Al otro lado del continente, en Escocia, comenzó a desarrollarse un movimiento que terminaría dando origen a una de las expresiones más importantes y perdurables de la tradición reformada: el Presbiterianismo.
Y aunque comúnmente vemos a John Knox como el padre del presbiterianismo, la Reforma en Escocia no comenzó con él. Antes de Knox hubo hombres que prepararon el camino y que pagaron incluso con su vida por la predicación del Evangelio.
Uno de ellos fue Patrick Hamilton, quien aún siendo adolescente había entrado en contacto con las ideas de la Reforma alemana, particularmente con la enseñanza de Lutero. Al regresar a Escocia, comenzó a predicar las doctrinas de la Reforma y, en 1528, fue ejecutado en St Andrews. Con apenas unos años de edad adulta, se convirtió en el primer mártir protestante de la Reforma escocesa. Su muerte, lejos de detener la difusión de las ideas reformadoras, contribuyó a que estas adquirieran mayor fuerza.
Posteriormente apareció George Wishart, quien había tenido contacto con la Reforma suiza y difundió en Escocia enseñanzas influenciadas por Zwinglio y otros reformadores continentales. Su predicación tuvo una influencia importante sobre un joven John Knox, quien llegó a acompañarlo y servir como su protector durante sus predicaciones. En 1546, Wishart fue ejecutado en St Andrews por orden del cardenal David Beaton.
Y es aquí donde aparece Knox. Después de sus años de persecución, cautiverio y exilio, Knox llegó a Ginebra, donde conoció de cerca la obra de Juan Calvino y la organización de la Iglesia reformada ginebrina. Aquella experiencia tendría una influencia profunda en su pensamiento y en la forma que posteriormente tomaría la Reforma en Escocia. No se trataba simplemente de admirar a Calvino, sino de conocer de cerca una Iglesia ordenada conforme a la doctrina reformada, con una predicación central, disciplina eclesiástica y una adoración sometida a la Palabra de Dios.
Al regresar a Escocia, Knox participó decisivamente en el proceso que llevaría a la ruptura con la autoridad papal y a la reforma de la Iglesia escocesa. En 1560, el Parlamento escocés aprobó la Confesión Escocesa, rechazó la autoridad papal y prohibió la celebración de la misa romana.
La Reforma escocesa tendría así una importancia particular para la historia posterior de la Iglesia, porque de ella surgiría una tradición profundamente marcada por la doctrina reformada y por un principio de gobierno eclesiástico que terminaría caracterizándola: el gobierno presbiteriano. En 1592, el Parlamento reconocería formalmente el sistema presbiteriano de gobierno de la Iglesia de Escocia.
Este modelo no quedó encerrado en las fronteras de Escocia. Con el paso del tiempo atravesó mares y fronteras y llegó a numerosos países, convirtiéndose en una de las formas más extendidas de gobierno dentro de las iglesias reformadas.
Para muchos, la Reforma en Escocia fue demasiado lejos. Pero, para los pactantes escoceses, en cambio, la cuestión era precisamente hasta dónde debía llegar la fidelidad a la Palabra de Dios.
Por esa convicción de someter toda su vida a la Palabra de Dios, encontramos episodios admirables en aquella historia. Desde Jenny Geddes, lanzando su banco en 1637 contra la introducción del nuevo libro litúrgico, hasta los pactantes que posteriormente soportaron persecución, encarcelamiento y muerte antes que someter la conciencia de la Iglesia a aquello que consideraban contrario a las Escrituras.
Encontramos también una característica que marcó profundamente la espiritualidad escocesa: el amor por el canto exclusivo de los Salmos y una adoración regulada por la Palabra de Dios, rechazando toda tradición litúrgica que no encontrara respaldo en las Escrituras. Esto no era una cuestión secundaria. Para aquellos reformadores, si Cristo es la cabeza de la Iglesia, entonces la Iglesia no tiene libertad para inventar cómo adorarlo. El culto debía ser gobernado por aquello que Dios había establecido en su Palabra.


