objetos de destrucción y atrapan hombres. Como jaulas llenas de pájaros, así están sus casas llenas de fraude. Así se han hecho grandes y ricos. Se han puesto gordos y lustrosos. Incluso, sobrepasan las obras del malo. En el juicio no defienden la causa del huérfano de modo que se le haga prosperar, y no juzgan la causa de los necesitados. «¿No habré de castigar por esto?, dice Jehová. ¿No tomará venganza mi alma de una nación como ésta? Cosas espantosas y horribles suceden en la tierra: Los profetas profetizan con mentira, y los sacerdotes dirigen por su propia cuenta. Y mi pueblo así lo quiere. ¿Qué, pues, haréis cuando llegue su fin? (Jeremías 5:25-31).
¿Quiénes son estos impíos que vigilan? Aquellos malos obreros que pervierten la verdad, a los cuales Pablo llamó «perros» (Fil 3:2). Y al referirse “a sus casas llenas de fraude” establece la búsqueda del bienestar material, de tomar el evangelio como un «modus vivendis,» por lo que «tienen apariencia de piedad, pero niegan la eficacia de esta» (2 Tim 3:5). Es por ello por lo que se han vuelto «gordos» porque viven para comer, buscar posiciones sociales, y «lustrosos» porque visten ropas caras y elegantes en medio de un mundo lleno de miseria. ¿Cuántos ministros se han hecho grandes y ricos? Tenemos los escándalos en los periódicos. Vemos, con tristeza, que la iglesia se ha afanado en la búsqueda de un quehacer rentable, dejando de lado la visión misionera e ignorando la causa del huérfano y desposeído, que cada vez son más en la tierra. Grandes templos, buenos conciertos, tremendos congresos, muchos seminarios y el pueblo se muere de hambre espiritual y física. Los falsos maestros pululan, y la «NUEVA ERA», con su música e ideas, se introduce en todas las áreas de la sociedad. Política, negocios, empresas, rentabilidad, espectáculo, conciertos, excelencia, conquista son las palabras claves en nuestros tiempos. Pecado, santidad, integridad, rectitud, justicia, humildad, pobreza y entrega son conceptos ignorados, olvidados y borrados de la moderna teología.
¿Y qué le ocurre al que denuncia lo falso, impuro e inmundo en la iglesia? Se le proscribe, arrincona, ignora. Se le quita la ayuda, se le calumnia, se le margina. Ya no hay piedras, ni patíbulo, ni guillotinas, ahora es un ostracismo[1] lento, más cruel que la muerte violenta. Que duro es el tener que vivir viendo el error, la desvirtuación, el engaño, y no ser escuchado, ni comprendido. Al menos los profetas antiguos, al morir, no vieron el juicio de Dios, ni la corrupción final de su pueblo, y fueron puestos en lugares especiales, hallando reposo, cosa que no tendremos los que vivamos en estos últimos tiempos, donde no podremos luchar contra esta terrible apostasía que invadirá toda la creación, la cual nadie podrá detener, aunque sí impediremos su supremacía, pues somos la sal, que detiene temporalmente el desenlace final del mal.: «Ahora, con respecto a la venida de nuestro Señor Jesucristo y nuestra reunión con él, os rogamos, hermanos, que no seáis movidos fácilmente de vuestro modo de pensar ni seáis alarmados, ni por espíritu, ni por palabra, ni por carta como si fuera nuestra, como que ya hubiera llegado el día del Señor. Nadie os engañe de ninguna manera; porque esto no sucederá sin que venga primero la apostasía y se manifieste el hombre de iniquidad, el hijo de perdición (2 Tesalonicenses 2:1-3). Debemos aprovechar bien el tiempo, y trabajar con entusiasmo, pese a los negros pronósticos evidenciados por las noticias y las profecías. No podemos detener el mal, pero sí podremos rescatar a muchos y evitar, a toda costa, que el mismo invada la iglesia y a los cristianos, por lo tanto, denunciemos lo malo, rectifiquemos lo torcido y alistémonos para ir al encuentro de nuestro Señor.
[1] –OSTRACISMO: Destierro a aquellos ciudadanos que por su poder, importancia o ambición se les imponía, o se aplicaba a cualquiera que fuese un peligro. Aquí se aplica a marginación.


